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Capítulo 2. Locura (1)


En el instante en que Leonhardt se convirtió en Papa, heredó el apellido divino de Hardiel. Como hijo de Dios, era alabado como el ser más noble entre los mortales.


Leonhardt inclinó la cabeza hacia el altar sagrado. Tras ofrecer sus oraciones vespertinas con las manos entrelazadas y una expresión solemne, abandonó el lugar con serenidad, acompañado por los paladines que lo escoltaban.


La oración de la tarde era como un deber ineludible para él. Rezar al menos tres veces al día constituía una rutina diaria que jamás se permitía pasar por alto.


A lo largo de todo el pasillo, cada persona con la que se cruzaba le hacía una reverencia cargada de pavor y reverencia. Él respondía a sus saludos con una sonrisa, pero en el fondo le parecía ridículo. No sentía ni un ápice de respeto por Dios. Aunque se decía que era el único capaz de comunicarse con la divinidad, Leonhardt, lejos de regocijarse por semejante bendición especial, la consideraba una molestia.


Un paladín abrió la puerta del despacho con total cortesía. Al ser un espacio sumamente privado, nadie tenía permitido el ingreso, a excepción de unos pocos paladines y sacerdotes de alto rango autorizados por él.


Leonhardt cruzó el despacho en silencio. En medio del lugar, un hombre de mediana edad permanecía postrado en el suelo. Leonhardt abrió los brazos casi sin prestarle atención al hombre que imploraba en el piso, mientras las doncellas le colocaban una túnica cuyo diseño se asemejaba a las hombreras de un emperador.


El rostro de Leonhardt no mostraba la menor preocupación por lo mal que combinaban aquellas hombreras rojas sobre su uniforme, que era de un blanco tan puro que parecía sagrado. Sus facciones, antes sumidas en el aburrimiento, adoptaron de pronto el aire opresivo de un gobernante, dándole un aspecto depravado.


Se sentó en su silla y bajó la mirada con indolencia. El hombre de mediana edad, que seguía postrado, temblaba descontroladamente con el cuerpo completamente empapado en sangre. Cuando finalmente logró abrir la boca, tartamudeó un poco, preso del pánico:


—Lo... lo lamento, Su Santidad. Al final, no pudimos detenerlos. Todos los sacerdotes que estaban a cargo de los préstamos han sido ejecutados. Tanto los pagarés de los préstamos a los nobles como los contratos con la familia imperial han sido reducidos a cenizas.


—.....


Ante el silencio sepulcral que aplastaba la habitación, los paladines también contuvieron el aliento. Sin decir palabra, Leonhardt levantó lentamente un dedo y señaló a Denki, el mismo muchacho que tiempo atrás había herido su mano en el orfanato. 


Con un aspecto demacrado y cojeando, Denki se acercó para atender a Leonhardt. Mientras recibía sus atenciones, Leonhardt se hundió perezosamente en la silla.


El monje de cabellos plateados, famoso por su benevolencia, vestía ahora unas hombreras rojas como la sangre. Leonhardt no tuvo que moverse; de inmediato, uno de los paladines le colocó un cigarrillo en los labios por iniciativa propia. El cigarrillo no tardó en ser encendido. Leonhardt preguntó sin prisa:


—¿Quién ordenó hacer esto?


—Entraron con los rostros cubiertos por máscaras, así que fue difícil confirmarlo. Lo lamento profundamente, Su Santidad.


—¿Tiene algún sentido que decenas de paladines no hayan sido capaces de lidiar con un solo individuo?


Con su rostro aristocrático, la imagen de Leonhardt exhalando el humo con el cigarrillo entre los labios resultaba sumamente decadente. El sutil sonido de alguien tragando saliva resonó en la habitación.


Leonhardt giró la cabeza y examinó a los paladines con la mirada, buscando un referente. Alguien con un poder militar tan sobresaliente como para que decenas de hombres no pudieran hacerle frente... Mientras ordenaba sus ideas, la figura de Barahan cruzó de pronto por su mente.


—Quizá la altura era… hm. 


Leonhardt seleccionó a uno de los paladines y le hizo una seña con el dedo índice; el caballero señalado dudó un instante antes de dar dos pasos al frente.


—¿...Como la de él? ¿Y el color de sus ojos era rojo como la sangre?


Los ojos del hombre de mediana edad se abrieron de par en par por la sorpresa.


—¿C-cómo lo supo...?


Mientras hurgaba en sus recuerdos, Leonhardt se levantó de la silla, provocando que las hombreras rojas que vestía con desaliño se deslizaran un poco por su hombro. Denki se apresuró a ponerse de pie para acomodárselas de nuevo.


Leonhardt le hizo un leve gesto con la mano a un paladín que se encontraba cerca. El hombre se aproximó con absoluta lealtad y se arrodilló ante él.


Con un movimiento mecánico y ensayado, el paladín abrió la boca, y Leonhardt extinguió el cigarrillo que acababa de fumar presionándolo directamente sobre la lengua del caballero. El olor a carne quemada inundó el lugar.


—¡Ggg... jhh...!


El paladín apretó los dientes con fuerza, conteniendo a duras penas el grito de agonía que amenazaba con escapar de su garganta. La atmósfera se volvió tan gélida como si les hubieran arrojado un balde de agua fría.


Leonhardt reflexionó. Esto era, sin lugar a dudas, obra e intención de Kalex. Porque aquel que había irrumpido solo en este lugar arriesgando su vida no podía ser otro que Barahan.


El momento en que se había perdido el rastro de Barahan y el instante en que estalló el incidente coincidían de manera sospechosa. Leonhardt rechinó los dientes.


«Cómo se atreve...».


—Pronto se arrepentirá de haberme tomado como enemigo.


Leonhardt relajó el ceño fruncido. Mientras todos trataban de adivinar sus intenciones al verlo hablar solo, el hombre de mediana edad se armó de valor y abrió la boca:


—...¿Qué es lo que debemos hacer?


La respuesta de Leonhardt llegó impregnada de fastidio, como si la pregunta le irritara los nervios:


—Encúbranlo. Las muertes de los sacerdotes también. Asegúrense de controlar los rumores para que no se propaguen y protejan bien aunque sea las copias de los pagarés. Tendrán que restaurar todos los documentos como si fueran los originales cuanto antes. Encárguense de ello… como sea. 


La irritación de Leonhardt se descargó entonces sobre el paladín que tenía delante. Sin previo aviso, Leonhardt golpeó brutalmente la mandíbula del caballero que acababa de sufrir la quemadura.


Ante aquella violencia desmedida y sin concesiones, el paladín tosió una bocanada de sangre. De inmediato, se apresuró a corregir su postura y volvió a postrarse en el suelo, con el cuerpo temblando como una hoja. En un instante, Leonhardt le sujetó la mandíbula y le obligó a levantar la cabeza. Lo primero que captó la mirada del caballero fue la expresión caprichosa de Leonhardt.


Leonhardt lo contempló con desagrado por un momento antes de soltarle la mandíbula. Acto seguido, colocó su mano sobre la cabeza del paladín y recitó una breve bendición entre dientes.


«Dios solo ama al Papa».


Esa verdad absoluta volvió a demostrarse una vez más en ese preciso instante a través del cuerpo del paladín. Un poder divino descomunal envolvió los alrededores del caballero en un parpadeo, haciendo que todas sus heridas y cicatrices desaparecieran por completo.


Al borrarse los hematomas y los cortes que marcaban sus facciones, el rostro del paladín resplandeció, revelando una belleza que hasta entonces había permanecido oculta.


—¿Ah...?


Leonhardt, intentando disipar su aburrimiento, se quitó las hombreras rojas con desdén y las arrojó a un lado. Sin importarle si el paladín estaba desconcertado por su evidente veleidad, la atmósfera del lugar continuó siendo gélida.


Los paladines permanecieron en silencio, mientras Denki agachaba la cabeza, temblando incontrolablemente.


Al principio, Denki solía elevar incesantes oraciones de gratitud al dios Hardiel por la misericordia de Leonhardt; sin embargo, a estas alturas, el brillo vivaz que alguna vez tuvo la mirada del joven se había extinguido por completo.


Con el rostro entumecido, Denki volvió a levantar la cabeza y contempló con fijeza la silueta de Leonhardt mientras este abandonaba la habitación.



↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭



A pesar de que Barahan era legítimamente el dueño del castillo ducal, había estado desaparecido durante varios días y ninguno de los sirvientes parecía inmutarse por ello. Para cuando me di cuenta, ya había amanecido. El aire exterior era fresco y la tenue luz del sol se sentía cálida.


Inconscientemente, me llevé los dedos a los labios, pero los aparté de inmediato, asustada por mi propio gesto. Miré a mi alrededor por puro instinto, temerosa de que alguien me hubiera estado observando.


Los sirvientes se encontraban a una distancia considerable. Nadie me miraba. Supongo que era lo natural, considerando que no había nadie en esta casa que se interesara por mí; con la única excepción de Barahan.


Sentí cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo. Una dolorosa sensación de realidad invadió mi cuerpo. Presioné ligeramente mis párpados, que estaban un poco hinchados después de haber llorado durante tanto tiempo. Estaba exhausta, pero las emociones caóticas que me consumían me impidieron dormir en toda la noche. ¿Por qué me había besado Barahan? ¿Por qué había regresado herido tras acudir al llamado de Kalex? ¿Y por qué me había pedido que no le dijera a nadie que estaba lastimado?


Por más que le daba vueltas, la conclusión a la que llegaba era siempre la misma: la funesta sospecha de que Barahan se había involucrado en algo peligroso por orden de Kalex. Exactamente igual que mi padre.


Sin embargo, no quería perder también a Barahan de una manera tan vana. En mis manos sostenía la poción para él. Justo en el instante en que me disponía a apresurar el paso, descubrí a alguien a quien nunca antes había visto.


Por alguna razón, capturó por completo mi atención. Un hombre de cabello blanco y semblante sereno miró a su alrededor y, al divisarme siendo yo la única que vestía un vestido de colores vivos, caminó con paso firme hacia mí.


Mientras lo enfrentaba con evidente desconfianza, el sirviente desconocido me esbozó una sonrisa, como intentando tranquilizarme.


—¿Es usted la señorita Edel Alteon?


—...¿Quién eres?


El hombre de cabello blanco lanzó una mirada fugaz hacia la poción que yo apretaba en mi mano. Inconscientemente, escondí la mano detrás de mi espalda. El hombre pronunció el motivo de su visita casi en un susurro:


—Su Majestad el Emperador la ha convocado a usted en secreto, señorita.


—.....


Por un momento, me quedé sin palabras. Lógicamente, deduje que Kalex no tenía ninguna razón válida para llamarme en secreto a estas horas de la mañana.


Sin embargo, de inmediato pensé en Barahan, aquel que había acudido corriendo al llamado de Kalex y había regresado unos días después medio muerto. Por puro instinto, percibí el peligro.


—¿Ahora?


—Así es.


Mientras respondía, el hombre me mostró lo que, sin lugar a dudas, era el emblema de la familia imperial. Mi mente se inundó de confusión. Me resultó un tanto difícil no dejar traslucir mi desconcierto.


Poco después, fui conducida de manera sumamente discreta, tal como había dicho el sirviente. Tras ingresar en carruaje por la puerta trasera del palacio imperial, me hicieron entrar a solas en un templo situado en un rincón apartado del palacio.


Me carcomía la culpa por no haber podido darle siquiera la poción a Barahan, quien debía de estar muriéndose de hambre y atormentado por el dolor; pero me propuse que, en cuanto viera a Kalex, lo primero que haría sería exigirle cuidados y atención médica para él.


Le reclamaría qué clase de órdenes le había dado y le exigiría que garantizara su vida.


Con una expresión llena de determinación, caminé sola por el interior del templo en busca de Kalex. El templo dentro del palacio imperial era de un blanco inmaculado y sagrado que recordaba a Leonhardt. El eco de mis zapatos impactando contra el suelo de mármol resonaba con nitidez en el silencio.


Sin embargo, no tardé en tener que detenerme, presa del estupor. En el interior del templo al que acababa de entrar, Kalex se encontraba subido encima de una doncella a la que había recostado sobre el mismísimo altar sagrado, como si intentara profanarlo.


Un acto sexual. A juzgar por la escena que se presentaba ante mis ojos y los tenues gemidos que escapaban de la doncella, era evidente que el acto ya estaba en pleno apogeo. Apreté los puños con fuerza, consumida por la vergüenza y la indignación.


¿Qué clase de falta de respeto descarada era esta, hacer venir a alguien para obligarle a presenciar semejante espectáculo?


«Cada vez que lo veo, se comporta como una bestia».


Un profundo desprecio y una intensa repugnancia me revolvieron el estómago, pero no podía permitirme demostrarlo.


Mientras Barahan yacía colapsado tras resultar herido por cumplir sus órdenes, Kalex se entregaba a sus placeres de esa manera. Además, por muy Emperador que fuera, profanar lo sagrado de esa forma pasaba todos los límites aceptables.


Dado que yo era plenamente consciente de que este lugar era el mundo de un juego otome, no poseía ninguna clase de fe, pero no por ello ignoraba la existencia y el poder de la fuerza divina. Para mí, aquel acto del Emperador no era más que una burla y un absoluto desprecio hacia la autoridad del Papa, así como hacia Barahan y hacia mí misma.


Sin embargo, al encontrarme en la posición del eslabón más débil y desamparado, no tenía el poder para detenerlos; no me quedaba más opción que cerrar la boca y mirar. Al percatarse de una presencia, la doncella giró la cabeza. Mis ojos se cruzaron con los suyos.


Solo entonces Kalex detuvo el movimiento de sus caderas y miró en mi dirección. Se dirigió a mí actuando como si nada de aquello tuviera importancia.


—Ah, ¿ya llegaste? Como tardabas tanto, me estaba aburriendo.


En su tono de voz, perezoso y prolongado, se percibía un evidente deseo carnal. Sus pupilas oscuras, fijas en mí, brillaban con una profunda satisfacción. Su mirada me recorrió con intensidad de la cabeza a los pies, desnudándome con los ojos mientras yo permanecía allí parada, completamente indefensa.


Entonces, reanudó sus embestidas de manera pausada y rítmica. Lo hacía como si me obligara a mirarlo. Era una situación tan obscena y directa que me resultaba insoportable sostenerle la mirada. Mordiéndome el labio inferior, bajé los ojos lentamente.


—Levanta la cabeza.


Me ordenó. La joven doncella rompió a llorar, consumida por la vergüenza. Mis puños, fuertemente apretados por la indignación, comenzaron a temblar de forma visible. Daba la impresión de que, como Kalex utilizaba a Barahan como si fuera su perro guardián, asumía que tenía el derecho de tratarme a mí de la misma manera.


Haciendo un esfuerzo sobrehumano por recomponer mis facciones, volví a mirar a Kalex. Él soltó una risita burlona.


—Tienes una expresión que dice que te doy asco.


—Le... le presento mis respetos, Su Majestad el Emperador.


Saludé con retraso mientras rechinaba los dientes. Mi voz temblaba debido a lo patético de la situación. Me resultaba sumamente difícil controlar mis expresiones. Para ocultar mi furia, volví a inclinar la cabeza hacia el suelo.


—No me mires así. Me enteré de que las doncellas se masturbaban cada noche con juguetes sexuales que imitaban mi pene, así que solo las estoy ayudando con una penetración real.


Era una información que no tenía el más mínimo interés en saber.


En la obra original existía ese trasfondo. Quizá conscientes de la censura, siempre justificaban los encuentros sexuales salvajes de Kalex bajo la premisa de que, en realidad, las mujeres también los disfrutaban.


—Edel.


Pronunció mi nombre. Me estremecí. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.


—Edel Alteon... Vaya.


Fue cuestión de un instante. Él se retiró de encima de la doncella, dejándola a un lado sin el menor cuidado. La joven, que aún gemía de dolor, se apresuró a cubrir su cuerpo con las manos.


Yo era incapaz de levantar la mirada. Sin embargo, por los ruidos y los pasos, me di cuenta de que la doncella huía del lugar a toda prisa, cojeando. Un silencio sepulcral envolvió el interior del templo. Tras controlar a duras penas mi respiración agitada, finalmente alcé la cabeza. Él se había puesto una túnica de forma descuidada y permanecía sentado sobre el altar sagrado con una actitud insolente. El corazón me latía a una velocidad desbocada.


—¿Qué estás haciendo?


Como correspondía a alguien elegido por Dios, poseía un cabello rubio que evocaba al sol y unos ojos completamente oscuros. Yo sabía perfectamente que era un hombre con un temperamento tan volátil que sería capaz de asesinar a una mujer en el acto ante el más mínimo contratiempo.


Kalex entrecerró los ojos con una sonrisa.


—Aún no estoy satisfecho. ¿Qué tal si me complaces?


—.....


—Edel, ven aquí y recuéstate.


Tragué saliva ante la intensidad de su mirada, que parecía perforarme por completo.


Por un brevísimo segundo, sentí el impulso irreprimible de darme la vuelta y salir corriendo del templo. Quería escapar de allí de inmediato, sin importarme en absoluto las consecuencias. Sin embargo, logré contener ese arrebato al cobrar conciencia de mi deplorable actitud actual.


En algún momento, me había acostumbrado a acobardarme y huir cada vez que surgía una situación tan difícil que sentía que no podía soportarla. Y eso que, originalmente, yo nunca había sido una cobarde.


Nací huérfana y pasé diecinueve años en un orfanato. Jamás experimenté el cálido refugio de unos padres; tuve que meditar y resolver cada problema por mi propia cuenta. Haber tenido que soportar todo ese peso demostraba que yo no era, en absoluto, una persona débil. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, todo mi ser dio un vuelco. Desde el día en que mi vida fue arrancada de raíz, comencé a corromperme gradualmente desde mis cimientos.


Un cuerpo que no me pertenecía; mi propia voz, que todavía sentía ajena cada vez que salía por mi garganta y resonaba en mis oídos; personas que me llamaban por un nombre desconocido. En medio de todo eso, me resultaba imposible mantener la cordura y vivir como si nada pasara.


Yo no conocía a nadie aquí, ni era un ser humano que perteneciera a este mundo. ¿Quién podría comprender mi confusión? Era un tormento que, a menos que se viviera en carne propia, nadie lograría entender ni en su lecho de muerte.


Solo quería volver a ser yo misma, única y puramente yo. No obstante, cuanto más negaba mi propia existencia, lo único que se acumulaba en mi interior era una asfixiante frustración y resentimiento. El nudo que se formaba en mi pecho no hacía más que endurecerse, sin que hubiera forma alguna de desatarlo.


Todavía recordaba los murmullos a mis espaldas que decían que la joven dama de la familia Alteon se había vuelto loca. El desprecio entrelazado en el tono de esos murmullos secretos. Y, tal como ellos decían, realmente comencé a perder la cabeza.


Era un pasado que ahora ni siquiera quería recordar. En mis recuerdos, los sirvientes de la casa Alteon me evitaban con rostros llenos de pavor. Aunque el señor del ducado comprendía y protegía cada una de las acciones de su joven hija, eso no era suficiente.


Adaptarse era difícil, y la ansiedad en mi interior se negaba a desaparecer. Al poco tiempo, cerré la boca y me recluí en mi propio mundo. Dejar la mente en blanco y no pensar en nada me resultaba, al menos, más reconfortante.


Dejé de reaccionar ante cualquier cosa que se me acercara, volviéndome cada vez más apática. Yo misma me obligué a ser así. Eran las medidas que había tomado para escapar de una realidad inverosímil y del miedo. Dado que la estabilidad mental necesaria para tolerar el dolor se había agotado por completo en mi interior, temía con locura incluso la más mínima herida que pudiera hacerme perder el control.


Gracias a los cuidados devotos y a la atención de mi padre, mejoré gradualmente; sin embargo, las secuelas de haber abandonado mi vida en aquel entonces permanecían profundamente arraigadas en mí hasta el día de hoy. Me había convertido en alguien que, al final, prefería cerrar los ojos ante lo que le causaba terror.


Tratando de estabilizar mi mente, que se tambaleaba por la ansiedad, me mordí el labio con fuerza. Mi padre estaba muerto, y Barahan se encontraba en una situación donde ni siquiera podía mover el cuerpo por el dolor.


Si no recuperaba el juicio ahora mismo, ¿quién demonios iba a protegerme? ¿Acaso no me había prometido a mí misma una y otra vez que no volvería a huir?


—No quiero.


Kalex, que me observaba apoyando la barbilla en la mano con indolencia, frunció las cejas.


—¿Ah? ¿Acabas de decir que no quieres?


—Yo soy Edel Alteon, la joven dama del Ducado. Me gustaría que entendiera que no soy una prostituta que vende su cuerpo, ni tampoco alguien a quien pueda tratar a su antojo como a la doncella con la que se estaba divirtiendo hasta hace un momento.


Mi voz no dejaba de temblar, así que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por contenerla. Al clavar la mirada en sus ojos, oscuros como el abismo y fijados firmemente en mí, sentí un escalofrío en la nuca. Deseaba cerrar los ojos de nuevo y salir corriendo. Sin embargo, todavía quedaba algo que debía preguntarle a Kalex a como diera lugar.


—¿Por qué llamó a Barahan? ¿Qué clase de tarea le encomendó para que regresara medio muerto?


También quería preguntarle si el rumor que circulaba entre la gente sobre la “sumisión a la familia imperial” era cierto, pero la atmósfera no era la adecuada para mencionar algo así.


Kalex no respondió. Se limitó a contemplarme en silencio, como si estuviera viendo una obra de teatro. ¿Me estaba ignorando? Por más que intenté reprimirla, la furia se encendió en mi pecho.


—¿Por qué no responde? ¿Y cuál es la razón por la que ordenó que no se le dijera a nadie...?


Interrumpí mis propias palabras y contuve el aliento. En sus ojos, antes apáticos, afloró una emoción. Por un lado, su rostro reflejaba un profundo interés, pero dentro de esa mirada también pude leer una crueldad implacable.


Resonó el ruido metálico de una espada desenvainándose. Fue la primera vez que comprendí lo aterrador que podía resultar aquel sonido.


—Ahora que lo pienso, hablas demasiado. Y además eres bastante insolente. 


Se rió entre dientes mientras me apuntaba con la espada. Al sentir el gélido contacto de la hoja rozando mi cuello, todo mi cuerpo se enfrió por completo. Una fina línea roja se dibujó en mi piel, y una gota de sangre comenzó a brotar y a deslizarse.


—¿Así que qué es lo que quieres que haga? ¿Que te cuente por qué el Duque regresó hecho pedazos? Tal como dijiste, no eres más que una simple señorita, y aun así tienes el descaro de replicarle y hablarle de esa forma a tu Emperador.


Mi cuerpo comenzó a temblar como si sufriera espasmos. Kalex era un hombre capaz de asesinar a cualquiera sin dudarlo en el momento en que algo no fuera de su agrado. Aunque yo fuera una dama de la alta nobleza, si llegaba a importunar su humor, me cortaría la cabeza en cualquier instante y sin el menor titubeo.


¿Iba a morir aquí mismo? La hoja plateada, capaz de rebanarme en cualquier segundo, descendió lentamente por mi cuello.


Con el rostro pálido como la muerte, me limité a jadear con dificultad. Él contemplaba mi semblante con evidente regocijo. Kalex, de verdad, parecía estar divirtiéndose muchísimo.


El pánico a morir hizo que las lágrimas brotaran de mis ojos. Al ver esto, él sonrió mostrando los dientes.


—Así es. Definitivamente, esa es la expresión que mejor te queda.


Acompañada de su voz resonando con un tono sugerente, la hoja de la espada continuó descendiendo. Pasó la clavícula hasta llegar a la altura de mi pecho, donde la punta del arma comenzó a trazar círculos sobre el escote de mi vestido. De ese modo, muy despacio, los hilos de la parte delantera de la prenda se fueron descosiendo. Una vez que rajó el vestido con la espada hasta casi la cintura, mi pequeña ropa interior, que apenas cubría mis pechos, quedó expuesta por completo. Con la parte frontal del traje destrozada frente a un hombre, la línea de mi busto quedó totalmente al descubierto. La vergüenza hizo que la cabeza me diera vueltas.


—N-no haga esto, por favor.


—¿Hacer qué?


Me examinó lentamente con la mirada mientras yo temblaba, con el torso prácticamente al desnudo. Aquello resultaba aún más espeluznante que ser manoseada. Tras recorrer de arriba abajo mi anatomía con los ojos, arrojó la espada al suelo y se recostó con indolencia en el asiento del templo. Vistiendo únicamente aquella túnica, deslizó su mano despacio hacia abajo. Su miembro se encontraba erecto y sumamente hinchado, a punto de estallar.


—No apartes la mirada de mí ni por un segundo.


Cerré los ojos con fuerza y giré la cabeza, pero Kalex me ordenó con firmeza que lo mirara. Mordiéndome los labios, no me quedó más remedio que volver a observar su acción. Su miembro, brillante por los fluidos, era horrorosamente grande. Sujetó con la mano derecha su miembro, rígido como una roca, y comenzó a masturbarse con movimientos ascendentes y descendentes. Entre sus enormes manos, su virilidad aparecía y desaparecía una y otra vez.


Incapaz de seguir soportándolo, volví a bajar la cabeza. Él chasqueó la lengua con desagrado.


—No me arruines el momento y mira de frente. ¿O prefieres que te lo meta directamente en la boca de abajo? Qué dices. ¿Es eso lo que quieres?


Ante semejantes palabras tan humillantes, me obligué a levantar la cabeza. Entrelacé mis manos con fuerza. Mis dientes castañeteaban tanto que ni siquiera podía cerrar la boca. Solo cuando comprobó que volvía a mirarlo, se dio por satisfecho y reanudó la estimulación de su miembro.


El sonido húmedo y viscoso de la carne rozándose llenó el silencioso interior del templo. Dentro del recinto sagrado destinado a las oraciones a Dios, el Emperador ocupaba el lugar más alto para saciar sus propios deseos.


Los movimientos de la mano de Kalex comenzaron a volverse cada vez más rápidos. Mientras los jadeos del hombre se aceleraban, mis mejillas ya ardían a una temperatura abrasadora.


—Dí mi nombre. Ahora.


El hombre ordenó con una voz ronca. Parecía apurado, como si estuviera a punto de alcanzar el clímax de su placer. Dudé, pero el temor a las consecuencias me obligó a murmurar el nombre del Emperador en un susurro:


—Kalex...


—Dilo otra vez.


—Kalex.


—Ah...


Echando el cuerpo hacia atrás, soltó un gemido bajo y profundo. Al mismo tiempo, el semen brotó con fuerza sobre su mano. Presenciar toda aquella escena me dejó completamente petrificada, como si fuera de piedra.


No fui capaz de articular ni una sola palabra. Con una expresión satisfecha, él se dedicó a disfrutar del letargo posterior a la eyaculación. Kalex sonrió con el rostro relajado:


—Esto ha estado bastante bien.


Finalmente, las piernas me cedieron y me desplomé en el suelo. Aunque mi vestido estaba totalmente rasgado y mi pecho quedaba al descubierto, ni siquiera tuve las fuerzas para intentar cubrirme.


—¿Dónde está el Duque ahora? Habla.


—.....


—Dímelo ya. ¿Cómo se supone que voy a ayudarte con su tratamiento si no lo sé?


El descaro en el rostro de ese hombre no tenía límites. Con la mente en blanco, hice un esfuerzo sobrehumano por recuperar la cordura. No podía confiar plenamente en Kalex como para revelarle el paradero exacto de Barahan. Por esa razón, me limité a pedirle que me prestara a un médico imperial. Él accedió con total naturalidad, mientras volvía a recorrer con una mirada lasciva mi escote, que continuaba expuesto.


Solo entonces me apresuré a cubrirme el cuerpo con ambas manos. Sentí una profunda y auténtica repugnancia hacia él mientras lo escuchaba reírse de mí desde lo alto.


Salí del templo tambaleándome. Caminaba con pasos peligrosamente erráticos, por lo que uno de los caballeros que me escoltaban hacia el exterior estiró la mano para sostenerme y ayudarme. Sin embargo, le aparté la mano de un golpe inmediato. Fue un acto puramente reflejo. El caballero disimuló de inmediato su expresión de sorpresa, pero mi corazón todavía latía con una fuerza ensordecedora. Sabía perfectamente que el guardia no me había tocado con malas intenciones, pero lo ocurrido dentro me había dejado tan sensible que no podía evitar actuar de forma defensiva.


Aunque Kalex no me había tocado ni con la punta de un dedo, mi mente estaba hecha pedazos, como si ya hubiera sido ultrajada de las peores maneras. Las doncellas se deshicieron de mi vestido, que había quedado hecho jirones tras ser rajado por delante, y me vistieron con uno nuevo.


Sin embargo, cambiarme de ropa no borraba la humillación de hace un momento. Intentaba calmarme, pero controlar los latidos desbocados de mi corazón era algo que no se lograba con simple fuerza de voluntad.


El cielo de la mañana estaba completamente despejado, sin una sola nube. A pesar de un clima tan radiante, sentía una intensa náusea, como si me hubieran cubierto de inmundicia.

Me tapé la boca con la mano, inmóvil en mi sitio, tratando de apaciguar el estómago revuelto. Realmente parecía que Kalex me consideraba una especie de juguete fácil de manipular en cualquier momento. De lo contrario, no habría cometido una bajeza tan asquerosa.


Aunque ya conocía de sobra el temperamento de Kalex por haberlo experimentado en el juego otome, vivirlo en carne propia era un abismo de diferencia a solo verlo a través de una pantalla. Para colmo, daba la impresión de que yo le había llamado poderosamente la atención. Por supuesto, no se trataba de amor de pareja ni de ningún sentimiento afectivo. Seguramente me veía como una pieza de ajedrez con la cual entretenerse y divertirse mientras jugaba la partida.


Antes era yo quien jugaba con Kalex dentro del juego, pero ahora las piezas se habían invertido y era él quien jugaba conmigo.


Tenía la garganta sumamente seca. Como el mareo no cesaba, apenas podía recuperar el aliento mientras contemplaba el cielo con la mirada vacía. Sentía que estaba a punto de perder la cordura otra vez. Al desviar la mirada sin un rumbo fijo, una estatua dentro del templo capturó mi atención. Era Hardiel, el dios de la benevolencia y la aceptación. El único e inigualable dios del Imperio.


—Hardiel...


Murmuré el nombre de la divinidad en un susurro. Y para mí, ese era también el nombre de otro dios. Leonhardt Hardiel.


Obligué a mi debilitado cuerpo a ponerse en marcha y salí del templo. De pronto, sentí un deseo ferviente de ver a alguien. Al Papa Leonhardt.


Estando tan exhausta, necesitaba a Leonhardt en este preciso momento. Anhelaba recibir consuelo para mi corazón herido. Él era el único ser en el que podía apoyarme ahora mismo.



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—Su Santidad. Mire esta magnolia. ¿No es verdaderamente hermosa?


—Sí, es hermosa.


—A decir verdad, al ver esta flor pensé en Su Santidad. Esta magnolia, tan blanca como la nieve pura y con un aroma tan sutil... me recordó inevitablemente a usted.


Leonhardt dejó escapar una leve sonrisa ante la voz clara y melodiosa de la joven. Deia lo miró con una frescura radiante y le devolvió la sonrisa, para luego bajar la mirada como si se sintiera un tanto cohibida.


—Su Santidad. Si no le molesta, ¿podría dejar esta flor aquí? Me haría muy feliz que la aceptara.


—Ah, por supuesto, señorita Deia. Siendo un obsequio que usted misma se ha tomado la molestia de traer, ¿cómo podría dejarlo en manos de alguien más?


—Su Santidad es verdaderamente amable.


La hermosa joven de cabellos rosados esbozó una sonrisa rebosante de juventud. La imagen de Deia sonriéndole a Leonhardt era, sin duda, encantadora. Sin embargo, sentí cómo las puntas de mis dedos se entumecían ante una inexplicable y escalofriante sensación que se asentó en mi pecho.


—¡Ay, qué despistada! Ahora que lo pienso, no tengo nada para darle a usted, señorita. Fue un error de mi parte traer solo las flores para este jarrón. De haber sabido que usted también vendría, habría comprado más.


—No se preocupe. Le agradezco el gesto de todos modos, señorita Deia.


Por alguna razón, mi voz tembló al final de la frase. Deia me hablaba entrecerrando los ojos con dulzura, pero sus palabras solo resonaban en mis oídos sin llegar a procesarse. Al llegar al Vaticano con la única intención de ver a Leonhardt, me había topado con una situación completamente imprevista.


«¿Por qué Deia y Leonhardt están juntos en el mismo lugar?».


Para colmo, ambos estaban sentados uno al lado del otro en los sillones de recepción, mostrando una gran familiaridad. Todo indicaba que Deia había llegado antes que yo y que habían estado disfrutando de una amena conversación.


Leonhardt bebía té con una sonrisa tranquila mientras Deia hablaba animadamente a su lado. Él asentía de vez en cuando o reía con suavidad mientras seguía la conversación. 

Aunque tanto Leonhardt como Deia me habían recibido con sonrisas de bienvenida ante mi visita inesperada, a mí me resultaba sumamente difícil actuar con naturalidad.


Deia intentaba incluirme en la conversación de tanto en tanto para que no me sintiera incómoda, pero aun así no podía evitar sentirme como una intrusa que se había entrometido entre los dos.


Y, sobre todo, la expresión de él mientras conversaba con Deia lucía demasiado afable y complacida. Verlo sonreír de esa manera frente a una joven tan inocente y hermosa hizo que una desagradable mezcla de emociones comenzara a retorcerse en mi interior.


Sin embargo, todavía no quería admitirlo. ¿Cómo era posible que yo sintiera algo así?


—El Vaticano es un lugar realmente silencioso —comentó Deia—. ¿Acaso Su Santidad no se aburre a veces aquí?


—Jaja. Quien ejerce como el representante de Dios no puede permitirse pensar en sus propios deseos. Aunque sea monótono, lo correcto es sobrellevarlo.


—Mmm, pero aun así...


Deia dejó la frase en el aire mientras levantaba la mirada hacia Leonhardt. El encanto natural y la feminidad que desbordaba cada uno de sus gestos eran cualidades que yo jamás sería capaz de imitar. Leonhardt soltó una ligera risita.


—En ese caso, señorita Deia, le sugiero que me visite con más frecuencia. De ese modo, mi rutina será menos monótona.


—¡Cielos! ¿De verdad puedo hacerlo?


Deia sonrió entusiasmada. Por dentro, mi mundo se desmoronaba. Estaba sumamente confundida; no tenía la menor idea de que ellos dos tuvieran una relación tan cercana. Haberlo descubierto hoy mismo me resultaba un golpe devastador.


Sin embargo, pensándolo bien, en el juego otome original ellos mantenían un romance secreto. No había nada de extraño en que se tuvieran afecto en este mundo. Incluso ahora mismo, lucían lo suficientemente cercanos.


«Tal vez Leonhardt ya esté enamorado de Deia...».


Ese pensamiento me hizo dar vueltas la cabeza. Aunque hasta ahora solo había presenciado los encuentros íntimos entre Deia y Kalex, ella era, por naturaleza, una mujer desbordante de magnetismo. En el juego original, acaparaba el amor de absolutamente todos los hombres. No tendría nada de raro que ella y Leonhardt se correspondieran mutuamente.


¿Cómo se suponía que debía llamar a la emoción que estaba sintiendo en este instante?


No era algo fácil de definir. Me limpié el sudor frío de las manos contra el tejido del vestido sobre mis rodillas. Intenté adivinar qué se ocultaba en el interior de ambos, pero me invadió una profunda sensación de vacío y preferí desistir.


Sentada allí, en medio de Deia y Leonhardt mientras se sonreían el uno al otro, me sentía como un estorbo imprudente que interrumpía a una pareja. Si tuviera que evaluar a Deia, ya no como la jugadora de un videojuego, sino como mujer, tenía que admitir que era sumamente atractiva.


Su cabello rosado peinado en suaves ondas, sus ojos verdes, grandes y limpios que despertaban un instinto de protección, y sus facciones delicadas la hacían lucir adorable y encantadora.


¿Qué hombre no caería rendido cuando una mujer de aspecto alegre y tierno se le acercaba con tanta calidez, desplegando todo su atractivo?


Además, Deia poseía un don innato para cautivar los corazones masculinos. Usualmente se comportaba como una joven inocente, pero en la intimidad, se transformaba en una mujer fatal.


Dentro del juego otome. Edel, es decir yo, no se quedaba atrás en comparación con Deia... o al menos eso quería creer.


Ah. De repente, mis ojos se cruzaron con los de Leonhardt. Sentí una punzada de culpa que hizo que la comisura de mi boca se torciera ligeramente. Al haber sido incapaz de concentrarme en su conversación, me había limitado a esbozar una sonrisa tonta todo este tiempo. Al notar mi risa forzada, los ojos de él se entrecerraron sutilmente.


—Ahora que lo pienso, parece que circula el rumor de que el paradero del Duque de Alteon es incierto estos días.


—¿.....?


—Me preocupaba que usted, señorita, estuviera sufriendo por culpa de esos chismes. Especialmente ahora, un momento tan crucial donde él acaba de convertirse en el señor de Alteon y debe consolidar su posición; los comentarios innecesarios de los ociosos no le traerán ningún beneficio al Duque. Además, es de público conocimiento la excelente relación que mantiene usted con él.


Al ver mi rostro perturbado por su repentina mención del tema, la comisura de los labios de Leonhardt se elevó lentamente. Por un instante, sentí como si estuviera desnudando todos mis secretos con la mirada.


Enseguida recordé las palabras de Barahan, quien me había suplicado que no le contara a nadie que estaba herido.


—Su... Su Excelencia se encuentra tan saludable como siempre, Su Santidad. Le agradezco profundamente su preocupación.


Debido a la tensión, mi voz tembló un poco al final. Como no tenía el valor de mentirle mirándolo directamente a los ojos, desvié un poco la vista mientras hablaba, por lo que no alcancé a confirmar la expresión de su rostro.


Aunque sus palabras podían interpretarse de una manera bastante maliciosa, me recordé que Leonhardt era un hombre bondadoso. Deia nos miraba de reojo, alternando la vista entre él y yo. Leonhardt murmuró:


—...¿Ah, sí?


—¡Oh! Ahora que me doy cuenta, ya casi es hora de almorzar.


Deia cambió de tema de inmediato. Quizás le había molestado que, aunque fuera por un breve momento, la atención de Leonhardt se hubiera desviado hacia mí, ya que usó un tono de voz artificialmente alto y alegre. Cualquiera que fuera el motivo de su reacción, a mí me resultaba un alivio para escapar de la situación, así que solo pude estarle agradecida.


Leonhardt giró la cabeza hacia Deia. Sin darme cuenta, solté el aire que había estado reteniendo. Él volvió a adoptar ese rostro de Papa compasivo que atiende con benevolencia a una devota fiel.


—Conversar con usted, señorita Deia, es tan ameno que he perdido la noción del tiempo.


—Su Santidad siempre se me adelanta con las palabras que yo quería decir.


La timidez con la que sonreía Deia era, sin lugar a dudas, la viva imagen de una mujer enamorada.


—Esto... si no es una indiscreción, ¿le gustaría almorzar conmigo hoy?


—A decir verdad, todo este tiempo he estado esperando que sugiriera eso, señorita Deia. Por supuesto que sí. Al contrario, el honor es mío.


—.....


Me mordí el labio inferior con fuerza. Haber escapado rápido del aprieto de la mentira estaba bien, pero... verlos a los dos en tanta armonía hizo que una sutil ansiedad se encimara sobre mi alivio. Leonhardt me lanzó una mirada fugaz.


Intenté forzar una sonrisa en respuesta, pero la expresión de las emociones no es algo que siempre obedezca a la voluntad. Sentí como si algo pesado se asentara justo en la boca de mi estómago. Ese nudo fue ganando peso de tal manera que ahora incluso me costaba respirar. Todo hervía tanto en mi interior que sentía que, si comía en esta situación, me daría una indigestión de inmediato.


Por pura conveniencia, quise etiquetar este sentimiento simplemente como preocupación y ansiedad por Barahan.


—Señorita, acompáñenos usted también. Almorcemos juntos.


Deia me invitó con total amabilidad. Hice un esfuerzo por sonreír y negué con la cabeza.


—Solo venía con la intención de ver a Su Santidad. Si supiera lo feliz que me hace haberla encontrado a usted también, señorita Deia, de seguro se sorprendería. La charla ha sido verdaderamente amena. Lamentablemente, ya tengo un compromiso para el almuerzo, así que no podré acompañarlos. Le agradezco mucho su gentil invitación.


—Ah, si la señorita lo dice de esa manera, no insisteré más, pero...


Deia dejó la frase en el aire con una pizca de lástima. Para alguien como yo, que prácticamente carecía de vida social, era obvio que no tenía ningún compromiso para almorzar, pero no encontré otra excusa mejor que inventar.


Tampoco estaba en posición de decir que Barahan estaba herido y que debía correr a cuidarlo, ni mucho menos tenía el valor de confesarles la verdad: que me marchaba porque se veían demasiado bien juntos.


Me levanté de la silla. Leonhardt me contempló con una expresión indiferente. 


Hablé apresuradamente, como una fugitiva:


—Entonces, me retiro primero.


Leonhardt se dirigió a mí:


—Al menos la acompañaré a la salida, señorita.


—¡No, por favor, quédese sentado!


Quizás debido a lo sensible que estaban mis nervios, terminé deteniendo a Leonhardt de una forma demasiado tajante. Al darme cuenta de que había alzado la voz más de la cuenta, me sorprendí de mi propia reacción.


Leonhardt no borró su sutil sonrisa, pero pareció quedar un tanto desconcertado por mi exagerada reacción. Sentí cómo mis mejillas se encendían.


—Yo... estoy bien.


Murmuré en un susurro mientras bajaba la cabeza para ocultar mi sonrojo. Leonhardt me contempló fijamente desde su asiento. Un instante después, me pareció percibir un destello de comprensión en su apacible mirada.


Volví a alzar la vista. Él mostraba una expresión un tanto indescifrable. Por un brevísimo segundo, nuestras miradas se entrelazaron. En ese preciso instante, e incluso sabiendo que Deia era la protagonista femenina y que lo lógico era que ellos se atrajeran, pensé que tal vez —solo tal vez— había surgido una chispa de química entre Leonhardt y yo. Él pareció quedarse absorto por un momento, pero pronto soltó una ligera risita.


—La señorita tiene un lado un tanto impredecible a veces. Es adorable.


Ante aquel elogio inesperado, me quedé sin saber qué responder.


—Ah, señorita Deia. Tengo en mi poder unos platillos muy selectos que me obsequió nuestro estimado Emperador. ¿Le apetecería compartirlos conmigo?


Sin embargo, Leonhardt cambió de tema de inmediato, dejándome sin oportunidad de replicar. Deia respondió con entusiasmo a su propuesta; se la veía genuinamente feliz por el simple hecho de poder almorzar a solas con él.


La heroína de la historia original compartiendo con el Papa la comida que le había regalado el Emperador... A mí, que conocía la verdadera naturaleza de la relación entre Kalex y Deia, la situación me resultaba de lo más incómoda, pero no tenía el valor de revelarle la verdad a Leonhardt.


Mis emociones continuaban en un estado de caos absoluto. Me despedí de ellos una vez más. Sintiéndome como una colegiala cuyos secretos hubieran sido descubiertos por su profesor, retrocedí lentamente sobre mis pasos y escapé de aquel lugar. Como me había negado rotundamente a que me acompañaran a la salida, los únicos que me seguían eran los tres médicos imperiales que le había pedido prestados a Kalex.


El corazón no dejaba de latirme con fuerza. Pasé todo el trayecto en el carruaje sumida en un trance, preguntándome si era normal sentir semejante agitación. Una mezcla de vergüenza y culpa me golpeó la cabeza, como si me hubieran descubierto cometiendo una gran falta.


La ilusión y la ansiedad se entrelazaban en mi pecho. Experimentar estos sentimientos por primera vez me resultaba extraño y me hacía sentir torpe. Cada vez que veía a Su Santidad, terminaba abrumada por emociones confusas; y lo más desconcertante era que no me desagradaba en absoluto. En un intento por disipar los pensamientos que no dejaban de multiplicarse, apresuré el paso hacia donde se encontraba Barahan. Los médicos me siguieron discretamente por detrás. Poco después, llegamos a nuestro destino.


Era la misma habitación pequeña del pasado, de cuando Barahan era un niño que suplicaba por mi afecto. Aquel rincón donde, a pesar de ser el hijo de un aristócrata, siempre terminaba abandonado a su suerte porque nadie se ocupaba de él.


El suelo estaba hecho de listones de madera envejecida que crujían con cada paso. Además, parecía que no se había limpiado en mucho tiempo, ya que el polvo se levantaba al menor movimiento. El pequeño Barahan, aquel niño que solía sentarse en esa esquina a llorar con la cabeza enterrada entre las rodillas, ya no estaba. En su lugar, solo quedaba un Barahan que había crecido hasta convertirse en un hombre adulto.


Contemplé a Barahan, que se encontraba cubierto de heridas, y una extraña mezcla de emociones me invadió por completo. Los médicos imperiales me miraron de reojo, evaluando mi reacción, y comenzaron a examinar su estado. Me obligué a dar unos pasos hacia atrás para permitirles trabajar con comodidad. Sin embargo, a pesar de estar observándolos, me resultaba sumamente difícil desprenderme de la sensación de sentirme inmunda. La humillación que había tenido que tolerar por parte de Kalex para traer a estos hombres había ocurrido hacía apenas unas pocas horas.


Coloqué las manos sobre mis propios hombros en un intento por reconfortarme, deseando con todas mis fuerzas que nadie notara el leve temblor que los sacudía. Mientras tanto, debido a los procedimientos sumamente torpes de los supuestos especialistas, Barahan dejó escapar un gemido ahogado incluso en medio de su estado de inconsciencia:


—¡Ugh...! Ah... Hmpf.


Verlo quejarse de dolor no hacía más que destrozarme los nervios. Consumida por la ansiedad, comencé a clavar la uña del pulgar contra mi dedo índice una y otra vez. Fue en ese instante cuando uno de los médicos, con una torpeza imperdonable, arrancó de golpe el vendaje que ya había contenido la hemorragia gracias al ungüento.


Casi grito del susto. La costra se desprendió y la sangre comenzó a brotar nuevamente de la herida. El horror de la escena hizo que mis palabras salieran entrecortadas:


—¿Qué... qué creen que están haciendo ahora mismo?


—¡Ah! Lo... lo sentimos mucho, señorita.


Aunque tuve el presentimiento de que algo andaba muy mal, decidí pasar por alto mis sospechas ante sus repetidas disculpas. Sin embargo, los hombres no dejaban de temblar de forma exagerada y no hacían más que cometer errores tan básicos que ni siquiera un niño cometería. No tardé mucho en darme cuenta de la realidad.


Kalex jamás había tenido la menor intención de permitir que Barahan recibiera una atención médica adecuada. En el momento en que Barahan soltó un grito desgarrador, perdí por completo los estribos. Me acerqué a él a toda prisa y aparté a los médicos de un empujón.


—...¿Tienen sus licencias de médicos imperiales? Si las tienen, muéstrenmelas ahora mismo. ¿Qué se suponen que están haciendo? ¿Acaso no ven que le están causando más daño a Barahan?


Estaba genuinamente furiosa. Los tres hombres, a quienes Kalex había presentado como reputados médicos de la corte, mostraron un desconcierto absoluto. Al verlos balbucear sin ser capaces de articular una sola excusa, mi sospecha se convirtió en una certeza matemática.


—¡Ja...!


Era evidente que Kalex se había burlado de mí. Y la razón era simple: solo lo hacía por pura diversión.


«Volví a confiar en alguien, qué tonta sigues siendo, Edel». Abracé a Barahan, cubriéndolo para protegerlo de esos supuestos médicos. Ver cómo la sangre brotaba a chorros de la profunda herida que tanto había costado coagular hizo que la cabeza me diera vueltas. En medio de su estado de inconsciencia, Barahan parpadeó con dificultad. En el instante en que se dio cuenta de que era yo quien lo estrechaba entre sus brazos, frunció el ceño.


Ante mi exigencia de que mostraran sus licencias, los hombres intercambiaron miradas nerviosas hasta que, finalmente, confesaron que no eran más que simples sirvientes. Suplicaron mi clemencia alegando que solo habían seguido órdenes imperiales, y me rogaron desesperadamente que, por favor, no le dijera al Emperador que los había descubierto.


Estaba furiosa. Las comisuras de mis labios temblaban sin control, pero sabía que los médicos reales —no, estos sirvientes— no tenían la culpa. Si alguien era culpable, toda la responsabilidad recaía exclusivamente en Kalex.


Que un Emperador le encomendara una misión tan peligrosa al señor de la casa Alteon era algo que, bajo parámetros lógicos, resultaba imposible de comprender. Además, por mucho que Kalex considerara a Barahan como su perro guardián, no era correcto tratar de esa manera a un subordinado directo cuya vida corría peligro precisamente por cumplir sus órdenes.


«No, de hecho Kalex es perfectamente capaz de hacer eso y mucho más».


Y yo, para colmo, había tenido una gran cuota de responsabilidad en la creación de esa lealtad tan ciega que Barahan le profesaba a Kalex.


—¿Qué crees que... ugh... ah... estás haciendo...?


Cada vez que Barahan intentaba articular una palabra, una bocanada de sangre brotaba de su boca. A la par de sus quejidos, mi propia respiración comenzó a volverse errática. En condiciones normales jamás habría tenido el valor de hacerlo, pero cubrí los labios de Barahan con la palma de mi mano para obligarlo a callar.


Sentí su respiración irregular contra la yema de mis dedos. Barahan forcejeó preguntándose qué demonios me pasaba, pero a mí solo me importaba salvarle la vida.


—Cállate de una maldita vez, por favor. Estás perdiendo sangre. Si sigues así te vas a morir, y si tú mueres, yo...


—......


Frené mis propias palabras.


«Yo también moriré».


Me tragué esas palabras. Sorprendidos por mi reacción imprevista, todos en la habitación se sumieron en el silencio. La expresión de Barahan fue la más impactante de todas. Por un breve segundo, me contempló desde abajo con una mirada de absoluto desconcierto. Me mordí los labios con fuerza.


Con las manos temblando violentamente, les arrebaté a los sirvientes el maletín con los utensilios médicos y comencé a curar a Barahan por mi cuenta.


Mis emociones oscilaban violentamente entre la resignación y la esperanza. Con unas pinzas, procedí a extraer la punta de la flecha que continuaba clavada en el hombro de Barahan, una tarea de la que me había abstenido antes por mi falta de conocimientos médicos.


Barahan se sacudió con violencia, pero mantener inmóvil a un hombre adulto en su estado de debilidad no resultó demasiado difícil. Jadeaba con dificultad, como si se estuviera quedando sin aliento. En ese momento, no me detuve a pensar si mis desesperados sentimientos habían logrado transmitirsele o no.


Me preocupaba que las heridas se hubieran infectado después de que los sirvientes enviados por Kalex las manipularan a su antojo, pero afortunadamente no empeoraron. Furiosa, les grité a los hombres que se largaran de inmediato, pero ellos me suplicaron de rodillas que los dejara quedarse, aterrorizados ante la idea de recibir un castigo por parte del Emperador. 


Verlos rogar con las manos temblorosas ablandó mi corazón; al fin y al cabo, ellos también eran simples víctimas que vivían bajo el yugo de un tirano. Accedí a regañadientes, pero les prohibí estrictamente un solo paso dentro de la habitación, temerosa de que pudieran cometer otra imprudencia con Barahan.


Apenas había logrado contener la hemorragia de las heridas que se habían vuelto a abrir, cuando Barahan, con el rostro completamente lívido, se puso en pie tambaleándose. Intenté detenerlo mientras lo veía recoger sus prendas entre quejidos ahogados, pero no me hizo el menor caso.


—Si no me ven por ahí, comenzarán a sospechar.


Barahan no especificó de quiénes provenían esas sospechas. En silencio, se abrochó el uniforme que le cubría hasta el cuello y regresó al palacio del ducado luciendo un aspecto lo más impecable posible.


La forma en que daba instrucciones a los vasallos y a los comandantes de la legión con un rostro gélido, mientras recibía los informes del ducado, no difería en absoluto de su actitud habitual. Sin embargo, aquello era solo una fachada. Noté que cada vez que Barahan caminaba, su brazo izquierdo sufría un leve espasmo; precisamente en la zona donde tenía la herida del costado. El sudor frío perlaba su semblante rígido mientras dirigía a los comandantes.


Una vez que resolvió los asuntos más urgentes que se habían acumulado en el palacio, Barahan se retiró a su dormitorio. Lo seguí en silencio con una cesta que contenía vendas y los utensilios médicos. Los sirvientes de Kalex no dejaban de seguirme a todas partes. 


Cuando llegaron al extremo de merodear justo frente a la puerta de la habitación de Barahan, les advertí con firmeza que no entraran. Tras lanzarles una última mirada gélida, entré al dormitorio y encontré a Barahan desplomado de mala manera. Las sábanas de la cama ya estaban cubiertas de manchas de sangre.


Me mordí el labio inferior. Ver a Barahan quejarse de dolor hizo que sintiera un peso de plomo asentándose en mi pecho.


«¿Y ahora es cuando empiezas a sentir lástima por él, Edel?».


Sabiendo que yo había sido quien le había causado la herida más profunda de todas, una risa amarga, mezcla de desprecio a mí misma y lamento, escapó de mis labios.


Sin embargo, no quería seguir lamentándome. Me acerqué a Barahan, le limpié el sudor frío y comencé a retirarle las vendas empapadas de sangre.


Cuidar de Barahan requería un desgaste enorme de energía, tanto física como mental. Sin descanso, limpié su cuerpo, contuve las hemorragias de sus heridas y le di sopa con una cuchara. Cada vez que recuperaba el conocimiento y me veía allí, cuidándolo a su lado, Barahan fruncía el ceño. Cuando intentó negarse a recibir la sopa, lo reprendí con firmeza:


—¿Acaso no te dije que sería un problema si no te recuperas pronto? Sé perfectamente que me detestas, pero aun así come. No tienes idea de lo lamentable que es tu aspecto ahora mismo.


Su semblante se tensó y se puso serio, pero, ya fuera porque encontró lógica en mis palabras o por otra razón, comenzó a aceptar la comida en silencio. Al masticar, parecía que estuviera tragando veneno, pero a mí eso me bastó para sentirme satisfecha.


Permanecí a su lado sin apartarme ni un solo segundo, y para cuando me di cuenta, ya había pasado la medianoche por bastante. La habitación, a oscuras tras haberse apagado las luces, solo estaba inundada por la respiración irregular de Barahan.


Contemplé fijamente su rostro mientras dormía apaciblemente. Al mismo tiempo, el recuerdo de sus facciones cargadas de resentimiento y furia hacia mí vino a mi mente.


Me costaba trabajo asimilar el contraste. Barahan siempre había hecho su trabajo en silencio, con una expresión imperturbable y desinteresada. Por esa razón, jamás se me cruzó por la mente que, detrás de esa fachada, se acumularan tantas capas de odio.


Un repentino mareo me obligó a llevarme la mano a la cabeza. Deseaba con todo mi ser disculparme con él. No, más bien, quería suplicarle su perdón.


«Quiero que me perdones y, si fuera posible, desearía borrar cada una de tus heridas».


—Barahan...


El final de su nombre, pronunciado en un hilo de voz, se quebró por la emoción. Incapaz de articular más palabras, dejé que las lágrimas rodaran libremente por mis ojos.


—Yo... de verdad no lo sabía, Barahan. Lo siento tanto... No tenía idea de que estuvieras sufriendo a ese extremo. Todo fue por mi culpa, por mi soberbia y mi estupidez.


Mis ojos se posaron en la mano de Barahan, donde aún quedaba la cicatriz de un corte alargado. Lo recordaba a la perfección. Cuando fue golpeado por la porcelana que yo le había arrojado, su mano sangró de la misma forma en que lo hacía ahora. En aquel entonces, siendo un niño, él había intentado sujetar mi mano por puro instinto.


Seguramente, la verdadera Edel —la auténtica dueña de este cuerpo— solía tomar su mano a menudo cuando eran pequeños. ¿Y qué había hecho yo? Le había soltado la mano de un golpe para después lanzarle un plato.


La herida había cerrado por completo, pero la cicatriz permanecía intacta. Recorrí ese vestigio con la yema de los dedos y, despacio, entrelacé mi mano con la suya. Al tacto, su piel se sentía tan fría como un témpano de hielo.


—Quizás pienses que no es más que una excusa... pero en aquel entonces yo también la estaba pasando muy mal y no tenía la estabilidad mental para considerar tus sentimientos. Apenas podía sostenerme a mí misma para no perder la cordura. Por eso... por eso te empujé lejos de mí. Lo siento tanto, Barahan. Sé perfectamente que es una desfachatez de mi parte pedirte perdón a estas alturas.


Precisamente por esa razón, jamás habría tenido el valor de suplicar su indulgencia mientras él me mirara con los ojos bien abiertos. Los remordimientos de un pasado que ya no se podía cambiar me embistieron como una violenta marejada.


—Pero, aun así, todavía te necesito. Mi padre ha muerto y tú eres la única persona que me queda en este mundo. Así que, por lo que más quieras, te lo ruego…


Fui incapaz de seguir articulando palabra. Aferrada a su mano, enterré el rostro en las sábanas y rompí a llorar en un silencio absoluto.


«¿Acaso es demasiada codicia de mi parte esperar que me perdones?».


Sin embargo, a pesar de todo, anhelaba con el alma que él volviera a mirarme como lo hacía antes.


Sin mi padre, y viviendo como una completa extraña en esta tierra que no me pertenecía, la idea de la soledad absoluta me resultaba más desesperanzadora que la muerte misma. Al final, seguía implorando su perdón por puro instinto de supervivencia; porque yo quería vivir.

Pasó un buen rato antes de que el llanto comenzara a aplacarse. Como una serie de sollozos ahogados insistía en escapar de mi garganta, me tapé la boca con la mano. Me limpié el rostro, que era un desastre de lágrimas, y me puse en pie con sumo cuidado para no despertarlo antes de salir de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, me pareció escuchar una voz masculina baja proveniente del interior… pero pensé que debía haberlo imaginado. 


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Kálex descansaba recostado en la cama con la tranquilidad de una bestia satisfecha.  A su lado, el jefe de sirvientes comenzó a recitar las interesantes novedades que acababan de llegar en tiempo real.


Había muchos rumores capaces de captar la atención, pero lo que más parecía regocijarlo era, sin duda, cualquier noticia relacionada con Leonhardt. Según los informes, el intento de asesinato que le había encomendado a Barahan el otro día se había ejecutado con absoluto éxito: la red a gran escala de sacerdotes prestamistas que operaban bajo el mando de Leonhardt había sido completamente exterminada. Kalex echó la cabeza hacia atrás y estalló en una carcajada demencial.


—Me muero por ver la cara que tiene ese maldito clérigo ahora mismo. Debe de estar furioso después de haber recibido semejante golpe por la espalda. ¡El hijo de Dios ardiendo de rabia! Qué espectáculo tan digno de ver, ¿no te parece?


Kalex habló mientras contemplaba a las cuatro mujeres que yacían exhaustas a su lado. Al contrario de él, que vestía impecablemente con varias capas de ropa, todas ellas se encontraban sin un solo hilo de tela sobre el cuerpo. Entre ellas, la de complexión más frágil se incorporó temblando, como si no le quedaran fuerzas en los músculos, y asintió con la cabeza. Era el resultado de haber sido atormentada por Kalex desde la noche anterior y durante todo el día.


Dado que una sola mujer no era suficiente para saciar su apetito sexual, él solía disfrutar de las orgías desde un principio. A veces las ponía a las cuatro en fila, obligándolas a levantar el trasero para ir penetrándolas una por una, y otras veces se ensañaba con una de ellas hasta hacerla llegar al clímax y, en cuanto quedaba rendida, se introducía en la siguiente.


Cuando las forzaba bruscamente a hacerle sexo oral, si el rostro de la mujer se ponía palido por la asfixia que le provocaba la penetración profunda, agarraba brutalmente del cabello a otra que apenas lograba recuperar el aliento y volvía a hundirse profundamente en su garganta. 


Sin embargo, para estar a la altura del estatus del Emperador, ninguna de ellas era una vulgar prostituta de taberna; todas provenían de linajes de damas nobles de reinos valiosos. Como Kalex disfrutaba de las guerras de conquista, le gustaba coleccionar señoritas de la alta nobleza a modo de trofeos de guerra; al principio, todas estas jóvenes eran vírgenes que ni siquiera sabían lo que era el placer.


No obstante, ahora habían quedado reducidas a un estado peor que el de las bestias, con las miradas completamente nubladas por la lujuria, esperando recibir los tocamientos de Kalex como si de una bendición se tratara.


Kalex miró a la mujer desnuda y, con una lenta sonrisa, le hizo una seña con el dedo para que se acercara. La mujer, que había estado absorta, se aproximó a toda prisa hacia él y le desabrochó los pantalones.


Acto seguido, comenzó a succionar con avidez su miembro, el cual era tan grande que apenas cabía en su boca.


—Malditas locas, joder... Se lanzan como enfermas con solo ver una verga...


Mientras Kalex pasaba el tiempo divirtiéndose, los tres sirvientes que había enviado al palacio del ducado entraron uno tras otro. Los ojos del Emperador brillaron con intensidad.


—Bien. ¿Qué está haciendo el Duque?


—El Duque de Alteon estaba a las puertas de la muerte. Se encontraba recostado como un cadáver en un edificio lúgubre, donde apenas si le habían contenido la hemorragia.


—Oh. ¿Entonces no murió? 


—…No, Majestad. Parece que la señorita lo estaba cuidando con gran dedicación. Sus heridas parecían estar cerrándose. 


Kalex, apoyando la barbilla en la mano, asintió brevemente con un murmullo. Era una señal para que continuaran hablando. Los sirvientes intercambiaron miradas nerviosas entre sí por un momento, hasta que uno de ellos se atrevió a abrir la boca.


—E-esto, y además… la relación entre el Duque de Alteon y la señorita Edel parecía un tanto inusual.


—¿A qué te refieres?


—Es que, resulta un poco vergonzoso de decir, pero… daba la impresión de que ambos se profesan un profundo afecto.


—¿Qué?


Un destello de desconcierto cruzó el rostro hasta entonces relajado de Kalex. Sus cejas se arquearon levemente.


Incluso en medio de esa tensión, la mujer que continuaba succionando ávidamente su miembro se sobresaltó, pero Kalex presionó firmemente la parte posterior de su cabeza con la punta de sus dedos, en una orden silenciosa para que continuara. Aunque el gesto pretendía simular cierta dulzura, no dejaba de ser un trato cruel. Sin embargo, aquello solo excitó más a la mujer, que siguió succionando con empeño aquel miembro que parecía golpearle la garganta. Para Kallex, corromper a una dama noble hasta acostumbrarla a ser tratada peor que una prostituta era algo demasiado fácil. 


El sirviente que había tomado la palabra intentó continuar, pero se calló de inmediato al observar la expresión del Emperador. Su corazón se detenía y se aceleraba ante el más mínimo cambio en el humor de Kalex.


—...Explícate bien. Si resulta ser un invento sin fundamentos, te cortaré la lengua.


—¡Sí, sí señor! El... el Duque de Alteon regresó al palacio a ocuparse de sus asuntos a pesar de que sus heridas no habían cerrado del todo, y la señorita se alojó junto a él en su mismo dormitorio. Nos prohibió la entrada tanto a nosotros como a los sirvientes del palacio. Además, a altas horas de la noche, se escuchaban gemidos comprometedores desde la habitación, idénticos a los que hacen un hombre y una mujer cuando....


La suposición de que Barahan y Edel mantenían un romance se basaba únicamente en el hecho de haber compartido el dormitorio, pero ante la amenaza de Kalex, el sirviente se vio obligado a inventar rápidamente aquel detalle adicional.


A decir verdad, era cierto que del dormitorio de Barahan se habían filtrado gemidos, pero era imposible asegurar que se tratara de un encuentro carnal. Sin embargo, antes de que pudiera añadir algo más, el sirviente no pudo terminar la frase.


La mujer que permanecía arrodillada entre las piernas de Kalex fue apartada de un empujón, rodando por el suelo junto al sirviente que daba el informe. KKallex se puso de pie lentamente; las comisuras de sus labios estaban levantadas en una sonrisa. Definitivamente su boca sonreía, pero sus ojos permanecían fríos y sombríos. Al ver ese semblante, el jefe de sirvientes se horrorizó, agachó la cabeza y comenzó a temblar incontrolablemente.


Kalex siempre ponía esa exacta expresión cuando su locura alcanzaba niveles estratosféricos. El ejemplo más claro era cuando le cortó las extremidades a su padre, el Emperador anterior, para exhibirlas por todos los rincones de la capital a modo de trofeo. En cualquier caso, la situación era extremadamente mala. 


—Qué interesante...


Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras se acariciaba la barbilla. Kalex aún recordaba el comportamiento de Barahan y Edel durante su fiesta de cumpleaños; la forma en que Edel se limitaba a mirar con indiferencia a un Barahan que se debatía entre la vida y la muerte. Al ver aquello, llegó a la conclusión de que, si algo estaba creciendo entre ellos, era un odio mutuo; jamás se le pasó por la cabeza que pudiera transformarse en afecto. Después de todo, por más que fueran un hombre y una mujer, ¿quién pensaría en un romance dentro de una misma familia?


Aunque le costaba creerlo, resultaba difícil pensar que esos sirvientes tan cobardes se atrevieran a plantarle una mentira. Si la relación entre Edel y Barahan resultaba ser cierta...


Haciendo memoria, Edel incluso había estado al borde de las lágrimas, carcomida por la vergüenza, justo enfrente de él mientras se masturbaba.


«Qué adorable». Una risa burlona escapó lentamente de sus labios. Haber actuado de forma tan pura e inocente cuando, en realidad, resultó ser una mujer lasciva que compartía su cama con Barahan.


Kalex se dirigió al jefe de sirvientes, que continuaba encogido y temblando, y le ordenó que le trajera una lista de mujeres disponibles. Ante un mandato tan repentino, los ojos del sirviente mayor se abrieron de par en par.


Pensó que el Emperador estallaría en furia, pero se había equivocado. Ya había suficientes mujeres a disposición del monarca; ¿acaso le estaba pidiendo conseguir más víctimas para que terminaran muertas en su lecho?


—No mujeres para mí. Encuentra una esposa para el gran duque de Alteon. Dado que el duque ya está en edad de casarse y ha cumplido con éxito mi misión, es justo que le otorgue una recompensa. Vamos, dime qué candidatas aptas sugieres. ¿Dónde encontrarán un soberano tan considerado como yo, que hasta elige personalmente a la futura duquesa? 


Kalex bajó de la cama con una sonrisa en el rostro. Era una mueca espeluznante, digna del tirano que pasaría a la historia. El jefe de sirvientes volvió a sacudirse violentamente de pies a cabeza.




↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭




Terminé asistiendo a una fiesta de té. Se trataba de una reunión íntima a la que, a lo sumo, acudirían tres o cuatro señoritas de la nobleza. Sin embargo, mientras deslizaba mis brazos por las mangas del vestido que me ponían las doncellas, era evidente que estaba tensa.


La razón era que la anfitriona que me había convocado con la excusa de compartir una charla ligera no era otra que Deia. Las manos me temblaban levemente mientras me colocaba los aretes.


Desde aquel encuentro en el Vaticano, a Deia le había dado por invitarme continuamente a sus fiestas de té, como si le hubiera entrado un repentino antojo. Sentarme cara a cara con ella a beber té era algo que, por múltiples motivos, quería evitar a toda costa. No obstante, inventar excusas creíbles para rechazarla tenía un límite; nadie se tomaría bien tantos desplantes seguidos. Al final, no me quedó más remedio que aceptar su invitación.


Inesperadamente, Deia resultó ser sumamente amable. La fiesta de té en su residencia se desarrollaba con total fluidez.


Mientras sorbía mi té, la observaba de reojo conversar con las demás señoritas. Con su brillante cabello rosado recogido en lo alto, el rostro de Deia lucía sumamente infantil a pesar de tener mi misma edad. Al verla sonreír con la calidez de una niña inocente, no pude evitar sentirme patética al pensar que yo era la única que estaba allí con malas intenciones. Solo entonces comencé a relajar los hombros, que hasta ese momento habían estado completamente tensos.


—Señorita Celine, escuché que las cosas van muy bien últimamente entre usted y el conde Lucian, ¿es verdad? Ya me enteré de todo —comentó una de las presentes.


—Cielos... ¿Cuándo se propagó tanto ese rumor? —respondió la señorita Celine, la segunda hija del vizconde Deltar, con una mueca de desgana ante la pregunta sobre la veracidad del chisme.


A las demás jóvenes reunidas se les iluminó la mirada de inmediato. Al fin y al cabo, uno de los temas de conversación más entretenidos entre mujeres siempre era hablar de hombres.


—¡Por Dios! ¿Es en serio? Si hablamos del conde Lucian, ¿no es aquel hombre tan apuesto de ojos dorados?


—¡Qué maravilla! ¿De verdad terminó en una relación con ese caballero tan encantador? 


—No, para nada. Por favor, ni me mencionen a ese conde —replicó la señorita Celine con total frialdad ante el entusiasmo de las mujeres. Sacudió la cabeza de un lado a otro mientras fruncía el ceño, lo que no hizo más que avivar la curiosidad de todas.


—¿Por qué reacciona así? ¿Acaso el conde cometió alguna grosería con usted?


—Ah, no es eso. Es solo que me llevé una tremenda decepción con él.


—¿Una decepción?


—Sí, jaja... Da un poco de vergüenza hablar de esto, pero como el conde tiene un rostro tan bien parecido y un físico tan espectacular, asumí que todo lo demás estaría al mismo nivel. Quién iba a imaginar que eso resultaría ser así...


La Celine se llevó una mano a la frente, como si el simple hecho de recordarlo le pareciera una tortura. Yo me limité a escuchar en silencio sin entender a qué se refería exactamente, pero las demás damas, que eran mucho más perspicaces, parecieron captar el significado de inmediato. La señorita Layla soltó una carcajada incontenible.


—Vaya... Qué tragedia, ¿qué se le va a hacer? Ay, no debería reírme, pero no puedo evitarlo. Entonces, ¿cuál fue el problema exactamente? ¿La duración o el tamaño?


—Ambos eran tan deficientes que no servían para nada.


Las señoritas estallaron en risas al unísono. Solo entonces comprendí a qué se referían y las acompañé con una risa un tanto forzada. Que se reunieran mujeres de familias prestigiosas no significaba que solo fueran a mantener conversaciones recatadas.


Al contrario; los chismes subidos de tono se apoderaron de la mesa, con comentarios sobre cómo las habilidades nocturnas de cierto joven maestro de tal familia eran una maravilla, o cómo “eso” del hijo mayor de cierto vizconde era del tamaño de un dedo pulgar.


La lamentable experiencia de la señorita Celine pareció servir de detonante, pues de inmediato todas empezaron a relatar los grotescos testimonios de lo que cada una había presenciado. Como yo no solía asistir a este tipo de reuniones, la mayoría de estas revelaciones eran completamente nuevas para mí.


En mi mente, comencé a contrastar los diversos nombres que salían de las bocas de las jóvenes con la imagen que tenía de esos hombres. Definitivamente, las apariencias engañaban. Mientras bebía mi té, debatiéndome entre la sorpresa y la intriga por sus picantes confesiones, una de las señoritas lanzó de repente una pregunta casualmente:


—Por cierto... ¿Es verdad que lo de Su Majestad es, esto..., del tamaño del antebrazo de una mujer adulta?


Sujetó su propio antebrazo con una mano y lo extendió directamente frente a mí. Me quedé mirándola con el rostro completamente en blanco. ¿Por qué me miraba a mí para preguntar semejante cosa? Pensé que se había equivocado de destinataria. Intenté abrir la boca para aclararlo, pero las demás se me adelantaron.


—Dicen que Su Majestad es capaz de saciar a diez mujeres en una sola noche. ¿De verdad su virilidad es tan impresionante?


—¿Qué dice de diez mujeres? Escuché que puede con treinta.


—Dios mío… al menos una vez quisiera que me abrazara contra ese pecho tan firme. ¿Será un deseo demasiado irrespetuoso? 


Las mujeres cubrieron sus bocas mientras reían con coquetería. Deia intervino en la conversación con una sonrisa:


—Es prácticamente cierto. ¡Su vigor es tan desbordante que parece capaz de perforar el cielo! La primera vez, no pude caminar bien durante cuatro días.


—Vaya, ya veo. Bueno, es natural que la señorita Deia lo sepa de primera mano.


—Entonces es real... Qué envidia me dan las dos.


Noté algo extraño en el tono de las mujeres. Al parecer, Deia también lo percibió, ya que un destello de agitación alteró por un instante su semblante risueño, aunque mantuvo las comisuras de sus labios suavemente curvadas hacia arriba.


—¿Las dos? ¿A qué se refieren con eso? 


—Cielos... ¿Acaso la señorita Deia no se ha enterado todavía? Qué problema. Estaba convencida de que ya lo sabía todo y que por eso había invitado a la señorita Edel. Por eso guardé silencio durante toda la fiesta de té... He cometido un desliz.


—Sí, exacto. Ay, qué situación tan incómoda… 


Las jóvenes mostraron expresiones incómodas. Deia parpadeó un par de veces, ladeó la cabeza con confusión por un instante y luego volvió a sonreír con dulzura.


—Parece que hay algo de lo que no estoy enterada. ¿Acaso ocurrió algo entre Su Majestad y la señorita Edel últimamente?


—Ah, bueno, verá...


—No se preocupe, puede hablar con total libertad —la animó Deia con dulzura, y solo entonces la joven se atrevió a hablar.


Como intentaba no herir los sentimientos de Deia, recurrió a un sinfín de rodeos y adornos que hicieron la historia larguísima, pero al resumirla, el mensaje era simple: corría el rumor de que, hacía unos días, a altas horas de la madrugada, el Emperador me había llamado en secreto para que pasáramos la noche juntos.


Me costaba creer que la protagonista de semejante relato fuera yo. ¿Que yo me había acostado con ese hombre? Fruncí el ceño. Pensándolo bien, era lógico que el chisme se hubiera propagado; si nos habíamos encerrado a solas detrás de una puerta donde nadie podía vernos, ¿qué otra cosa iban a imaginar que hicimos?


La única diferencia con sus fantasías era que, en lugar de un acto carnal, sino una humillación unilateral que yo me vi obligada a presenciar. No existió ningún contacto físico entre nosotros. Aunque, por supuesto, lo que me obligó a hacer pudo haber sido incluso peor. Se suponía que me había citado en secreto, así que no tenía la menor idea de cómo se había filtrado la información. Sin darme cuenta, busqué la reacción de Deia con la mirada y nuestros ojos se cruzaron en un breve instante.


Su rostro, desprovisto de cualquier expresión, daba la impresión de que el asunto no le importaba en absoluto. Sin embargo, a mí se me puso la piel de gallina por un segundo.

Sobresaltada, bajé la vista de inmediato. Poco después, el eco de la risa de Deia inundó el lugar; era un tono alto, tan hermoso y cristalino como el trino de un ave.


—Así que era eso. No tenía la menor idea.


—Ah... Como imaginábamos...


—Pero no pasa nada, de verdad. No es ningún secreto que Su Majestad prodiga su afecto entre muchas mujeres. ¿Por qué habría de molestarme con la señorita Edel por algo así?


—Es verdad. Ya sabíamos desde antes que la señorita Deia posee un corazón noble, pero aun así...


Deia sacudió la cabeza como si genuinamente no guardara el menor resentimiento. Su tono de voz y sus facciones irradiaban tanta ingenuidad que todas las presentes se tragaron el cuento de que no le afectaba en absoluto. Después de todo, Deia gozaba de una reputación impecable en los círculos sociales. En un ambiente lleno de rumores y chismes sucios, era sumamente difícil mantener un historial limpio y libre de escándalos maliciosos como el de ella.


Aun así, la reputación de Deia era notablemente impecable. Hacia el exterior se hablaba de ella como una joven noble alegre, encantadora y llena de gracia.Tal vez porque esa era la imagen que ella misma proyectaba, todas las presentes asintieron ante sus palabras.


Además, aquel rostro tan pulcro de Deia no parecía en absoluto el de una mujer carcomida por dentro por algo tan mezquino como los celos.


—Al contrario, me alegra saber que ahora tengo a alguien con quien compartir la misma experiencia. Espero que a usted no le resulte incómodo, señorita Edel.


—Ah, sí... Claro.


Deia sonrió amablemente, pero era imposible que yo estuviera cómoda. No tenía ni idea de que estuvieran circulando rumores tan vulgares. Si lo hubiera sabido, jamás habría venido. Cerré la boca y reprimí mi desconcierto. 


Ya era demasiado tarde para inventar cualquier excusa. Además, volver a mencionar lo que ocurrió aquella noche me resultaba denigrante. Gracias a la dócil reacción de Deia, el ambiente volvió a suavizarse. El tema de conversación cambió pronto; las señoritas ahora debatían con entusiasmo sobre los vestidos y los adornos para el cabello que estaban de moda.


La charla se prolongó bastante. Las mujeres no paraban de reír y parlotear con energía. Yo solo deseaba marcharme a casa, pero al no encontrar la oportunidad adecuada, me limité a permanecer sentada rígidamente, asintiendo por pura cortesía. Mi taza de té ya se había enfriado.


—Nella, trae un poco de agua caliente para el té, por favor.


Deia le dio la orden a la sirvienta y volvió a concentrarse en la plática. El tema cambió una vez más, derivando esta vez hacia los esclavos. Una de las señoritas comentó que había adquirido un esclavo nocturno en el mercado y que le estaba sacando un excelente provecho.


—Tienen una resistencia impresionante. Quizás, cuando el origen es humilde, esa clase de atributos se desarrollan mucho más.


Ante ese comentario, a las mujeres de la mesa se les iluminó la mirada. Casi todos los nobles tenían esclavos a su servicio; en la casa Alteon no éramos la excepción y manejábamos a una gran cantidad. Sin embargo, el concepto de un esclavo nocturno me resultaba difícil de digerir. Fruncí el ceño sutilmente, pero las señoritas ya estaban fascinadas, completamente absortas en el tema. En ese momento, una de las sirvientas se acercó en silencio y comenzó a rellenar las tazas de las invitadas una por una. El agua que brotaba de la tetera de porcelana desprendía un vapor denso.


Cuando llegó mi turno para ser atendida, la sirvienta pisó accidentalmente el dobladillo de su propia falda y tropezó. La pieza de porcelana se estrelló contra el suelo, esparciendo fragmentos en todas direcciones, y el agua hirviendo salió despedida directamente hacia mí.


—¡Ah!


Dejé escapar un grito ahogado mientras caía de la silla. Sentí un ardor punzante y, a la vez, una ráfaga gélida recorrer mi muslo y mi antebrazo. Esas dos sensaciones extremas se fusionaron de inmediato en un dolor espantoso.


Las señoritas corrieron hacia mí, sobresaltadas. Deia comenzó a gritarle a las sirvientas que trajeran agua fría de inmediato. Al apartar la tela empapada del vestido, quedó a la vista mi piel, que ya se tornaba de un rojo vivo y alarmante. El simple hecho de mirarla me hacía doler los ojos. Mientras yo gemía y me lamentaba por el dolor, las jóvenes daban vueltas a mi alrededor sin saber si sentarse o ponerse en pie, completamente presas del pánico.


Las sirvientas regresaron a toda prisa con agua fría y ungüentos. Cuando empezaron a enfriar la zona y a aplicar la medicina, sentí un dolor tan agudo que habría preferido que me clavaran un punzón directamente en la carne.


Me retorcí en mi sitio, conteniendo las lágrimas a duras penas. En ese momento, la voz afilada de Deia resonó en la habitación:


—¡Inútil de mierda! ¿Dónde demonios tienes la cabeza? ¿Tantas ganas tienes de morirte, maldita perra?


De su boca brotaron insultos que no encajaban en absoluto con su apariencia angelical y adorable. Ante aquella voz estridente y cargada de veneno, la sirvienta que había derramado el té cayó de rodillas y rompió a llorar. 


La sirvienta suplicaba clemencia con las manos temblorosas, pero Deia se mantuvo completamente impasible.


Al ver que estaba dispuesta a llevársela de inmediato para imponerle un castigo severo, intervine rápidamente para detenerla.


—Estoy bien, señorita Deia... Ugh. Yo... estoy bien, de verdad.


Conteniendo la mueca de dolor, conseguí terminar la frase. El rostro de Deia se oscureció. 

Agachó la cabeza y me pidió disculpas con una culpa que parecía genuina, añadiendo que toda la responsabilidad recaía en ella por no haber sabido educar a sus subordinados.


Sin embargo, de nada servía que se disculpara; el daño ya estaba hecho. Hice un esfuerzo por decirle que no se preocupara. En una situación así, era imposible decir que no la perdonaba; además, no era culpa de Deia.


También le aseguré a la sirvienta, que continuaba llorando con la frente pegada al suelo, que todo estaba bien. Al final, no tuve más remedio que retirarme antes de que concluyera la fiesta de té y regresar a casa. Apenas llegué, fui atendida por el médico personal del ducado, pero sus palabras no fueron alentadoras: la quemadura era considerablemente grave y era muy probable que me quedara cicatriz. Me invadió un sentimiento de profunda frustración.


Tras tomar una fuerte dosis de analgésicos, me recosté en la cama con los brazos y las piernas fuertemente vendados. Una ligera fiebre hizo que mis mejillas se encendieran. Con la mirada fija en el techo liso, comencé a repasar mentalmente lo que había ocurrido hacía unas horas.


Cuando la sirvienta pisó el dobladillo de su falda y soltó la tetera de porcelana, el recipiente se dirigía inicialmente directo hacia mi rostro. Había sido gracias a mis reflejos que logré interponer los brazos a tiempo para protegerme del impacto y del agua hirviendo.


Si hubiera reaccionado un milisegundo más tarde, en este momento tendría el rostro completamente desfigurado. Al pensarlo, un escalofrío aterrador me recorrió el cuerpo desde la punta de los pies. Recordaba a la perfección el rostro horrorizado de la sirvienta al tropezar y la furia en la voz de Deia. Sin embargo, una sensación turbia y persistente continuaba brotando en mi interior. Por más que intentaba apartarla, esta sospecha no dejaba de acecharme.


«No, no puede ser».


Sacudí la cabeza.


Seguro que no era nada. No tenía sentido. ¿Qué ganaría ella con arruinar mi rostro? Intentaba buscar excusas para autoconvencerme, pero al evocar la mirada con la que Deia me había observado, el cuerpo me volvió a temblar. Aun así, me apresuré a negarlo de nuevo. Debía de ser porque últimamente había estado bajo demasiada presión. Por eso estaba reaccionando de manera tan paranoica. ¿De dónde habría sacado esa mala costumbre de desconfiar de la gente sin una sola prueba sólida?


Trataba de apaciguarme a mí misma con lógica, pero este presentimiento tan extraño se negaba a desaparecer.


Mi cuerpo estaba herido. Era una mujer joven, y el médico ya me había advertido que me quedaría una cicatriz horrible en el brazo. Cualquier persona normal sentiría rabia e impotencia en una situación así, pero yo, extrañamente, no sentía gran cosa.


Contemplé mi propio brazo con la mirada apagada. En el muslo también persistía un calor leve que no dejaba de punzarme. El dolor me impidió conciliar el sueño. Con pereza, incorporé el torso y la colcha de seda se deslizó suavemente hacia abajo.


Aún sentía como si el brazo me irradiara calor. El vendaje que cubría la quemadura lucía demasiado rudimentario. Si esto fuera el mundo moderno, con toda seguridad una quemadura así jamás habría dejado una cicatriz.


A veces me costaba asimilar la realidad. Yo era Edel, y este mundo no era más que un simulador de citas. Mi mente todavía no se había desprendido por completo de mi vida anterior en la era moderna. Al levantar la cabeza, percibí una presencia en la penumbra de mi habitación apagada.


Por la silueta y esa respiración irregular, supe de inmediato que se trataba de Barahan.

Antes que mi propio brazo herido, me preocupaba mucho más el estado de Barahan, que seguro seguía estando grave. Y tuve la vaga intuición de que él se encontraba exactamente en la misma posición, preocupándose más por mí que por sí mismo.


Barahan ya debía de estar enterado de la noticia de mi quemadura.


Entrar sin previo aviso en el dormitorio de una dama era una grave falta a la etiqueta, pero a estas alturas, ninguno de los dos era alguien que se preocupara por ese tipo de formalidades.


—...Barahan, ¿cómo está tu cuerpo? —pregunté, y mi voz, aun cargada por el rastro del sueño, me resultó ajena.


—Aún no te has recuperado del todo. Te he dicho un sinfín de veces que es peligroso que te exijas tanto. ¿Cómo se te ocurre regresar al palacio tan tarde? ¿Acaso Su Majestad te retuvo hasta ahora?


—.....


Barahan no se molestó en responder. Se limitó a avanzar hacia mí con pasos firmes. Por puro reflejo, me encogí un poco en mi sitio. Con la vista ya acostumbrada a la oscuridad, pude distinguir sus facciones a escasa distancia.


Con una mirada indiferente, Barahan bajó la vista para observar mi brazo. El ambiente se volvió tan denso que sentí la imperiosa necesidad de inventar alguna excusa. Agaché la cabeza.


—No es nada grave. Solo fue un descuido de una sirvienta... ¡Ah!


Con el rostro endurecido por la ira, Barahan sujetó mi brazo. 


—...¿Se puede saber cómo demonios te estás cuidando?


La voz de Barahan, contenida por la rabia, sonó extremadamente grave. Como me había tomado por sorpresa, fui incapaz de reprimir un grito de dolor. Sentí un respingo en la nariz y las lágrimas brotaron de mis ojos por puro instinto biológico.


Antes que comprobar la expresión de su rostro, me importaba mucho más aplacar el sufrimiento que me recorría el cuerpo. Incliné el torso hacia delante a toda prisa.


—Por favor... Ah, Barahan. Me duele...


El semblante de Barahan se desencajó. Desvió la mirada para apartarla de mí y, tragándose un suspiro de frustración, soltó mi brazo con suma delicadeza. Un sordo gruñido escapó de su garganta, como el vapor contenido de una caldera.


—Ya me lo contaron todo antes de venir. Que la sirvienta de la señorita Deia derramó agua hirviendo durante la fiesta de té. Y que esa quemadura, al final, te dejará una cicatriz.


—Fue un accidente. De verdad. No hay motivo para que te pongas así; fue algo inevitable.


—También corre el rumor de que te acostaste con el Emperador.


Levanté la cabeza de golpe. Como el llanto me nublaba la vista, me limpié los ojos húmedos con la mano que tenía libre. Los ojos rojos de Barahan centelleaban, cargados de una furia temible que parecía desbordarse.


En ese instante, Barahan me pareció una bomba de tiempo que podía estallar en cualquier momento. Comencé a balbucear la explicación que no me había atrevido a dar durante la fiesta de té.


—N-no es cierto. Es un rumor falso. Te lo aseguro, Barahan. No pasó nada.


Me tragué el resto de mis palabras. ¿Cómo iba a confesarle que había soportado el acoso sexual del Emperador solo por él, para conseguir que los médicos reales lo atendieran? Y mucho menos ahora, sabiendo que la identidad de aquellos hombres ni siquiera era real, sino que se trataba de simples sirvientes.


—No te enojes, por favor…


Al final, las palabras que escaparon de mis labios no fueron más que un torpe intento de apaciguarlo. Levanté la mirada hacia Barahan y le sostuve el brazo. No me importaba lo más mínimo lo que el resto del mundo anduviera cotilleando a mis espaldas, pero me rehusaba rotundamente a que él me malinterpretara.


Esperaba que apartara mi mano de un golpe preguntándome qué demonios hacía, pero, sorprendentemente, se quedó completamente inmóvil. Tampoco me llovieron esos insultos hirientes a los que ya me había acostumbrado.


Vaciló. Barahan entreabrió los labios, pero volvió a cerrarlos de inmediato apretando los dientes con fuerza. Era evidente que tenía algo atorado en la garganta, pero al contemplar mi estado herido, prefirió tragarse sus palabras.


Como ya me había acostumbrado a sus desprecios, ese breve instante de silencio me bastó para considerar que Barahan estaba siendo considerado conmigo.


—...Hermana.


Hacía tanto tiempo que Barahan no me llamaba de esa manera que, del impacto, perdí la oportunidad de responderle a tiempo.


—La ingenuidad tiene un límite. Deberías aprender a ser un poco más astuta.


Lo que siguió fue un suspiro cargado de frustración.


Fue un consejo inusualmente compasivo para alguien como él. Tras dejar flotando esas palabras en el aire, Barahan se dio la vuelta con total frialdad y se marchó. Atónita, me quedé con la mano suspendida en el vacío, fijando la mirada en su espalda mientras se alejaba. Cada uno de sus pasos irradiaba una furia contenida. Poco después, el clic de la puerta al cerrarse resonó en la habitación, dejándome una vez más a solas en medio de la penumbra.


Solté una larga bocanada de aire. Un dolor de cabeza punzante comenzó a florecer en mis sienes.


«Sí, esto no debe ser más que un capricho pasajero. No es amabilidad real, solo un arrebato del momento. Barahan simplemente se sintió perturbado al ver que me había lastimado, eso es todo. No te hagas ilusiones, Edel».


Con el ánimo por los suelos, encogí las piernas y apoyé la cabeza sobre mis rodillas. La noche se perfilaba larga, y el eco de las palabras que Barahan había dejado atrás amenazaba con prolongarse aún más.




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Había transcurrido un día desde la fiesta de té. Deia, quien se había esmerado al máximo con su arreglo personal por tratarse de una cena con Leonhardt, se limpió la comisura de los labios con elegancia usando una servilleta.


—Recuerdo que estaba sumamente entusiasmada con la idea de celebrar finalmente una fiesta de té con la señorita Edel. Sin embargo, me resulta extraño que hoy no la haya mencionado ni una sola vez.


Leonhardt, dibujando una suave sonrisa, dejó el tenedor sobre la mesa y dirigió la palabra a Deia.


—Ah, la señorita Edel… —Deia cortó la frase abruptamente.


Se encontraban en el comedor de una catedral de larga historia, por lo que el ambiente era sumamente aristocrático. En las paredes se apreciaba un fresco de Quartel, el célebre artista.


Al evocar la fiesta de té del día anterior, Deia frunció el ceño imperceptiblemente. Leonhardt la observó con extrema atención.


—Fue una reunión muy amena, si no fuera porque al final la señorita Edel sufrió quemaduras en el brazo y en el muslo.


—…¿Quemaduras?


Ese fue el preciso instante en que Leonhardt se enteró de lo sucedido. Su semblante se suavizó de forma notoria; no era una reacción de desconcierto o indignación, sino un gesto mucho más apacible.


A Deia, que acababa de terminar su cena, no parecía hacerle demasiada gracia que el tema de conversación derivara hacia ese punto.


—Sí. Mi sirvienta derramó agua hirviendo sobre ella por accidente.


—Vaya. ¿Y qué medidas tomó con esa sirvienta? —preguntó Leonhardt con una sonrisa. Era un gesto sumamente natural.


—La señorita Edel posee un corazón tan vasto como el océano y tuvo la amabilidad de perdonarla. Sin embargo, tras recibir el informe del médico real asegurando que le quedará una cicatriz permanente en el brazo, me fue imposible contener la indignación. Acabo de dar la orden de decapitar a la sirvienta conforme a la etiqueta. A estas alturas, su cabeza ya debe estar separada del cuerpo.


Deia lo comentó con la misma ligereza con la que se habla de un día soleado. Con un tono imperturbable, contuvo su indignación de manera elegante y bebió un sorbo de agua. Al dejar la copa sobre la mesa, su mirada se entrelazó con la de Leonhardt.


Por puro instinto, Deia le dedicó una sonrisa coqueta. Ella se regía bajo la firme mentalidad de que cualquier hombre por el que sintiera simpatía le pertenecía por derecho. Acto seguido, continuó:


—Aunque decapitar a la sirvienta era el castigo que dictaba la etiqueta, consideré que no sería un tema agradable para los oídos de Su Santidad, dada su naturaleza noble y misericordiosa; por eso preferí guardar silencio. Le ruego que me disculpe, Su Santidad.


—No se preocupe. Al contrario, me resulta fascinante. ¿Cómo planea comunicarle la noticia a la señorita Edel?


Sin borrar la sonrisa de su rostro, Leonhardt pinchó el último trozo de filete con el tenedor y se lo llevó a la boca. Para cualquier observador externo, aquella escena no era más que una cena sumamente cordial y armoniosa.

Sin embargo, si alguien escuchara su conversación de cerca, sin duda notaría una profunda hostilidad. Deia arqueó las cejas, sorprendida por las palabras de Leonhardt, pero de inmediato sus ojos brillaron con intensidad, como si acabara de encontrar a un alma gemela.


—No lo sé, Su Santidad. ¿Usted qué opina? Estoy debatiéndome entre enviarle la cabeza de la sirvienta dentro de una caja a la señorita Edel, o regalarle un pañuelo manchado con su sangre...


Mientras ladeaba la cabeza arrastrando las palabras, Deia proyectaba el aura inocente de una niña que aún no ha sido corrompida por el mundo. Al verla tan pura y, al mismo tiempo, tan desprovista de cualquier rastro de culpa, Leonhardt soltó una risita burlona.


Dejó los cubiertos sobre la mesa y volvió a hablar con el tono afable propio de un Papa benévolo:


—No hay necesidad de que la señorita Deia se tome tantas molestias.


—¿Ah, sí?


—He sido bendecido con el favor divino y poseo el don del poder sagrado; ¿cómo podría ignorar el sufrimiento de la señorita Edel? Escuchar que le quedará una cicatriz por quemadura en su cuerpo a una edad en la que debería lucir más radiante que nunca... Yo mismo me encargaré de comunicarle el destino de la sirvienta.


—...¿Cómo dice?


Deia se quedó atónita por un instante, pero aun así su mente comenzó a maquinar a gran velocidad. Sus palabras significaban, ni más ni menos, que Leonhardt planeaba buscar personalmente a Edel para sanar su quemadura utilizando su poder sagrado.


A Deia se le deformó sutilmente el rostro, olvidando por completo que debía cuidar sus expresiones. Leonhardt, capaz de leer cada uno de sus pensamientos, solo la encontró adorable.


El corto cabello plateado de Leonhardt resplandecía bajo la brillante iluminación del comedor. Los sacerdotes se acercaron en silencio para retirar los platos de la mesa ahora que él se había puesto en pie.


—El palacio del ducado ya cuenta con un médico, Su Santidad.


Fue lo único que Deia atinó a decir a toda prisa, en un intento desesperado por disuadirlo tras recuperar la compostura.


—¿Por qué se levanta ya? Me había dicho que tenía muchas cosas de qué hablar conmigo, Su Santidad.


—Es que ha surgido un asunto mucho más urgente, ¿no le parece?


Acto seguido, Leonhardt continuó con las formalidades propias de una despedida, añadiendo que debían volver a cenar juntos en otra ocasión.


Deia era una mujer de gran orgullo y se rehusaba a quedar ante Leonhardt como una niña caprichosa. Por ello, hizo un esfuerzo sobrehumano para ocultar su descontento y aceptó su partida con una reverencia. Leonhardt la dejó sola en el comedor y se retiró a paso lento. Sin embargo, la afectuosa sonrisa del Papa no fue suficiente para aplacar el odio hacia Edel que comenzaba a acumularse en el interior de Deia.


En cuanto se encontró fuera del campo de visión de Deia, Leonhardt comenzó a correr. A pesar de ser de noche, el sol aún no se había ocultado por completo y afuera todavía se divisaba algo de claridad. Un hermoso color anaranjado teñía el firmamento.


La sonrisa que había exhibido frente a Deia ya había desaparecido por completo de su rostro. Al percatarse de su hostilidad a través de aquel semblante inexpresivo, los sacerdotes guardaron silencio e intercambiaron miradas nerviosas entre sí.


Leonhardt ordenó a los clérigos que le trajeran un caballo y, en cuanto el animal estuvo listo, montó de inmediato y le propinó una fuerte patada en los costados. El corcel, sobresaltado, arrancó a gran velocidad, pero Leonhardt lo espoleó con más fuerza todavía. Sus paladines se apresuraron a seguirle el paso. Su marcha fue tan vertiginosa que el grupo arribó al palacio del ducado antes de que el sol terminara de ponerse.



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Aunque era más temprano de lo habitual, ya me encontraba lista para dormir debido al constante martirio que me provocaba el dolor de la quemadura. El sol ya rozaba el horizonte.


Era una hora imprevista. Cuando mi doncella me anunció que el Papa había venido a buscarme, por un momento pensé que había escuchado mal. Sin embargo, al ver a Leonhardt justo en frente de mí, jadeando e intentando recuperar el aliento, caí en la cuenta de la realidad. Estaba completamente desconcertada. No lograba comprender por qué Leonhardt había corrido a buscarme de forma tan precipitada a estas horas de la noche, y, sobre todo, me alarmó su falta de cortesía.


Este comportamiento distaba mucho de su personalidad habitual. Como Leonhardt había irrumpido por la fuerza abriendo la puerta de mi dormitorio, me quedé atónita, incapaz siquiera de reaccionar para cubrirme las prendas que transparentaban mi ropa interior.

La doncella, sonrojada por la vergüenza, retrocedió unos pasos y abandonó la habitación. Me pregunté si los paladines que lo acompañaban estarían esperando afuera de la puerta.

Ahora estábamos los dos solos. En mi alcoba. Al no asimilar la situación, me quedé inmóvil aturdida. Con las justas logré mover la punta de mis dedos para sujetar la colcha y subirla hasta la cintura.


—Su Santidad, ¿qué significa esto…?


—Escuché que sufrió una quemadura, uff, señorita Edel —articuló Leonhardt, inhalando y exhalando con dificultad para contener el aire que le faltaba.


—Ruego que perdone mi atrevimiento. Tras enterarme de la noticia, me fue imposible quedarme de brazos cruzados y corrí hacia aquí de inmediato. Señorita Edel, por favor, muéstreme la zona de la quemadura.


Me quedé sin palabras. ¿De verdad había venido a toda prisa solo por eso? Tenía que ser la verdad. Al fin y al cabo, él era el Papa. Mi subconsciente se encargó de llegar a esa conclusión por mí. A pesar de que el contexto no era el adecuado, mis defensas se derrumbaron por completo. La mirada de Leonhardt lucía desencajada. Aquel hombre que siempre mantenía una compostura impecable se encontraba totalmente perturbado.


Y aquellos labios sagrados, que solían pronunciar únicamente fervientes oraciones de fe, confesaban ahora que se hallaba en ese estado por mi culpa, debido a la inmensa preocupación que sentía por mí.


En un rincón de mi mente, flotó una vez más el temor de verme envuelta en un nuevo escándalo. Al mismo tiempo, sentí un alivio inconsciente al recordar que Barahan todavía no había regresado al palacio.


—Su Santidad, le estoy profundamente agradecida, pero... ¿sería posible que nos viéramos de nuevo una vez que me haya vestido adecuadamente? Me resulta muy vergonzoso estar así, por favor compréndame.


Tenía la mente hecha un caos. Mientras hablaba, sentía que mi voz ni siquiera me pertenecía; tal era mi estado de pánico. Sin embargo, los ojos azules de Leonhardt se mantuvieron firmes.


Podía percibir una profunda preocupación y ternura emanando de él, por lo que, a pesar de lo tenso y desconcertante de la situación, no sentí miedo. Bajo la colcha, encogí los dedos de los pies por el nerviosismo. Mi corazón latía a una velocidad desbocada.


TRADUCCIÓN: LYN



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