Capítulo 3. Locura (2)
—Aunque poseo el poder sagrado para sanar las heridas de las personas, no tengo la capacidad de borrar las cicatrices una vez que se forman. Debemos curar la herida mientras esté fresca para que no quede ninguna marca, señorita Edel. Por favor, comprenda mi desesperación.
El corazón se me dio un vuelco ante la mirada rebosante de sinceridad de Leonhardt. Al observarme, daba la impresión de no albergar ni el más mínimo pensamiento lascivo; simplemente se preocupaba por mí de manera genuina.
A decir verdad, después de mi padre, el hombre que tenía frente a mis ojos era el primero en reaccionar de esta manera ante mis heridas. Dado que se había expresado en esos términos, ya no me quedaban argumentos para detenerlo. Guardé silencio.
En realidad, yo no le tenía un afecto especial al “cuerpo de Edel”. Al ver a alguien preocuparse por mi físico mucho más que yo misma, ¿qué se suponía que debía decir? En este preciso instante, la calidez de mi difunto padre pareció solaparse con la gentileza de Leonhardt. Quizás fuera una alucinación mía, pero en su rostro afligido creí percibir un afecto paternal tan profundo como el abismo. Tal vez solo se trataba de un espejismo nacido de la culpa y la añoranza que sentía por mi propio padre; sin embargo, en ese momento deseé con fervor confiar en Leonhardt y apoyarme en él.
Sin darme cuenta, se había aproximado tanto que, al levantar la vista, el rostro de Leonhardt me resultaba increíblemente atractivo Como correspondía a uno de los personajes más populares del simulador de citas, poseía un atractivo físico excepcional.
Nuestras miradas se entrelazaron. Pensar que ese cabello plateado, ligeramente alborotado como prueba de su apresurada marcha, y esos ojos azules cargados de ternura estaban dirigidos única y exclusivamente a mí, me dejó la mente en blanco.
Con una mano temblorosa, Leonhardt sujetó mi muñeca vendada con sumo cuidado. Me mordí el labio inferior y permití que continuara con lo suyo. Acto seguido, comenzó a murmurar una plegaria sagrada a un ritmo pausado.
Una tenue luz blanca comenzó a brotar de su mano, envolviendo con delicadeza mi brazo. Al mismo tiempo, el dolor punzante empezó a mitigarse de manera gradual. Ver materializado en la realidad aquel poder sagrado que solo conocía por los textos del juego me hizo experimentar un asombro reverencial, como si fuera una devota presenciando un milagro. Sin embargo, el muslo, la otra zona donde había sufrido la quemadura, apenas se encontraba cubierto por la delgada colcha.
Mi corazón dio un vuelco.
Leonhardt se sentó en el borde de la cama y, con la mano que le quedaba libre, comenzó a deslizar la colcha hacia abajo con extrema delicadeza.
A medida que la colcha cedía, mi piel expuesta comenzó a quedar al descubierto. El camisón, además de ser sumamente corto, estaba confeccionado con un tejido tan traslúcido que revelaba mi ropa interior sin el menor recato.
Embargada por la vergüenza, crucé ligeramente las piernas. Leonhardt, pareciendo no prestar la menor atención a ese detalle, deslizó lentamente su mano hacia mi muslo. En el instante en que sus dedos hicieron contacto con mi piel, mis hombros se estremecieron un instante.
—¿Le duele?
Sus manos eran grandes y marcadamente masculinas. La palma apoyada sobre mi muslo se sentía tan ardiente que casi parecía quemar más que la propia herida. Logré sacudir la cabeza a duras penas. Lo tenía tan cerca que temía que el violento frenesí de mi corazón me delatara; me resultaba imposible controlarlo.
Agaché la cabeza e intenté girar un poco el torso, pero tuve la extraña impresión de que él se aproximaba todavía más. Mis sentidos no me engañaban: ahora podía percibir su respiración justo por encima de mi rostro. Su gran mano comenzó a recorrer mi muslo con extrema lentitud.
Su voz grave resonó cerca de mi oído. En medio de mi aturdimiento, alcé la cabeza por puro instinto hacia él. Me le quedé mirando fijamente, hipnotizada por sus labios mientras recitaban la plegaria pausadamente. No podía existir nada más sagrado y hermoso en este mundo.
—¿Por qué me mira de esa manera?
Era una sensación sumamente desconcertante. El rostro de Leonhardt se encontraba a una distancia exageradamente corta; daba la impresión de que compartíamos incluso el mismo aliento. Recuperando la lucidez de golpe, volví a bajar la mirada.
Al haber concluido la curación de mi brazo, su mano ahora liberada se posó sobre mi hombro. Quedé completamente envuelta por la amplitud de su brazo. Contuve el aliento. ¿Por qué? ¿A qué venía esto?
Mi intuición me advertía que se trataba de un contacto físico innecesario, pero me esmeré por borrar ese pensamiento de mi mente. Me repetí una y otra vez que Leonhardt solo me estrechaba de ese modo para brindarme una mayor estabilidad mientras me curaba. Sin embargo, el autoengaño resultó inútil. El roce de su fresca vestidura sacerdotal contra mi piel desnuda me hacía plenamente consciente de la firme anatomía masculina que me rodeaba. Su cuerpo era sumamente robusto. Leonhardt afianzó los dedos sobre mi muslo con delicadeza.
Quizás se debía a la extrema sensibilidad de la zona, pero un gemido imprevisto escapó de mis labios:
—Ah... ugh...
Horrorizada por mi propio sonido, me cubrí la boca de inmediato con la mano. Me quedé verdaderamente atónita. Jamás imaginé emitir una voz tan sugerente. Sentí que acababa de cometer la peor de las imprudencias frente a Leonhardt, quien me tocaba con el único y puro propósito de sanar mi herida.
Mis mejillas se encendieron en un rojo carmesí. Había sido un sonido que se prestaba a cualquier malentendido; no quería ni imaginar lo que él estaría pensando de mí en este momento.
—Jajaja…
Una leve risa pareció filtrarse de los labios del hombre. Brotó de manera tan sutil, casi como un suspiro, que me resultó imposible descifrar si había sido intencional o no. Una fina capa de sudor, provocada por los nervios y la humillación, comenzó a brotar en mi frente. No pude evitar lamentarme internamente, preguntándome por qué el proceso resultaba tan exasperantemente lento. ¿Acaso el poder sagrado de Su Santidad siempre requería de tanto tiempo para surtir efecto?
Lo único que deseaba era que la curación terminara pronto para escapar de esta situación tan abrumadora... o tal vez, en el fondo, no quería escapar en absoluto. Finalmente, la luz blanca que envolvía mi herida comenzó a desvanecerse de manera paulatina.
—Señorita Edel.
Leonhardt retiró por fin la mano de mi muslo, indicando el final del tratamiento. Pero antes de que pudiera soltar un suspiro de alivio, él giró el rostro hacia mí.
La mano que aún descansaba sobre mi hombro ejerció una sutil presión. Con la otra mano, comenzó a acariciar mi mejilla con extrema lentitud. En ese preciso instante, sentí como si el aire se me escapara de los pulmones. Apartó unos mechones de mi cabello plateado que caían sobre mi rostro y los acomodó detrás de mi oreja, dejando mi rostro completamente expuesto, el cual a estas alturas debía de lucir tan rojo como si le hubieran volcado pintura encima.
—Está sudando. ¿Le resultó muy doloroso?
—Ah, n-no... Para nada. No fue doloroso. Es solo que…
Todo era consecuencia de mis propios nervios y de mi excesiva sensibilidad. Mientras intentaba balbucear una negativa, Leonhardt utilizó su manga para limpiar con delicadeza las gotas de sudor que se habían formado en mi frente.
El sonido de mi propio trago de saliva resonó con una claridad que me pareció ensordecedora. Leonhardt sin duda notó cómo mis ojos se movían de un lado a otro, completamente desorientada. Lo escuché soltar una risita ahogada. Dibujando una sonrisa más pronunciada, el hombre finalmente incorporó el torso y se levantó de la cama. En el momento en que esa calidez tan cercana se apartó de mí, una repentina ráfaga de frío me caló los huesos, a pesar de que la temperatura de la habitación no era baja en absoluto.
Sentí un repentino vacío, un deje de decepción que me hizo estremecer al instante. ¿De qué me lamentaba? Leonhardt recorrió con la mirada mi cuerpo, inspeccionando las zonas donde antes estaban las quemaduras; ahora lucían impecables, no quedaba ni la más mínima marca de quemadura.
—La curación aún no ha concluido del todo, señorita Edel. Le haré entrega de un agua bendita que elaboramos de manera exclusiva en el Vaticano. Debe aplicársela en las zonas afectadas cada vez que tenga un momento libre.
Con voz pausada, Leonhardt comenzó a desarrugar y ordenar los pliegues de su vestidura sacerdotal, que se habían desacomodado. Al notar que lo contemplaba absorta, me apresuré a estrechar la colcha contra mi pecho para cubrirme. Él, al percatarse de mis movimientos, esbozó una sutil sonrisa.
De entre sus amplias mangas, Leonhardt extrajo un pequeño frasco que contenía un líquido de un traslúcido tono rosado. ¿Aquello era el agua bendita? Destapó el vial y dejó caer un par de gotas directamente sobre mi piel; de inmediato, una fragancia sutil y sumamente agradable se esparció por la habitación.
—No debe olvidar aplicarse este remedio. ¿De acuerdo?
—Sí... Sí.
Asentí repetidamente con la cabeza a modo de promesa mientras recibía el frasco de sus manos. Juraría que las yemas de nuestros dedos se rozaron por un breve instante, lo suficiente para hacer que mi interior se agitara de nuevo. Leonhardt me dedicó una última sonrisa y se dirigió hacia la salida.
Sin embargo, en el instante en que abrió la puerta de par en par, la figura de Barahan apareció plantada en el umbral, con el rostro completamente gélido. El corazón se me dio un vuelco. No sabría decir con exactitud a qué le temía, pero el pánico me impulsó a aferrar la colcha con más fuerza para ocultar mi cuerpo.
Pero ya era demasiado tarde. Llevaba puesto un camisón cortísimo que transparentaba hasta mi ropa interior y tenía el cabello hecho un desastre. Al cruzarme con la mirada de Barahan, supe que una furia volcánica estaba a punto de estallar en sus ojos en cualquier momento.
Leonhardt, por su parte, pasó por el costado de Barahan con total tranquilidad, limitándose a hacerle una breve inclinación de cabeza a modo de saludo. Por una fracción de segundo, pareció que en sus labios se dibujaba una mueca extraña y burlona.
Tras la abrupta visita del Papa y la retirada de su grupo de paladines, el palacio del ducado quedó sumido en un silencio sepulcral. Yo continuaba sentada en la cama, sosteniéndole la mirada a Barahan. Como solo atinaba a parpadear con torpeza sin articular palabra, él frunció el ceño con evidente fastidio.
Barahan se mordió el labio inferior y desvió la cabeza.
—Vístete y ven a mi habitación.
Cerró la puerta de golpe y se marchó sin más. Presa del desconcierto, me levanté como pude de la cama y comencé a ponerme la ropa apresuradamente. A estas alturas, ya no tenía idea de por culpa de quién mi corazón latía de una forma tan desbocada.
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—Barahan.
Me cambié el camisón y me paré frente a su dormitorio para tocar la puerta. No hubo respuesta, pero asumí que era una invitación a entrar. Empujé la puerta. Barahan estaba sentado a solas en el borde de la cama, todavía vistiendo su uniforme militar, mientras empinaba una botella de alcohol.
Bebió el alcohol de un solo trago, con impaciencia. Luego, como si se sintiera sofocado, desabrochó bruscamente los botones alrededor del cuello de su uniforme. Después me dirigió una breve mirada.
—Así que el Papa… Su Santidad el Papa fue quien te curó.
—Sí.
Por alguna razón, mi voz vibró con un leve temblor. Ante mi respuesta, azotó la botella contra la mesa con violencia y, en un abrir y cerrar de ojos, acortó la distancia hasta quedar frente a mí. Me tomó de las manos para revisarlas minuciosas de un lado a otro.
—...Ciertamente, la herida se ha desvanecido.
Su voz murmurante sonaba más relajada que antes. El ambiente, algo más suave, me permitió respirar con alivio. Pero aquello solo duró un momento.
Mientras inspeccionaba mis manos, sus cejas se arquearon de golpe. De inmediato, sus facciones se endurecieron por completo y el aire de la habitación se tornó gélido en un instante.
—Zorra repugnante. ¿Qué demonios te has untado encima?
Su voz fue un auténtico gruñido. Aquel insulto tan repentino y fuera de lugar hizo que mis hombros se congelaran por el impacto. ¿Por qué se enfurecía de la nada? No lograba comprender el motivo de semejante humillación, pero su ataque no se detuvo ahí.
—Debí imaginarlo. Me preguntaba cuánto durarías comportándote bien, y resulta que otra vez empezaste a comportarte como una cualquiera.
—B-Barahan... ¿De qué estás hablando?
Antes de que pudiera hilar una frase, me sujetó de los hombros con una fuerza descomunal. Me empujó sin contemplaciones contra la pared, arrancándome un grito de dolor cuando mi espalda impactó sólidamente contra la superficie.
—¡Barahan!
—Claro. Así que ahora ya ni siquiera ocultas que quieres seducir hombres, ¿eh? Hace un momento estabas prácticamente desnuda delante de ese tipo. ¿Andabas actuando como una perra en celo con ese aspecto y ese olor encima?
Me clavó las manos en los hombros, aplastándome contra la pared. Las lágrimas se me acumularon en los ojos debido al dolor punzante. Me invadió un terror absoluto al ver a Barahan transformado de repente en un auténtico demonio.Tartamudeando, le supliqué.
—No entiendo de qué estás hablando... Yo solo... acepté la ayuda de Su Santidad, y luego…
—Y luego le habrás rogado que te tomara, mendigando atención con ese cuerpo tuyo tan insignificante.
—¡¿Qué?!
—Si tanta falta te hacía un hombre, haberlo dicho y te habría hecho el favor. Yo no tendría problemas en devorar ese cuerpo tuyo tan vulgar.
Sentí como si toda la sangre se me drenara de la cabeza. Una vez más, experimenté esa horrible sensación de que el mundo se me ponía en blanco. Aunque no era la primera vez que me humillaba, cada desprecio suyo lograba herirme con una crueldad renovada y me sumía en un pánico paralizante.
Cuando Barahan estampó sus labios contra mi cuello, fui incapaz de contener el miedo y rompí a llorar desconsoladamente. Me limité a sollozar como una niña pequeña, dejando que las lágrimas corrieran libres por mis mejillas. Barahan se detuvo por un instante. Chasqueó la lengua, visiblemente irritado.
—...Maldición.
Masculló el insulto en voz baja y soltó mis hombros, liberándome. Mis piernas cedieron de inmediato y estuve a punto de caer, pero él reaccionó a tiempo sujetándome firmemente por la cintura. Impulsada por una mezcla de odio y profundo desamparo, intenté apartarlo de un empujón, pero su cuerpo no se movió ni un milímetro.
Me quedé allí quieta, atrapada en su abrazo mientras seguía sollozando. El pecho de Barahan se sentía cálido, pero no era un lugar donde deseara refugiarme. En cuanto volví a retorcerme para zafarme, él dio un paso hacia atrás.
Frunciendo el ceño, volvió a maldecir. Esta vez no parecía dirigido hacia mí. Con evidente fastidio, tomó de nuevo la botella que estaba sobre la mesa y bebió un largo trago. Se limpió con el dorso de la mano el vino que le chorreaba por los labios y me sostuvo la mirada.
—...Pronto se celebrará mi boda.
—¿Qué?
Abrí los ojos de par en par, con las pestañas todavía empapadas por el llanto.
—Taberin, la segunda hija del conde Aster. Supongo que ya la conoces.
Era imposible que no la conociera. Esa mujer… era famosa. Simplemente no podía creerlo. ¿Una boda de la noche a la mañana? Hacía apenas nada que él había heredado el título de Duque, ¿por qué este apuro?
Barahan no me dio ninguna respuesta. Se limitó a estampar la botella de licor contra el suelo y abandonó la habitación dando zancadas.
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Apenas había pasado tiempo desde el funeral del difunto Gran Duque que había caído en combate, y el palacio ya se vestía de gala para el matrimonio del nuevo señor.
Alegando que se trataba de un trámite innecesario, omitieron incluso la ceremonia de compromiso. La boda en sí no ostentaba la fastuosidad que correspondía al estatus de un Gran Duque. Uno pensaría que los vasallos de la casa ducal habrían presentado alguna objeción ante semejante premura, pero, milagrosamente, todo se resolvió por la vía rápida y sin contratiempos.
La ceremonia nupcial concluyó al mediodía. Tras un breve almuerzo, se dio inicio al banquete para celebrar el enlace. De pronto, llegó el momento de pronunciar el discurso de felicitación.
Como yo era la única familia directa del Gran Duque, mi turno era el primero de la lista. Me coloqué al frente de todos, quedando cara a cara con la pareja que acababa de convertirse en marido y mujer.
Barahan vestía un impecable traje de gala, mientras que Taberin lucía un espléndido vestido de novia. Dado que ambos poseían un atractivo físico excepcional, verlos juntos daba la impresión de estar contemplando a la pareja perfecta.
A pesar de que sus personalidades debían de ser polos completamente opuestos...
Hice un esfuerzo sobrehumano por aplacar la ansiedad que me trepaba por el pecho. Me aclaré la garganta sutilmente antes de hablar.
—...Aún conservo muy nítidos los recuerdos de la infancia de Su Gracia, y ver que hoy se ha convertido en un Gran Duque intachable que recibe a su esposa, me llena de una profunda emoción.
Mis ojos se cruzaron con los de Barahan. En los días previos a la boda, él se había dedicado a beber sin parar, vagando por el palacio como un adolescente atormentado.
Sin embargo, quien había oficiado el matrimonio no había sido otro que el mismísimo Emperador del imperio. Ya fuera por una devoción ciega o por los rumores que hablaban de la “sumisión a la familia imperial”, Barahan terminó aceptando el enlace con una actitud extrañamente resignada.
Barahan me clavó una mirada severa y cargada de hostilidad mientras yo recitaba mis palabras de felicitación. Sentí que los labios se me tensaban, traicionándome con un leve y espasmódico temblor.
—Pensaba que sería alguien que dependería de mí para siempre, pero vea por dónde, ha terminado casándose antes que yo para formar su propio hogar. Hoy, que nuestra familia suma un nuevo miembro, es un día en el que me siento feliz, aunque no puedo evitar una pizca de melancolía. Sin embargo, por otra parte, me reconforta saber que Su Gracia contará a partir de ahora con alguien en quien apoyarse más que en nadie…
A medida que recitaba el discurso que había memorizado palabra por palabra, caí en la cuenta, por fin, de la cruda realidad: Barahan se había casado. Agaché la cabeza, incapaz de seguir sosteniendo el peso de su mirada.
A su lado, Taberin, convertida ahora en la Gran Duquesa, se sonrojaba con aparente timidez. Su actitud, tan sumisa y recatada, me producía una sensación sumamente extraña, ya que distaba un abismo de los turbios rumores que la precedían. Porque, en realidad, sobre ella pesaba un historial de rumores interminable.
—Señorita Edel, ¿se ha enterado de lo último?.
Entre la nobleza de la capital, se podían contar con los dedos de una mano los que no hubieran oído hablar de los escándalos de Taberin. El eco de sus fechorías era tal que había llegado incluso a mis oídos, a pesar de que yo apenas frecuentaba banquetes o fiestas de té.
—Dicen que la señorita Sanadan, de la casa del vizconde Pauline, quien acaba de hacer su debut en sociedad, intentó quitarse la vida ayer. Dejó una nota diciendo que no soportaba más el despiadado acoso al que la sometían las demás damas. Ya sabe, esa fiesta de la que todo el mundo habla, la misma que iba a ser el baile de debut de la señorita Sanadan... Ah, es verdad, usted no asistió ese día.
Aquel murmullo en su momento no se había propagado de forma precisamente discreta. Al tratarse de un chisme tan jugoso, se discutía prácticamente a viva voz. Otra de las jóvenes presentes se había apresurado a intervenir, cubriéndose la boca con el abanico:
—Para ir al grano, señorita Edel, corre el fuerte rumor de que el intento de suicidio de la señorita Sanadan fue provocado enteramente por la señorita Taberin. Después de todo, no es como si fuera la primera noble a la que ella atormenta. Lo de extorsionar a la pobre señorita Sanadan para quitarle su dinero y gastárselo en vestidos para ella misma era solo el principio. Incluso... oí que difundió el rumor de que la señorita Sanadan era una cualquiera que se las daba de mosquita muerta, lo que la llevó a sufrir un percance terrible.
Al mencionar aquel “percance terrible”, la joven había sacudido la cabeza con consternación. Por la expresión de su rostro, no era difícil adivinar la clase de bajeza a la que se refería. Algún tipo de agresión sexual o algo similar…
Cuando escuché ese rumor por primera vez, no pude evitar horrorizarme, pensando que una mujer no debería ser capaz de infligir tanta crueldad a otra. Pero lo que me resultaba aún más escalofriante era el hecho de que ese no era, ni de lejos, el único rumor que empañaba el nombre de Taberin.
Incluso la condesa Lahin, una mujer célebre por su extrema prudencia y rectitud, había chasqueado la lengua en su momento al respecto, declarando lo siguiente:
—Dicen que es la segunda hija que incluso el conde Aster, un hombre tan educado y respetable, terminó dando por perdida. Cómo es posible que una mujer tan maleducada y perversa haya nacido en una familia noble de tan larga historia.
Y ahora, justo frente a mis ojos, se encontraba Taberin, la misma mujer de la que solo había oído hablar a través de esos rumores. Llevaba un hermoso vestido de novia y estaba tomada de la mano de Barahan. Anhelaba que la expresión de mi rostro mientras pronunciaba el discurso de felicitación fuera lo más natural posible.
—Yo, Edel Alteon, felicito de todo corazón a Sus Gracias, el Duque y la Duquesa, por su matrimonio. Señorita Taberin de la casa del conde Aster, le ruego que a partir de ahora se convierta en una sabia Duquesa y guíe con rectitud a la familia Alteon.
Esbocé una sonrisa falsa. Me incliné para mostrar mis respetos, colocando una mano sobre mi pecho para asegurarme de no revelar el escote. En ese instante experimenté una tensión que no había sentido ni siquiera durante el transcurso de la ceremonia nupcial.
Barahan me había mirado fijamente y de manera penetrante solo a mí durante todo el discurso. Cuando nuestras miradas, que yo intentaba evadir a toda costa, terminaron entrelazándose, Barahan pasó la lengua por sus labios para lamerlos, como si lo hiciera a propósito para que yo lo viera. Mis mejillas se tensaron, quedando completamente rígidas.
«Por favor, que todo esto sea solo una mala interpretación mía».
—Muchas gracias, señorita Edel. Pondré todo mi empeño en ello.
Taberin me agradeció con una sonrisa radiante. A partir de ese momento, ya no era la hija del conde de la familia Aster; ahora era un miembro de mi misma familia que compartiría el apellido Alteon.
Acepté su saludo con cierta timidez y torpeza. Los invitados que escuchaban el discurso aplaudieron por pura cortesía.
En realidad, había oído que al principio Taberin se había mostrado sumamente insatisfecha con este itinerario de boda tan descuidado y precipitado. Sin embargo, se decía que su actitud cambió drásticamente en cuanto vio a Barahan cara a cara en persona.
Tal vez... ¿habrá quedado cautivada por el atractivo rostro de Barahan?
«Ojalá sea así. Deseo de todo corazón que Taberin se enamore de Barahan, y que él logre abrir su corazón ante el afecto constante de ella. Si eso ocurre, la probabilidad de que yo termine sufriendo a manos de Barahan en el futuro podría disminuir, ¿no es así?».
La gran mayoría de los matrimonios celebrados entre los nobles eran uniones por conveniencia. Por lo tanto, en este mundo se consideraba de lo más normal que, incluso después de casarse, tanto hombres como mujeres tuvieran varios amantes. Al punto de que a un noble que no tuviera un amante se le trataba como a un incompetente.
Sin embargo, anhelaba con fervor que ellos dos mantuvieran una relación de pareja real y sincera.
«Por favor, Barahan, espero que ya no me trates como a una mujer».
Bajé lentamente del estrado. Con cada escalón que descendía, sentía cómo los niveles de tensión se disipaban de mi cuerpo poco a poco.
El marqués de Eden, quien estaba a cargo de dirigir la boda, anunció el nombre de la siguiente persona. La costumbre dictaba que el discurso de felicitación fuera pronunciado por unas cinco o seis personas cercanas a la pareja contrayente.
Cuando el Duque y su esposa desaparecieron de mi campo de visión , los invitados no tardaron en ocupar ese espacio vacío. Al tratarse de una fiesta que se celebraba después de la boda formal, la vestimenta de los presentes se había vuelto bastante más informal y libre. Entre los asistentes se encontraban Kalex, quien había promovido activamente este matrimonio, y Deia, que lo había acompañado.
Como hacía mucho tiempo que no usaba tacones altos, mi forma de caminar era del todo torpe. Sentado en el asiento de honor del salón, Kalex lucía un atuendo pulcro, digno de un noble, vistiendo un uniforme militar de diseño sencillo.
Sin embargo, su rostro era tan extraordinariamente atractivo que ni siquiera aquella ropa sobria lograba opacarlo. A diferencia de su seriedad habitual, su rostro mostraba una expresión más relajada y su cabello dorado estaba ligeramente alborotado. Debido a que la imagen que tenía de él como un emperador vulgar que solo codiciaba a las mujeres era demasiado fuerte, por un momento me transmitió una sensación de frescura. Tenía la piel tan limpia y libre de arrugas que incluso parecía un muchacho. Después de todo, Kalex apenas tenía veintisiete años.
Los ojos negros de Kalex, que hasta hace un momento reflejaban aburrimiento, cobraron una evidente vitalidad en marcado contraste con su estado anterior en cuanto cruzó su mirada con la mía. Como me había descubierto observándolo a escondidas, me quedé helada de inmediato. La mirada de Kalex era la de alguien que acababa de encontrar un entretenimiento divertido.
«Sígueme».
Levantando ligeramente una comisura de los labios, Kalex me habló silenciosamente solo moviendo los labios.
—...Ah.
Exhalé un lamento sordo, completamente absorta. De inmediato, Kalex se levantó de su asiento y caminó hacia un rincón apartado del salón.
Deia, quien hasta hacía un momento estaba sentada a su lado, no se encontraba allí en ese instante. Como era una amiga muy cercana de Taberin, estaba en el estrado pronunciando su discurso de felicitación.
Miré alternadamente a Deia, que acaparaba la atención de todos con su hermoso arreglo, a los recién casados, al puñado de invitados selectos y al marqués de Eden, que dirigía el evento. Por un momento, me invadió el pánico.
¿Kalex acababa de llamarme a mí?
«¿Por qué?»
Un fuerte sentimiento de déjà vu me embargó. No hacía mucho había pasado por una experiencia idéntica: Kalex me había llamado en secreto y, al acudir a su encuentro, terminé siendo objeto de un descarado acoso. Y precisamente por eso, incluso ahora seguía atormentada por los rumores de que me había acostado con el emperador. Mi mente daba vueltas y mi razón me advertía que esto era un error; sin embargo, mi cuerpo reaccionó con total sumisión, obedeciendo al instinto.
Moví las piernas para salir al pasillo y doblé en la esquina. A lo lejos, se escuchó el eco de unos vítores. Todo indicaba que el discurso de Deia había concluido.
—¿Qué tal se siente?
En cuanto nos quedamos a solas, Kalex soltó una pregunta imprevista, manteniendo una sonrisa enigmática en los labios. Con una mano, se acomodó con desdén el cabello alborotado.
—Te pregunto que cómo te sientes.
—¿Disculpe?
Me resultaba sumamente difícil descifrar el motivo de su ambigua pregunta.
—¿Vas a fingir que no sabes de qué hablo?
Kalex me sujetó con fuerza del hombro derecho expuesto y me arrastró hacia él con un tirón violento. Un gemido de dolor escapó de mis labios de manera involuntaria. Como llevaba puesto un vestido rojo de escote pronunciado, la piel desnuda de Kalex hizo un contacto directo y evidente contra la mía.
—¿Acaso creías que no me daría cuenta? Te comportaste como una virgen pura frente a mí, pero a mis espaldas mantenías una relación inapropiada con Barahan, ¿no es así, Edel?
Kalex me lo susurró al oído con un tono cargado de complicidad. Su aliento tibio me provocó un cosquilleo en la oreja.
—¡¿Qué…?!
—Te lo pregunto ahora que estamos a solas por pura consideración, así que responde con la verdad.
La mano de Kalex se deslizó desde mi hombro hacia arriba, me sujetó la barbilla y la obligó a levantarse. Debido a la marcada diferencia de estatura que nos separaba, no me quedó más remedio que mirarlo hacia arriba. Me resultó imposible ocultar la expresión de profunda repulsión que se dibujó en mi rostro. Era una postura sumamente humillante.
—Su falta de cortesía es inaceptable, Su Majestad. Le aseguro que eso es rotundamente falso.
Respondí con una rigidez tal que parecía que masticaba cuchillas. La fuerza en los dedos de Kalex era tan descomunal que costaba creer que la estuviera ejerciendo sobre una mujer; me dolía tanto la mandíbula al intentar modular las palabras que estuve a punto de romper a llorar. Él, por su parte, soltó una risa incrédula.
—Tengo información bastante clara, y aun así dices que no ocurrió nada.
La mirada de Kalex cambió por completo.
Acto seguido, empujó mi barbilla con una fuerza brutal. El impacto me hizo perder el equilibrio y caí de golpe contra el suelo. Debido al golpe, el corto vestido se rasgó con un crujido seco. Me obligué a tragarme el gemido que amenazaba con escapar de mi garganta a causa del dolor. Mi cuerpo entero temblaba incontrolablemente. Kalex ladeó la cabeza por un instante y, dibujando una sonrisa cruel, se agachó frente a mí.
—Ahora que lo pienso, parece que estás completamente decidida a seducir a cuanto hombre se te cruce por delante.
Las lágrimas brotaron involuntariamente en mis ojos. Le sostuve la mirada a Kalex con los dientes apretados, fulminándolo con los ojos. Él me sujetó bruscamente uno de los brazos que tenía tendidos sobre el suelo y me retorció la extremidad, atrayendo mi muñeca hasta casi pegarla a su nariz. A continuación, aspiró mi aroma con extrema lentitud. Sus ojos negros se tornaron turbios y densos por un momento.
—Cuando una mujer muestra tanta iniciativa… rechazarla no sería propio de un hombre.
Cada vez que Kalex articulaba una palabra, sus labios rozaban sutilmente mi muñeca. Un escalofrío agudo me recorrió toda la columna vertebral. Su respiración golpeaba directo sobre la zona donde latía mi pulso.
Kalex entreabrió los labios despacio, asomó su lengua escarlata y lamió el trayecto de mis venas en la muñeca con una parsimonia densa, casi como una caricia. Quedé tan paralizada por un terror teñido de rabia que, por un instante, olvidé por completo que debía defenderme. Mi respiración se volvió errática.
En ese preciso momento, Deia asomó la cabeza desde el fondo del pasillo. Ella parpadeó un par de veces, asimilando la escena. Yo, atrapada en el desconcierto y sin saber cómo reaccionar, me limité a mirarla fijamente. Kalex desvió la cabeza hacia donde apuntaba mi vista y no tardó en percatarse de su presencia.
La mujer entornó los ojos con una sonrisa seductora y se acercó a nosotros a paso ligero.
—Su Majestad.
—Ah, Deia.
Su voz era sumamente encantadora. Kalex soltó una risita y estiró las piernas para incorporarse sin prisa. Deia no tardó en arrojarse a sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho. Mientras tanto, yo continuaba tirada en el suelo del pasillo en una postura del todo incómoda y humillante.
—Su Majestad, ¿a dónde se había ido? No se imagina cuánto lo estuve buscando...
—¿Ah, sí?
—Sí. En cuanto bajé del estrado tras pronunciar mi discurso, no lo vi por ningún lado. Llegué a preocuparme pensando que me había dejado atrás.
Deia se pegó aún más al cuerpo de Kalex, frotándose contra él de manera sugerente. Sus exuberantes atributos se aplastaron sin reparo contra el pecho del Emperador, a quien parecía causarle gracia aquella demostración de afecto, tratándola como si fuera una mascota adorable.
Tras quejarse un buen rato con una voz mimada y nasal, la mujer finalmente bajó la vista hacia mí y ladeó la cabeza con fingida confusión.
—Por cierto, señorita Edel... ¿por qué está en esa posición?
—Ah, yo...
Me apresuré a ponerme de pie mientras me sacudía el vestido. Una intensa oleada de vergüenza me recorrió el cuerpo. Al levantar la mirada, me percaté de que Deia esbozaba una ligera y maliciosa sonrisa en la comisura de sus labios. Su expresión guardaba una clara intención.
Jamás en mi vida nadie me había mirado de esa manera, pero entendí a la perfección lo que pretendía demostrarme en ese preciso instante.
Acurrucada en el regazo de Kalex mientras me clavaba la vista, los ojos de Deia desbordaban un sentimiento muy claro: superioridad. Se esmeraba en exhibir una absoluta confianza en sí misma.
Estando así de pegada al Emperador, su mirada gritaba con orgullo: «Este hombre me pertenece».
Tuve que hacer un esfuerzo supremo para no soltar una risa incrédula ante semejante absurdo. En el momento en que descifré sus intenciones, una profunda sensación de desagrado me invadió de la cabeza a los pies. Si hubiera sido posible, me habría encantado gritarle a la cara que no tenía el más mínimo interés en ese hombre, que se lo podía quedar entero con tal de que lo alejara de mi vista para siempre.
—Si se queda sentada en un sitio como ese, va a pescar un resfriado. Ah, por cierto, Su Majestad, ya es casi la hora de que comience el gran banquete en honor a los recién casados. Deberíamos ir y brindar por ellos también.
La pequeña y blanca mano de la mujer tiró de Kalex, y el hombre se dejó llevar por ella de buena gana. Me quedé inmóvil en mi sitio, limitándome a contemplar cómo ambos se alejaban hasta desaparecer. Sentía que las entrañas me daban vueltas. Dejé escapar un suspiro ahogado y me limpié los labios con el dorso de la mano por puro reflejo.
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Tras los discursos de felicitación, dio inicio el banquete para festejar el matrimonio del Duque. Por lo general, después de una boda las celebraciones solían prolongarse durante tres días seguidos, y mi asistencia a ellas era del todo inevitable.
Los presentes en la fiesta no diferían mucho de los que habían estado en la ceremonia. Kalex, a quien ni siquiera quería verle la cara, seguía allí, y también me vi obligada a continuar cruzando palabras con la incómoda Deia.
Sentí que la cabeza me dio vueltas durante todo el tiempo que pasé en el salón de baile. Solo cuando quedé completamente exhausta, la recepción llegó a su fin y pude por fin regresar al castillo del ducado.
—Les deseo que tengan una noche tranquila.
Frente a mí se encontraban Barahan y Taberin, quien ahora era legítimamente la señora de la casa ducal.
Originalmente, Barahan y yo compartíamos el edificio principal del palacio, pero ahora que se había casado, ya no me correspondía estar en ese lugar. Por lo tanto, decidí instalarme en el edificio anexo del recinto.
Mientras le daba las buenas noches a la pareja ducal, Barahan me clavó una mirada penetrante, desprovista de cualquier expresión. Sin embargo, el gesto duró apenas un instante; de inmediato, tomó a su esposa y se dirigió hacia el edificio principal del palacio.
Yo también debía encaminarme a mi dormitorio, pero, extrañamente, mis pies se sentían pesados y no se movían. El viento soplaba con fuerza en el interior de los terrenos del palacio, trayendo consigo un aire gélido. Parecía que en cualquier momento empezaría a llover desde el cielo oscurecido. Me quedé sumida en mis pensamientos mientras contemplaba el edificio principal, ese lugar donde ya no se me permitía hospedarme. Era el hogar donde había permanecido por más de diez años desde que caí por primera vez en este mundo; la casa de Edel, donde había vivido desde que su padre aún estaba vivo.
Me dejé llevar por una melancolía infantil. Ahora mismo, por ridículo que fuera, sentía como si me hubieran arrebatado mi único refugio. Al mismo tiempo, experimentaba la sensación de que alguien me había robado al único miembro de mi familia que me quedaba.
Mientras permanecía allí de pie observando en silencio, todas las luces del edificio principal se apagaron. Mi respiración se volvió errática. Barahan se había casado hoy con Taberin.
Aquella mujer cargada de toda clase de rumores, con Barahan.
«Y esta noche… será su primera noche juntos.»
Era su noche de bodas. Barahan sostendría a esa mujer entre sus brazos y pasaría la noche entera junto a ella.
Cerré los ojos con fuerza. Intenté disipar los pensamientos que se ramificaban en mi cabeza, pero fue en vano; la confusión me desbordaba. Sentí una repentina náusea que me obligó a cubrirme la boca con la mano.
No quería volver a mi dormitorio en esas condiciones. Al menos no ahora, no quería estar en un lugar desde donde pudiera verlos. Llamé a uno de los sirvientes y le avisé que saldría. Necesitaba alejarme del palacio del ducado, aunque fuera por un breve momento.
Pronto, tal como lo había pedido, me encontré fuera de los límites de la propiedad, acompañada por un solo guardia. Me ajusté la capa una y otra vez, ignorando el aire gélido de la noche. Un extraño remordimiento insistía en tentarme, pero me obligué a no mirar atrás, hacia el palacio, ni una sola vez.
Caminé sin rumbo hasta llegar a un pueblo bastante apartado. Al ser una hora tan avanzada, ya cerca de la medianoche, la mayoría de los establecimientos comerciales se encontraban cerrados. Vagué de un lado a otro sin un propósito fijo, simplemente dejando pasar el tiempo.
El cielo estaba completamente cubierto por densas nubes negras. La luz de la luna ni siquiera lograba filtrarse, sumiendo todo mi entorno en una profunda penumbra. Mientras caminaba con la mente en blanco, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, poniéndome en un aprieto.
El sirviente se apresuró a comprar un paraguas para cubrirme. Ante la repentina lluvia, los pocos comerciantes que quedaban cerraron sus puestos a toda prisa. La oscuridad se adueñó por completo de las calles, y el único sonido que prevalecía era el del golpeteo de la lluvia. Hacía frío y no parecía que la tormenta fuera a amainar pronto.
A pesar de las circunstancias, me resistía a volver al palacio del ducado, por lo que continué avanzando sumida en la preocupación. Incluso consideré la opción de alquilar una habitación en alguna posada. Fue entonces cuando escuché el eco seco del metal al chocar. En el mismo instante en que me giré, una chispa saltó justo ante mis ojos.
—¡Señorita Edel! ¡Huya de inmediato!
El caballero que me escoltaba ya había desenvainado su espada para hacer frente a unos asaltantes. El impacto de la sorpresa me dejó completamente paralizada. Detrás de mí, se aproximaban unos hombres vestidos de negro que ocultaban sus rostros con pasamontañas, dejando al descubierto únicamente sus ojos. Empuñaban sus armas con brusquedad y comenzaron a blandirlas con una intención letal evidente.
Aquella sed de sangre era innegable. Acto seguido, el sirviente que me acompañaba emitió un último gemido ahogado antes de desplomarse. La sangre escarlata comenzó a correr, diluyéndose entre los hilos de agua de la lluvia.
Solo en ese momento reaccioné y comencé a correr desesperadamente. A mis espaldas, el estrépito de las espadas chocando se escuchó un par de veces más antes de extinguirse por completo. El caballero escolta seguramente había muerto. Desde el principio, aquella diferencia numérica hacía imposible que pudiera ganar.
Sin poder siquiera derramar una lágrima debido al shock, corrí sin mirar atrás bajo el diluvio. Sostuve los pliegues de mi falda con ambas manos para acelerar el paso, pero de repente mi campo de visión se distorsionó por completo. Había tropezado con una piedra debido a los tacones y caí violentamente contra el suelo.
Durante ese instante en que quedé tendida sobre el suelo cubierto de agua, una especie de retrospectiva de mi vida cruzó por mi mente. No podía creer que fuera a morir de una manera tan miserable. Me invadió una profunda sensación de injusticia y desamparo.
Sin embargo, la muerte que tanto temía no llegó. En su lugar, el estrépito del metal chocando con fuerza volvió a resonar en el aire. Apoyándome en el suelo como pude, logré girar la cabeza y alcancé a ver cómo uno de los asesinos se desplomaba en ese preciso momento.
A pesar de la densa penumbra que envolvía el lugar y que hacía casi imposible distinguir lo que tenía enfrente, hubo un destello carmesí que se recortó con total nitidez. Al principio pensé que se trataba de sangre, pero estaba equivocada. Un hombre de silueta imponente acortó la distancia hacia mí de un solo paso, me sujetó firmemente de la mano y comenzó a correr.
Me limité a dejarme llevar por él, jadeando con desesperación a cada paso. Sentía que el corazón me iba a estallar por la falta de aire, pero la certeza de que esos hombres me apuñalarían sin piedad si me detenía me impidió soltarme de su agarre.
El hombre me guió de la mano a través de un laberinto de callejones estrechos, corriendo en todas direcciones. Llegó un punto en el que ni siquiera yo tenía la menor idea de hacia dónde nos dirigíamos.
De pronto, dobló una esquina de forma abrupta, abrió una puerta y me empujó dentro. La puerta de madera se cerró de inmediato y él pasó el cerrojo. Lo miré horrorizada. Al notar que me quedaba con la boca abierta por la sorpresa, se aproximó a mí con rapidez y me cubrió los labios con la mano para silenciarme.
—¿A dónde demonios se habrán metido?
Desde el otro lado de la puerta, se escuchó el chapoteo de unos pasos apresurados que pisaban el suelo empapado por la lluvia, acompañados de unas voces cargadas de rabia. El miedo me paralizó a tal punto que sentí que la respiración se me cortaba, y mi cuerpo comenzó a temblar violentamente. Fue entonces cuando una mano grande y cálida se posó sobre mis hombros, los cuales se sacudían como si sufriera una convulsión.
El calor de aquel hombre comenzó a filtrarse a través de mi piel, la cual se había tornado gélida a causa de la lluvia. Poco a poco, la intensa tensión que me dominaba empezó a disiparse. Solo cuando el temblor de mis manos remitió por completo, los pasos de los atacantes terminaron por perderse en la distancia.
—¿Estás bien?
Era una voz que jamás había escuchado, con un tono de voz y una forma de hablar que sonaban extrañamente modernos, como si no encajaran del todo con la época de este mundo. Solo en ese instante fui capaz de detallar con claridad el rostro del hombre que me había salvado. Unos ojos verdes, desbordantes de compasión, me observaban fijamente.
Asimismo, mi vista se clavó en la cabellera azul que enmarcaba sus facciones bien parecidas. Era un color de cabello que difícilmente le sentaría bien incluso a un ídolo famoso, pero él poseía un atractivo tan fresco y radiante que lograba llevar ese tono azulado con una naturalidad asombrosa.
Por si fuera poco, sus ojos verdes evocaban la tranquilidad de la naturaleza misma. El simple hecho de sostenerle la mirada me provocaba un sutil y extraño hormigueo que me recorría hasta la punta de los dedos.
En el mismo instante en que lo miré, él también me examinó con detenimiento. Y, para mi sorpresa, detecté un claro rastro de asombro en sus facciones.
—Tú...
Sus ojos se abrieron de par en par. El rostro de aquel desconocido, empapado por la lluvia, reflejaba una incredulidad absoluta. Como yo no comprendía el motivo de su reacción, me limité a sentirme desconcertada. Ante su repentina inmovilidad y su falta de palabras, me apresuré a ofrecerle mi agradecimiento, el cual ya se había demorado demasiado.
—Gra... gracias.
Hablé con voz entrecortada y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando. El agua que cubría mi rostro no se debía únicamente a la tormenta. Hacía apenas unos minutos, había estado cara a cara con la muerte.
En el momento en que tomé conciencia de que el peligro inminente y la adrenalina habían quedado atrás, todas las fuerzas se esfumaron de mi cuerpo de golpe. Me desplomé en mi sitio como si fuera a perder el conocimiento por completo. El hombre de aspecto fresco reaccionó de inmediato y me sostuvo con presteza para evitar que cayera.
—¿Qué te pasa? ¿Estás herida en alguna parte?
A juzgar por su forma de hablar tan informal y carente de etiquetas, parecía alguien del bajo mundo; sin embargo, su calidez me evocaba la comodidad y el confort de la Tierra, lo que, por alguna extraña razón, me hizo sentir mucho más tranquila.
Comenzó a examinarme minuciosamente de pies a cabeza, como si buscara alguna lesión visible. Yo, por mi parte, me abracé a las rodillas y rompí a llorar desconsoladamente. Estaba demasiado exhausta como para preocuparme por las apariencias o por lo que un extraño pudiera pensar de mí.
Él, visiblemente desconcertado, movía los ojos de un lado a otro sin saber qué hacer. Daba la impresión de no tener la más mínima idea de cómo consolar a alguien. Empezó a deambular por la habitación, recogiendo diversos objetos al azar para luego depositarlos frente a mí. Eran cosas cuya presencia en ese lugar ni siquiera lograba comprender, como un trozo de pan o un muñeco de felpa.
—Dime por qué lloras. Solo así... podré hacer algo para que te detengas —dijo, mientras colocaba una taza de chocolate caliente como toque final sobre la pila de cachivaches que había acumulado ante mí.
Me limpié la nariz y levanté la vista hacia él.
Aquellas pupilas de tonalidad verdosa parecían genuinamente preocupadas por mi bienestar. Me mordí el labio inferior en un intento desesperado por contener los sollozos.
«No llores. No debes llorar, Edel. Tienes que calmarte».
Me reprendí a mí misma mentalmente mientras me esforzaba por regular mi respiración. Llorar en este momento no serviría de nada. Tenía que ordenar mis pensamientos lo antes posible para encontrar una manera de salir de esta situación.
Lo primero que debía hacer era informar al castillo del ducado de que me encontraba bien. Tenía que atrapar a esos hombres que me habían acorralado al borde de la muerte y que habían asesinado a mi sirviente y al caballero escolta. Un leve temblor me recorrió la punta de los dedos al pensar en los que habían perdido la vida.
Al ver que por fin había dejado de llorar, el rostro del hombre reflejó una clara expresión de alivio. Era el benefactor que me había salvado la vida. A pesar de la profunda confusión en la que me encontraba sumida, me esmeré en expresarle mi gratitud una vez más.
—Se lo agradezco de verdad. Si no hubiera sido por usted, a estas horas ya estaría muerta.
—No te preocupes. No fue nada —respondió él, sacudiendo la cabeza—. Es solo que... hay algo que quiero preguntarte.
—¿Eh? ¿Que...?
—Por casualidad, ¿te acuerdas de mí?
Por un instante, me quedé completamente muda y sin saber qué responder.
TRADUCCIÓN: LYN

