04-LJQRAE

ASLA
0

 


Capítulo 4. Diferencia de Estatus


—No lo recuerdo.


Respondí con total sinceridad. Él pareció visiblemente desilusionado por mi respuesta.


—¿De verdad no te acuerdas de mí? —volvió a preguntar.


Ante la palpable desesperación que reflejaban sus ojos, me esmeré en rebuscar en mi memoria.


Su llamativa cabellera de un tono azul plateado se encontraba empapada por la lluvia, cayendo de forma ordenada sobre su rostro. Las ropas que vestía estaban toscamente rasgadas; sin embargo, debido a su impecable complexión física, perceptible a simple vista, el conjunto le sentaba tan bien que parecía sacado de una pintura. Tenía largas cicatrices repartidas por todo el cuerpo, lo que le confería el aura peligrosa de una bestia salvaje. A pesar de ello, la expresión de su rostro era casi infantil. Esos ojos verdes, que guardaban un brillo que denotaba cierta inocencia, me observaban fijamente solo a mí.


Yo no era muy buena juzgando a las personas. Ni siquiera era capaz de determinar con certeza si el hombre frente a mí era alguien peligroso o no. De manera inconsciente, ladeé la cabeza. Con un físico tan extraordinariamente atractivo, no me parecía el tipo de persona que uno olvidaría fácilmente tras haberlo visto una sola vez.


Pero él claramente me conocía. Entonces, ¿cómo? De pronto, un recuerdo cruzó mi mente: el personaje masculino con menos protagonismo del juego de citas que servía como base de este mundo, el mestizo demonio.


Había jugado a ese videojuego hacía ya bastante tiempo, por lo que no lo recordaba a la perfección, pero ese trasfondo en particular era tan impactante que se me había quedado grabado en la memoria.


La historia iba más o menos así:


Cierto día, una joven plebeya de una familia común y corriente fue ultrajada por un demonio y quedó embarazada con su semilla. Al descubrir que estaba embarazada, la joven entró en pánico e intentó abortar por todos los medios posibles; sin embargo, ese engendro aferrado a sus entrañas era tan tenaz que ningún método funcionó.


Abandonada por su prometido; quien quedó horrorizado por la noticia; y repudiada por su propia familia por el simple hecho de llevar la semilla de un demonio, la mujer se quedó completamente sola.


Aquella criatura creció a un ritmo alarmante y nació tras apenas tres meses de gestación. La madre aborrecía al bebé con todo su ser; cada vez que lo miraba, lo colmaba de insultos y le propinaba brutales palizas siempre que podía.

Llegó al extremo de azotar al recién nacido durante tres días con sus noches mientras lo mataba de hambre, e incluso lo arrojó a una olla de agua hirviendo. Pese a todo, el niño nunca murió. Al contrario, con una sonrisa inocente en el rostro, la seguía a todas partes llamándola “mamá”.


La cordura de la mujer comenzó a desmoronarse. Lo que más pavor le causaba era el hecho de que las facciones del niño se volvían cada vez más idénticas a las del demonio que la había violado. Un día, cegada por la locura, la madre le grabó a fuego la palabra “basura” en la frente con un hierro candente. El pequeño, que hasta entonces había soportado cualquier atrocidad con total sumisión y entereza, cayó desmayado ese día y no despertó en varias jornadas.


Al ver al niño experimentar el dolor por primera vez, la mujer sintió un rastro de piedad y lo cuidó con devoción. Gracias a esos cuidados, el niño finalmente recuperó el conocimiento unos días después. Pero en cuanto abrió los ojos y vio a su madre biológica, la estranguló con sus propias manos hasta matarla.


Ese niño era el mestizo demonio. En el juego, el rasgo físico más distintivo de este personaje era, precisamente, la marca de la infamia grabada en su frente.


Impulsada por el presentimiento, estiré la mano sin previo aviso. Le aparté el flequillo para inspeccionar su frente, pero su piel se sentía completamente lisa y tersa. La suave textura de su piel se amoldaba de forma tentadora a la yema de mis dedos.


Asombrada por la intensa nitidez de aquel recuerdo, aparté la mano de golpe. Mi repentina reacción lo dejó con una expresión de desconcierto.


—Te pareces un poco en el aura, pero de verdad no te conozco —murmuré con incomodidad.


Él dejó escapar un largo suspiro. Su comisura labial todavía estaba manchada con la sangre caliente de los asesinos a los que acababa de abatir. Con total indiferencia, se limpió el rastro escarlata con sus dedos, que, para mi sorpresa, eran largos y pálidos.


—No se puede evitar. 


La voz del hombre era baja y grave, casi como el gruñido de una bestia. Sin embargo, estaba tan impregnada de una cautelosa consideración que no me causó ningún temor.


—¿Cómo te llamas?


—...¿Sabe que esa pregunta no viene al caso? Hace un momento me habló como si me conociera.


—El nombre que me diste antes... no era un nombre que existiera en este mundo.


—.......


Kim Hye-jin. Estuve a punto de soltar aquel nombre de mi pasado que emergió de golpe en mi mente. Sentía los párpados ásperos debido a las lágrimas que apenas acababan de cesar. Él, con el rostro serio, se agachó un poco para quedar a la altura de mis ojos.


—Edel. Edel Alteon —respondí a duras penas.


Él repitió mi nombre varias veces entre sus labios. Cada vez que su pronunciación grave me alcanzaba el oído, un extraño estremecimiento me recorría el cuerpo.


Se incorporó y me tendió la mano, indicándome que la tomara. Vacilé por un instante. Era la misma mano que, hasta hace unos minutos, empuñaba la espada con la que había descuartizado a los asesinos. Aunque, por supuesto, lo había hecho para salvarme.


Levanté la cabeza para contemplarlo. Su cabello estaba empapado por la lluvia y enredado con restos de sangre. A pesar de estar sumergida en el terror y la tensión, sentía la certeza de que él no me haría daño.


Tomé su mano con cautela; estaba repleta de callosidades ásperas. Me puso de pie con un firme tirón y, por la inercia, quedé frente a él, casi pegada a su pecho. Su estatura era tan imponente que resultaba intimidante. Nos limitamos a intercambiar miradas en medio del silencio. Incómoda, desvié los ojos de un lado a otro. Entonces él habló lentamente. 


—…Escuché que no es bueno para el cuerpo de una mujer permanecer sentada mucho tiempo en un lugar frío, Edel Alteon. 


Al pronunciar mi nombre, frunció levemente el entrecejo. Detrás de ese tono de voz que parecía soltar las palabras con desdén, se percibía una profunda calidez. De inmediato, me tomó de la mano y me guió con cuidado hasta dejarme sentada en un sofá.


Solo en ese momento tuve el espacio suficiente para observar a mi alrededor. Por lo que veía, este lugar parecía ser su negocio, aunque no lograba descifrar si se dedicaba a la venta de espadas o de muñecos. En una de las esquinas del establecimiento, varias armas que aún conservaban manchas de sangre fresca yacían tiradas por el suelo.


Del techo, que era bastante elevado, colgaban una enorme cantidad de espadas. En contraste, un gran armario que decoraba una de las paredes laterales exhibía toda clase de muñecos de felpa. Armas e infantes juguetes; desde luego, una combinación que iba de un extremo al otro.


A juzgar por la pequeña cocina y el baño que complementaban el lugar, todo indicaba que este sitio también le servía de vivienda.


Él volvió a recoger la taza de chocolate que había dejado en el suelo y me la tendió. Un hilo de vapor sutil ascendía del recipiente. Tomé la taza entre mis manos y la envolví con ambas palmas; el único rastro de calidez que percibían mis dedos me ayudó a calmarme un poco.


—¿A qué se dedica usted?


Él me clavó la mirada.


—Me salvó la vida y ha sido muy amable conmigo. Necesito saber quién es mi benefactor para poder pagarle como es debido.


Con una de sus manos, tomó una toalla blanca y se secó el cabello sin esmero. La prenda no tardó en teñirse de rojo en varias partes debido a la sangre. Con absoluta naturalidad, la arrojó al cesto de la basura, una indiferencia que me dejó un tanto estupefacta.


—Vendo muñecos. A los niños les encantan.


—Entonces, ¿qué son todas esas espadas? —pregunté, dibujando una mueca de extrañeza.


—Vender espadas es mi pasatiempo.


—Entiendo.


Hice mi mejor esfuerzo por mantener una expresión neutral. Él se acomodó en el borde de una mesa situada justo frente a mí y se me quedó mirando. Era la distancia perfecta para dos personas que acababan de conocerse: ni muy cerca, ni muy lejos. Como poseía un atractivo físico tan imponente, sostenerle la mirada empezó a resultarme un tanto abrumador.


Por ello, opté por bajar la vista. Como el silencio se tornó incómodo, le di un sorbo al chocolate.


—...El chocolate está rico. 


—Te están temblando las manos.


Él respondió a mi cumplido señalando un hecho. Al bajar la mirada hacia mis manos, vi que realmente estaba temblando. Y de forma muy violenta. En el chocolate que se agitaba, alcancé a ver el reflejo de mi rostro aterrorizado. Me quedé atónita por un momento, como si me hubieran dado un golpe. Me pareció ridículo cómo mi mente intentaba actuar con tranquilidad, en total contradicción con la reacción de mi cuerpo.


—...Es que acabo de estar a punto de morir.


—......


—Por supuesto que no estoy bien. No paro de sudar frío y ahora mismo me tiembla la voz.


Dije que mi voz estaba temblando, pero lo hice con un tono de voz que no temblaba en lo absoluto.


—¿Quiénes eran esos de hace un rato? 

—Yo tampoco lo sé. Nunca antes me había pasado algo así. Es la primera vez que alguien me ataca de esa forma con la intención de matarme. Significa que me odian tanto como para querer verme muerta, ¿verdad? Qué miedo. ¿Quiénes demonios serán?. La verdad es que todavía no logro asimilarlo. 


No tenía el valor de sostenerle la mirada.


—Para empezar, ni siquiera sé por qué tengo que pasar por todo esto. Solo me vienen malos pensamientos a la cabeza. Siento una impotencia constante. ¿Por qué tengo que estar atrapada en esta situación y pasar por este sufrimiento? La gente a mi alrededor también es rara. Bueno, pensándolo bien, es imposible que sean normales. Este mundo en sí ya es extraño.


—¿Qué…? 


—Esto no tiene sentido. Nada lo tiene. Pero ahora esta es mi realidad. Por eso tengo miedo. Me aterroriza.


—......


—Es la primera vez que nos vemos y ya te estoy contando de todo. Lamento decirte estas cosas. Yo solo... solo quería darte las gracias por salvarme.


Tragué un suspiro y forcé una sonrisa. La opresión en mi pecho no dejaba de acumularse, pero, como siempre, la reprimí. La expresión de él, mientras me observaba, se endureció de inmediato. Como si quisiera decir algo, él abrió la boca, pero volvió a cerrarla repetidamente. Su vacilación me hizo sentir aún más culpable; pensé que no debí haber dicho nada. Sin embargo…


—...No llores así.


Me sorprendí un momento ante las palabras que soltó.


—...¿Estoy llorando otra vez?


—No, estás riendo mientras lloras.


—¿A eso se le llama llorar? Yo estoy riendo ahora mismo.


Mi voz tembló, haciendo que las palabras se arrastraran un poco. Sus ojos verdes se entrecerraron.


—Decídete por una sola cosa. Si vas a llorar, solo llora; si vas a reír, solo ríe.


Me quedé sin palabras. Me llevé una mano a los ojos y la sentí completamente empapada. En un instante, todas las emociones que hervían en mi interior se desmoronaron. La punta de mi nariz ardió y mi visión se volvió borrosa. Sentí como si algo dentro de mi pecho hubiera sido tocado. Al final, dejé la taza sobre la mesa. 


—La verdad es que... no quiero llorar.


Las lágrimas que había estado conteniendo brotaron de golpe. Las comisuras de mis labios, que tanto me había esforzado por mantener hacia arriba, se distorsionaron en un instante. Era una imagen realmente patética. Miserable. Me cubrí el rostro.


—Ah, no me refería a que tuvieras que llorar…


Él se levantó de la mesa, visiblemente inquieto. Hizo amago de acercarse, pero levanté la otra mano para detenerlo. Para ese momento, mi llanto ya se había convertido en sollozos entrecortados.


—No... no me haga caso. Es solo que, a veces, me siento...muy triste. Ahora también… es lo mismo. Se me pasará pronto. Solo… déjeme sola. 


—Edel.


Pronunció mi nombre. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien me hablaba con tanta dulzura?. Me resultaba injusto que la única persona preocupándose sinceramente por mí fuera un completo desconocido… y al mismo tiempo, eso me hacía sentir una tristeza insoportable. 


Ni siquiera mi familia me consolaba. El llanto trajo consigo el impacto de la muerte de mi padre. Una vez que las lágrimas volvieron a brotar, no parecían tener intenciones de detenerse. En la punta de mis dedos aún quedaba la calidez de la taza de chocolate.

Esa calidez efímera me sacudía como una adicción. Añoraba desesperadamente la presencia de alguien.


—No llores. No sé qué pasó, pero seguro fue culpa mía. 


—Ya le di... dije que yo tampoco quie... quiero llorar.


Las lágrimas seguían cayendo sin parar. No había una razón en específico para llorar; simplemente, las emociones acumuladas en mi interior se desbordaban sin fin.


Ahora que la tensión se había disipado tras haber rozado la muerte, mi cuerpo se sentía aún más agotado. Tenía frío por la ropa empapada de lluvia. Aunque solo habíamos intercambiado unas pocas palabras, el impacto de haber perdido a mi caballero escolta apenas comenzaba a golpearme en este momento.


Aunque me cubría los ojos con una mano, mi rostro seguía distorsionándose de una forma patética, así que terminé tapándome la cara con ambas manos. El llanto estalló con tanta fuerza que me costaba respirar.


Nunca había deseado la atención del emperador. Nunca quise enemistarme con Deia. De verdad quería llevarme bien con Barahan. Quería vivir bien. 


Pero, ¿por qué siempre tengo que ser yo?


De pronto, alguien me rodeó con un abrazo fuerte. Una calidez acogedora se extendió por todo mi cuerpo. Era una persona. Alguien que me estaba consolando. Me dolió sentir un consuelo tan sincero en su abrazo. Él me dio unas palmaditas torpes en la espalda. En ese instante, agradecí de corazón la calidez humana que sentía tan cerca. El pecho se me encendió.


Mi boca se movió por voluntad propia. Al estar hundida contra él, mi voz sonó débil, pero él logró escucharme y me respondió:


—Por favor… no pregunte nada… y solo dígame que todo estará bien. 


—...Todo estará bien, todo estará bien. Edel.


—Dígame que... lo he hecho bien hasta ahora.


—Lo has hecho bien hasta ahora.


—Usted... de verdad no tiene idea de cómo consolar a alguien.


Él me abrazó con todas sus fuerzas, como si pusiera toda su energía en ello. A veces, existían momentos en los que uno deseaba tanto apoyarse en alguien que no importaba si se trataba de un completo desconocido. Justo como ahora.


—...¿Qué tengo que hacer para que dejes de llorar? Edel, no llores.


Su tono de voz sonaba como si estuviera conteniendo el dolor. Apoyé la frente contra los firmes músculos de su pecho. La calidez de este hombre era tan intensa que casi quemaba. Estando tan pegada a él, pude percibir el aroma de su piel. Mi voz, ahogada por el llanto, sonaba verdaderamente fatal incluso para mí misma.


—Gracias.


Lo había deseado con desesperación. Que alguien se diera cuenta de cómo estaba y que, simplemente, me diera unas palmaditas en la espalda diciéndome que todo estaría bien. Sin embargo, nadie se había fijado antes en mi estado ni me había consolado de esta manera.


Y yo… realmente solo necesitaba escuchar eso. 


—Todo está bien, Edel.


El tiempo transcurrió.


Me dolían las cuerdas vocales. Tenía la voz completamente ronca. De tanto haber llorado, incluso respirar me resultaba doloroso. Intenté calmar los temblores que sacudían mi cuerpo. Él me sujetó firmemente por los hombros.


Sentía que finalmente había llorado todo lo que tenía guardado. Poco a poco, los espasmos de mi cuerpo disminuyeron, y pronto la habitación se inundó de un absoluto silencio. Cuando recuperé un poco la compostura, caí en la cuenta de la lamentable imagen que había mostrado y me invadió la vergüenza. Mis mejillas debían de estar completamente rojas. Murmuré con timidez:


—Yo... ya estoy bien.


Él no se movió ni un centímetro. Ahora, su respiración era aún más irregular que la mía. Justo cuando un leve rastro de ansiedad empezaba a asomar debido a su prolongado silencio...


—...De verdad lo lamento, pero...


Él comenzó a hablar. Había un deseo latente en su voz, y eso hizo que me estremeciera un poco. Apenas en ese instante empecé a cobrar un poco de conciencia: era sumamente tarde, y yo estaba encerrada en una habitación, pegada a un hombre desconocido. 


—Cuando una mujer desprende ese aroma dentro de una casa, para los hombres es muy difícil contenerse. Especialmente para mí, mucho más que para el resto.


—¿...?


Muy lentamente, él apartó sus manos de mí. A través del flequillo que cubría parcialmente su rostro, la mirada de aquel hombre parecía haberse vuelto profunda.


El hombre giró la cabeza, evitando sutilmente mi mirada, mientras soltaba un suspiro acalorado. ¿Un aroma? ¿A qué se refería? Como acababa de parar de llorar, mi pulso seguía acelerado. Sorbí un poco por la nariz.


Se levantó y caminó a zancadas hacia el baño. Humedeció una toalla con agua caliente, regresó a donde yo estaba y me la tendió casi de golpe. No entendía bien qué estaba pasando. Al recibir la toalla, me quedé mirándolo hacia arriba con cara de desconcierto.


—Me estoy conteniendo porque eres tú. Límpiate. Incluso esta situación ya se siente como una tortura para mí. 


—...¿De qué está hablando?


Sentí el tacto húmedo y caliente de la toalla en la punta de mis dedos. ¿Exactamente qué se suponía que debía limpiar?


—¿No lo sabías? Ese aroma que desprendes es el de un perfume de feromonas que se ha puesto de moda últimamente.


El hombre explicó la situación con una voz ligeramente temblorosa, evitando mis ojos, que lo miraban con un rastro de rebeldía. Le di vueltas a sus palabras. ¿Un aroma impregnado en mi cuerpo? Yo no era de las que solían usar perfume.


Por supuesto, al conversar con otras damas nobles, llegaba a escuchar rumores sobre ciertos perfumes específicos. Historias como que tal señorita había usado el mismo perfume que el primer amor de un marqués y terminó convirtiéndose en su amante.


Sin embargo, para mí eso no era más que un tema desconocido que solo existía en el mundo de los chismes. ¿Un perfume de feromonas? ¿Por qué demonios usaría yo algo como eso?


«Ahora lo recuerdo».


Al repasar mentalmente los detalles del simulador de citas, recordé el perfume de feromonas. Pero en la historia original se mencionaba que, aunque existía, no tenía ningún efecto real. Hacia el final de la trama se revelaba que, si acaso tenía alguna eficacia, era puramente un efecto placebo. Sin embargo, ¿lo importante aquí era la intención? Usar un perfume de feromonas podía malinterpretarse como una clara insinuación de querer seducir a un hombre.


La nuca del hombre estaba completamente roja. Al ser una reacción fisiológica imposible de fingir, era evidente que no estaba mintiendo. Pude percibir vagamente el esfuerzo y el autocontrol que estaba ejerciendo por consideración hacia mí. Me quedé estupefacta. Ante mi actitud de no tener la menor idea de lo que hablaba, él frunció una ceja y preguntó:


—¿No te has aplicado nada en el cuerpo, ninguna otra cosa?


De repente, recordé la expresión enigmática que me había dirigido Barahan y la mirada insinuante de Kalex. Aquellos hombres que me habían condenado como si fuera una cualquiera, como si hubiera decidido seducir hombres deliberadamente… 


—Hace poco asistí a una fiesta de té y me quemé con agua hirviendo. En ese momento, Su Santidad el Papa vino corriendo a curarme y me dijo que debía aplicarme agua bendita todos los días en la zona de la herida... Así que lo único que he estado usando es agua bendita.


Balbuceé con torpeza.


—…¿Eso es agua bendita? 


El hombre habló con un tono de absoluta incredulidad.


—Límpiate. Eso no tiene nada de agua bendita.


Antes de que pudiera insistirle en que sí lo era, me lo pidió de inmediato, casi como una orden. Pude ver en sus ojos verdes cómo se mezclaban el instinto y la razón. Al ahogar un leve gemido de frustración, él desvió la mirada hacia el suelo al instante.


Como si intentara apelar a su paciencia, el hombre se alborotó lentamente el cabello mojado con una mano, mientras retrocedía un par de pasos para alejarse de mí, que me encontraba completamente desconcertada. Este hombre era el salvador de mi vida. También había sido la única persona que me había consolado hasta hace un momento. Me limpié bruscamente los rastros de las lágrimas.


—Aunque me pida que me limpie... no es algo que solo me haya aplicado en la zona de la quemadura. Como me gustaba... terminé usándola para bañarme, así que para quitármela del todo sería un poco... Quiero decir, ayer...


Él interrumpió mis divagaciones y chasqueó la lengua brevemente.


—¿Me estás diciendo que te bañaste con eso?


Ante su tono inquisitivo, mis palabras salieron casi por instinto.


—...Sí.


—¿Desde cuándo, exactamente?


—Desde hace... unos tres días.


—Es un milagro que estés intacta; los hombres no habrían debido dejarte en paz.


—......


De pronto fui consciente de que el vestido, empapado por la lluvia, debía de estar completamente pegado a mi cuerpo, revelando mis curvas. Al darme cuenta, me invadió una genuina incomodidad.


Él intentó decir algo más, pero al final, como si no pudiera contenerse, reprimió una maldición entre dientes. El hombre se apresuró a entrar al baño para alejarse de la situación. La puerta se cerró de un portazo. De inmediato, se escuchó el sonido del agua corriendo con mucha fuerza. Al quedarme sola, empecé a rebuscar torpemente en mis recuerdos. Y cuanto más recordaba, más segura estaba. 


Lo que Leonhardt me había entregado, asegurando que era agua bendita para curar mi quemadura, era, en realidad, un perfume de feromonas. ¿Por qué demonios lo habría hecho?


En medio de mi angustia, me mordí el labio inferior con fuerza y comencé a frotar mis pálidos brazos con la toalla de manera frenética. Aquel líquido que antes consideraba sagrado, de pronto me pareció de lo más inmundo.


Pensar que el hombre también debió de haberlo pasado mal debido a ese aroma mientras me abrazaba para consolarme, me hizo sentir culpable.


Él había entrado al baño con la nuca completamente roja tras decir que apenas podía contenerse, y ya llevaba un buen rato allí dentro mientras el sonido del agua resonaba con fuerza. Mis mejillas no dejaban de arder. Todo porque no podía evitar imaginarme qué estaría haciendo ahí dentro.


¿Qué estás pensando, Edel? Él es tu salvador.


Me obligué a apartar aquellos pensamientos que no dejaban de desviarse hacia lugares extraños. Cuando reaccioné, mi piel estaba completamente enrojecida e irritada por haberme frotado con tanta fuerza con la toalla. Al final, desistí de intentar quitarme el aroma. Mi cuerpo ya estaba exhausto tras el largo llanto.


Al principio me sentí humillada y avergonzada, pero tras quedarme un rato sentada esperando pacientemente a que saliera, el sueño comenzó a vencer sutilmente mis sentidos. El sofá era suave y ya era muy tarde; en condiciones normales, habría estado dormida desde hacía bastante tiempo.


El cansancio diluyó la tensión de estar en un entorno desconocido. Aunque solo pretendía cerrar los ojos un momento, terminé quedándome ligeramente dormida.


—...¿No te parece que estás demasiado relajada mientras ignoras el tormento ajeno?


Una voz cargada de resentimiento me llegó entre sueños, haciéndome abrir los ojos de golpe. El hombre, que acababa de salir de ducharse, llevaba el torso completamente descubierto. Al verlo acercarse, estiré las manos por puro reflejo.


Me sobresalté al sentir lo frío que estaba su pecho tras rozarlo apenas. Parecía que el hombre había estado enfriando su cuerpo con agua helada todo este tiempo. Incluso la gota de agua que resbaló de su cabello y cayó sobre el dorso de mi mano estaba fría.


Su rostro lucía serio, con esa ligera languidez que queda tras haber alcanzado el clímax.


—Esto…


—Iba a taparte con una manta.


La manta que llevaba en las manos cayó sobre mi cuerpo. Mientras yo seguía aturdida, él se acercó tanto que su cuerpo casi se superpuso con el mío.


Instintivamente, inhalé profundamente. Como si quisiera ocultar toda mi piel desnuda, me envolvió cuidadosamente con la manta desde el cuello hasta los pies. Me sorprendió verlo comprobar con tanta minuciosidad que no quedara nada expuesto. 


—Estoy bien. No hace tanto frío aquí dentro.


—Esto es por mí, no por ti. Una mujer tan hermosa como tú, con un vestido que marca toda su silueta y una expresión tan inocente, durmiendo en mi cama... ¿De verdad crees que puedo mantener la cordura en un momento así?


—……


«Esto no es una cama, es un sofá», pensé, tragándome las palabras. Al fin y al cabo, eso no era lo importante. Aparté lentamente la mano que había dejado sobre su pecho.


—¿Por qué tiene el cuerpo tan frío? —pregunté con cautela.


Al mirarlo hacia arriba, el hombre, que seguía inclinado sobre mí, bajó la cabeza de manera inconsciente para verme. Nuestras miradas se entrelazaron de forma prolongada a una distancia tan corta que habríamos podido besarnos. Se hizo un silencio absoluto y la tensión flotó en el aire por un instante. Sentí cómo mi cuerpo se ponía rígido. Él frunció el ceño y apretó los dientes.


—Ese aroma ya es demasiado intenso de por sí, así que, por favor, quédate quieta. Tampoco hables, porque me dan ganas de besarte. O si no, entra al baño ahora mismo y quítate ese perfume de encima.


—¿Qué?


Se suponía que el perfume de feromonas no debía tener ningún efecto real en absoluto.


«¿Será verdad que es un mestizo demoníaco?»


Pensé que, después de todo, las razas no humanas bien podrían tener un sentido del olfato mucho más sensible.


—Ah, no, no lo hagas. No te limpies. Si escucho el sonido de ti bañándote en mi casa, creo que no podré soportarlo.


Se retractó apresuradamente. Al ver que realmente parecía estar perdiendo la cordura, preferí guardarme mis comentarios. Si le decía que el perfume no tenía ningún efecto real, tal vez se sentiría sumamente humillado.


Él finalmente se apartó de mí.


—Por ahora duerme un poco, y cuando amanezca, vete a casa. Los que intentaron hacerte daño afuera todavía siguen ahí.


—……


—Haah... Y ya no hables más, ni te muevas; solo quédate así y duerme.


—……


Antes de que pudiera articular palabra, las luces de la habitación se apagaron. Se sentía extraño compartir el mismo espacio escuchando nuestras respiraciones, pero me limité a mover los labios en silencio sin emitir ningún sonido. No quería provocarlo sabiendo perfectamente la situación.


Al final, terminé quedándome dormida. Cuando desperté, el canto fresco de los pájaros anunciaba que ya había amanecido. Me despertaron las voces de alguien conversando. Como me había quedado dormida apoyada en el sofá, sentía el cuerpo entumecido.


Ahora que el cansancio y la melancolía se habían disipado un poco, sentía la mente más despejada. Me froté los ojos lentamente. A través de mi vista borrosa, alcancé a ver al hombre hablando. Parecía haberse quedado despierto toda la noche. A juzgar por el hecho de que se había cubierto por completo la nariz y la boca con una máscara, mi aroma realmente debió de haber sido una tortura para él.


—Entonces, ¿a ti también te gusta esa mujer? 


Me preguntaba con quién estaría hablando, hasta que me di cuenta de que conversaba a solas con la espada azul que sostenía en su mano. Al ver semejante escena nada más al despertar, me quedé desconcertada por un momento.


Bueno, a veces pasa, ¿no? Es como cuando la gente le habla a los peluches aun sabiendo que son objetos inanimados. Decidí hacer como que no había visto nada, pero él notó mi presencia al instante con total agilidad, giró la cabeza y me clavó la mirada.


—¿Despertaste?


—Sí...


Forcé una sonrisa torpe. El hombre lucía una expresión completamente serena. Al ver que no mostraba ni el más mínimo rastro de vergüenza, pensé que, definitivamente, no era una persona común y corriente.


—Ah, esto.


Parecía haberse dado cuenta de que mi mirada se había quedado fija en la espada azul.


—Ayer, con las prisas, no pude presentártela. Saluda, Edel. Esta es la Espada Azul. Espada Azul, ella es Edel.


—¿Qué...?


—La Espada Azul dice que es un placer conocerte.


¿Hasta qué punto se suponía que debía seguirle la corriente?


—Edel, ¿tú no vas a saludar?


—Ah, ah... Claro. Espada Azul, es un placer.


Llevada por su actitud tan desbordante de confianza, terminé saludando a la espada azul. Sin embargo, al ser solo una espada, era obvio que no hubo respuesta alguna. Tras haber saludado, me quedé atónita preguntándome qué demonios estaba haciendo. Él, restándole importancia, comentó:


—Es que la Espada Azul es muy tímida.


—Sí, sí... Ya veo.


Dejó la espada azul en el suelo y se puso de pie.


Hice un esfuerzo por intentar comprenderlo. A ver, este era el mundo de un simulador de citas, un lugar donde cualquier elemento de fantasía era aceptable. Si existía el poder divino y los artefactos sagrados, no tenía por qué no existir una espada azul que hablara.


Incluso existía un objeto legendario capaz de hacerte viajar al pasado de una persona fallecida para intervenir en su vida. Además, en las historias de fantasía solía aparecer el cliché de personajes que hablaban con espadas famosas. O incluso había novelas de romance fantástico que empezaban convirtiendo a la protagonista directamente en una espada viviente, como en «Domestiqué al tirano y escapé».


Sin embargo, al menos en el simulador de citas en el que yo había reencarnado, no existía tal configuración. Aunque, siendo sincera, en este preciso momento el hombre me parecía un auténtico loco.


Pero bueno, quitando ese detalle, dentro de todo parecía alguien normal. Además, ¿no era mi salvador? Aunque fuera un poco peculiar eso de que vendiera espadas y muñecos al mismo tiempo.


—Esto... por cierto, ¿pasó la noche despierto?


—Sí.


Se quitó la máscara y bebió agua a grandes tragos. Tenía unas marcadas ojeras bajo sus ojos verdes.

—De verdad… lamento todas las molestias.

—No es gran cosa.

—Siento haberle causado problemas. Y gracias otra vez.

—Pero oye.

Él dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué clase de relación tienes exactamente con el Papa?

—…Ah.

Me quedé en una situación incómoda.

—Es que, bueno... ni yo misma lo sé muy bien. 

Él me observó fijamente.

—Es una buena persona. De verdad.

Ante su silencio, terminé defendiendo a Leonhardt sin darme cuenta. Incluso después de dormir y pensarlo otra vez con la cabeza más fría, seguía estando de su lado.

Mi confianza en la novela romántica interactiva era absoluta, y el Leonhardt que yo había conocido dentro de aquella historia había sido genuinamente amable. Incluso con Deia, que a veces actuaba sin modales, él siempre había sido gentil y bondadoso.

Era mi única esperanza en un mundo completamente desquiciado. No parecía alguien capaz de hacer una broma de tan mal gusto. Seguro no había sido intencional; debió ocurrir algún malentendido en el medio. 

Su manera de hablar era tan natural que hasta ese momento no había reparado en ello, pero él sabía que yo era noble y aun así no había cambiado su actitud hacia mí. Sin embargo, inesperadamente, eso me agradaba más, así que no mencioné ninguna etiqueta innecesaria.

El hombre giró la cabeza.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A tu casa.

—…¿Ahora?

El cambio de tema fue tan repentino que me desconcertó.

—¿Acaso no pensabas regresar? 

—...No, sí voy, claro que iré.

Hacía apenas unos momentos que me había despertado.

—Ya amaneció. Esos tipos desaparecieron, pero te escoltaré por si acaso surge algún imprevisto, así que tú guía el camino.

El hombre habló mientras tomaba la espada azul. Vacilé un instante, pero terminé de ponerme en pie ante las palabras que añadió a continuación:

—Es que solo podré dormir tranquilo una vez que te hayas ido.

Me quité la manta. Él me contempló fijamente por un largo rato con una mirada indiferente. Luego, se dio la vuelta primero, abrió la puerta y salió. Era muy temprano por la mañana.

Aunque no era lo que había planeado, terminé pasando la noche fuera sin quererlo. Por suerte o por desgracia, había sido la noche de bodas del duque y su esposa, así que seguramente Barahan no habría notado mi ausencia. 

Frente al castillo del Duque, le pregunté su nombre diciéndole que deseaba pagarle el favor. Él me miró con una expresión que parecía decir: «¿por qué me preguntas eso recién ahora?», antes de revelarme su nombre:

—Arwyn Kairos.

Por alguna razón, era un nombre que me resultaba familiar.

Hice una señal de silencio a los caballeros que custodiaban la puerta principal del castillo, poniéndome un dedo sobre los labios, y les pedí por favor que mantuvieran en secreto el hecho de que regresaba a esta hora.

Los caballeros intercambiaron miradas incómodas antes de asentir con dificultad. No fue sino hasta que regresé a la habitación del anexo desconocido que toda la tensión acumulada se disipó de golpe.

Por muy atrevidos que fueran ellos, no se arriesgarían a matarme aquí dentro. Sin embargo, me llevé una enorme sorpresa. Nada más entrar a la habitación, alguien me sujetó y me obligó a darme la vuelta. Del susto, estuve a punto de gritar. 

—¿Dónde demonios has estado qué vienes a estas horas? 

Aquel tono impregnado de una furia hirviente pertenecía a Barahan.

Era una situación sumamente inesperada. ¿Por qué estás tú aquí? Intenté articular palabra, pero retrocedí por puro instinto ante la actitud que mostraba.

—Te estoy preguntando dónde has estado toda la noche. 

Su voz grave sonaba casi como el gruñido de una bestia. Me di cuenta de que estaba reprimiendo su furia. ¿Por qué estaba tan enfadado? No, antes que eso… 

—¿Toda la noche?

¿Cómo sabía Barahan que yo no había estado en mi habitación la noche anterior? Una sospecha cruzó mi mente. Aunque parecía imposible, le pregunté por si acaso:

—¿Acaso... no pasaste tu noche de bodas?

Él no me dio un sí ni un no por respuesta. Al ver a Barahan callado, manteniendo una expresión completamente seria, me quedé atónita. ¿¿De verdad había dejado sola a su esposa desde la primera noche?¿Ni siquiera habían dormido juntos?

—Responde a lo que te pregunté. ¿A dónde fuiste?

—¡Barahan!

Mi rostro se distorsionó por completo. Me sentía decepcionada de él. Deseaba de corazón que lograra tener un matrimonio normal, pero ¿por qué seguía actuando de forma tan evasiva?

Eché una mirada rápida a mi habitación. Sobre la mesa rodaban copas y botellas de alcohol, y estaba llena de restos de cigarrillos apagados. Era evidente que había pasado toda la noche aquí dentro esperándome. Me empezó a punzar la cabeza por el dolor.

—Regresa de inmediato. Ve ahora mismo y pídele disculpas a la Duquesa.

—Tu respuesta va primero. ¿A dónde fuiste que ni siquiera puedes responder?

—¿Dónde estuve? 

Lo miré fijamente con el rostro gélido. Durante toda la noche anterior me habían perseguido unos asesinos, e incluso estuve a punto de morir. Me había quedado dormida a duras penas tras temblar de frío con el cuerpo empapado por la lluvia, y había tenido que lidiar con una ansiedad constante. Sin saber absolutamente nada, Barahan me estaba tratando a la fuerza como a una mujer inmoral. Su tono inquisitivo y su actitud hicieron que la rabia estallara dentro de mí.

—Yo soy quien quiere preguntarte algo. ¿Hasta qué punto ha caído el prestigio de la casa ducal para que unos simples asesinos se atrevan a atacar a alguien de la familia? ¡¿Qué tanto menosprecian a los Alteon para atreverse a hacer algo así?!

—...¿Qué dijiste?

Barahan se quedó estupefacto. Frunció el ceño como si intentara asimilar y procesar las palabras que acababa de escuchar.

Me retumbaba la cabeza. Quizá por haberme mojado con la lluvia ayer antes de dormir, sentía escalofríos como si estuviera pescando un resfriado, y el dolor de cabeza era severo. Mi condición física era un desastre. Como lo único que quería era descansar en paz, pasé de largo a Barahan y me dirigí hacia mi cama. Sin embargo, volvió a sujetarme del brazo.

—¿Quién intentó matarte?

—Yo tampoco lo sé.


Apreté los dientes y me desprendí de la mano de Barahan con frustración. Las pesadillas de la noche anterior comenzaron a rondar mi mente de nuevo. No podía soportar el recuerdo de la sangre salpicando sobre mí, tan intensa como la tormenta que caía.


—Edel, cuéntame en detalle.


—¡Te dije que no lo sé! —le grité casi desesperadamente—. ¡No tengo la menor idea! No sé quiénes eran los que querían matarme ni cómo eran sus rostros. Así que, por favor, déjame en paz. Ahora mismo solo quiero descansar…


Barahan se limitó a mirarme en silencio. Al hablar de esto, sentí que las lágrimas querían brotar sin motivo. Me obligué a contener el llanto. Sin embargo, la sola fuerza de voluntad no bastaba para controlar unas emociones que ya se habían desbordado.


Me cubrí rápidamente los ojos con la mano, pero una lágrima logró resbalar por mi mejilla. Giré la cabeza hacia un lado. El sonido de mi respiración entrecortada, mientras intentaba tragarme el llanto, resultaba lamentable. Desde donde estaba, Barahan dio un paso más hacia mí. Pude percibir en su andar una vacilación muy impropia de él.


—...Edel.


Su voz, que sonó casi como un susurro, se clavó en mis oídos. Tras dudarlo un instante, colocó una mano sobre mi hombro. Como siempre pensaba, la calidez humana era algo verdaderamente reconfortante. Barahan me acarició suavemente la espalda y luego me abrazó con cuidado. Sentí su respiración sobre mi cabeza inclinada. La alfombra comenzó a empaparse con mis lágrimas.


Cada vez que Barahan hacía esto, yo temblaba, aunque fuera de manera imperceptible. Sin embargo, ya no podía permitir que siguiera actuando con esa actitud tan ambigua. Lo empujé por el pecho para alejarlo.


—No. No hagas esto.


Los ojos de Barahan se abrieron con sorpresa. 


—Tú... ahora tienes una esposa. Ya no debes actuar así conmigo. Y, de ahora en adelante, no entres a mi habitación sin permiso. Por mucho que seas el jefe de la familia, no está bien que entres y salgas de aquí como te plazca.


Su rostro se endureció por completo. Aunque solo le había dicho la verdad tal cual era, me resultó difícil sostenerle la mirada. Mi propia voz, todavía afectada por el llanto, me resultaba molesta de escuchar.


—Por eso, aún no es tarde, así que ve con la Duquesa ahora mismo. Si inventas una excusa creíble, ella lo entenderá.


—¿Y qué se supone que haga cuando vaya? ¿Que todavía estoy a tiempo y debería acostarme con esa mujer? 


—No estoy diciendo eso.


—¡¿Entonces qué demonios estás diciendo?! ¡¿Qué otra cosa significa lo que acabas de decir?!

Agarró con fuerza un adorno que estaba sobre la alacena y lo lanzó con violencia. El objeto se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos con un estrépito ensordecedor. Los fragmentos rotos se esparcieron hasta llegar a la punta de mis pies.


—¿Tanto quieres verme acostándome con esa mujer? Respóndeme. ¿Eso es lo que deseas? 


—Barahan... por favor.


—De verdad eres una mujer capaz de volver loco a cualquiera. 


Barahan dio un paso firme hacia mí, haciendo que mis labios temblaran por puro reflejo. Su cercanía bloqueó la luz y me dejó bajo su sombra, pero su voz cargada de ira se escuchó con total nitidez:


—¿Quieres que te diga a quién es a la que verdaderamente quiero abrazar?


El pánico se apoderó de mí. Barahan parecía haber perdido el juicio por completo; no habría sido extraño que me hiciera cualquier cosa en ese mismo instante. Tenía la mente hecha un caos, pero justo cuando intentaba exprimir algunas palabras para calmarlo como fuera...

Un sonido frío provino de mi espalda. Alguien estaba abriendo la puerta para entrar. 


Reaccioné por puro instinto, empujé a Barahan y retrocedí varios pasos para alejarme de él.


—¿Su Alteza el Duque…? 


En ese instante, se me dio un vuelco el corazón. La persona que acababa de abrir la puerta de mi habitación era la esposa de Barahan, la Duquesa. Según la etiqueta, el estatus social de Taberin ahora era más alto que el mío.


A pesar de ser muy temprano por la mañana, llevaba un maquillaje impecable y su atuendo lucía perfecto. Sin embargo, su rostro completamente fruncido parecía reflejar la angustia y los tormentos por los que debió de haber pasado la noche anterior.


Taberin nos miró a nosotros y luego a la porcelana hecha pedazos en el suelo, mostrando una expresión de desconcierto por un momento. Poco a poco, la rigidez de sus facciones comenzó a suavizarse.


—¿Acaso ustedes dos estaban discutiendo? 


—Ah, no. No es lo que cree, Su Alteza. Esto... simplemente lo rompí por accidente.


—Pero... Señorita. Su rostro…


Ante su observación, interrumpí mis apresuradas excusas y me cubrí la cara de inmediato. Era evidente que los rastros de las lágrimas que había derramado hasta hace un momento debían de estar muy marcados. Me limpié los ojos a toda prisa con la mano.


—Vaya... De verdad parece que hubieran tenido una discusión.


Sin darse cuenta, Taberin había borrado el gesto fruncido de su rostro y preguntó con suavidad. Por un momento no logré comprenderla. Solo parpadeé varias veces antes de recuperar la compostura. Seguramente había venido hasta aquí buscando a su esposo, quien había desaparecido sin siquiera pasar la noche de bodas adecuadamente. Miré a Barahan de reojo, pero, lejos de mostrar una pizca de culpa, permanecía de pie en absoluto silencio y con el rostro completamente indiferente.


—¿Qué haces aquí? 


Mi cara debió de distorsionarse en una mueca de incomodidad. Usar ese tono de voz con una novia que debería estar disfrutando de su luna de miel... Fui yo quien sintió tanta vergüenza ajena que las mejillas me ardieron. Sin embargo, Taberin parecía estar de lo más normal.


—Ah, verás. Es que Su Majestad envió un mensajero.


—¿Un mensajero?


—Sí. Dijo que hoy celebrará una fiesta de té especial en el jardín imperial, y ordenó que asistieran todos los miembros de la casa Alteon.


Contuve el aliento por un instante. Y formulé un breve deseo en mi interior: por favor, que hubiera escuchado mal, o que yo no estuviera incluida entre los miembros de esa familia.


—Mencionaron que la señorita Deia también asistirá como la acompañante de Su Majestad. Ah, y por supuesto, Su Majestad también la mandó llamar a usted, señorita. Es un hombre sumamente considerado.


Ese golpe final hizo que mi cabeza se inclinara por sí sola. Solo pude mirar los fragmentos rotos esparcidos frente a mí. Mientras tanto, Barahan no apartaba la mirada de mí ni un instante. 



↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭




El jardín imperial, si uno consideraba únicamente su tamaño, estaba más cerca de ser un bosque que un jardín. Había un enorme lago y, según decían, si uno se adentraba más profundamente incluso podía encontrar animales correteando libremente. 


Por supuesto, para mí, esta era la primera vez que lo visitaba. Al fin y al cabo, hasta ahora nunca había tenido una relación tan estrecha con la familia imperial como para ser invitada a sus jardines.


Yo estaba completamente rígida, al punto de que ni siquiera era capaz de tocar mi taza de té. En contraste, Deia, Taberin y Kalex, sentados a la mesa, charlaban animadamente como si se estuvieran divirtiendo mucho. Incluso Barahan no parecía especialmente incómodo. 


—Señorita, ¿por qué no ha dicho ni una palabra desde hace rato? ¿Se siente mal en alguna parte? 


Deia, que había estado parloteando casi acurrucada contra Kalex, interrumpió su charla para hacerme esa pregunta. Sus largas pestañas aletearon sutilmente. Yo le devolví una sonrisa forzada.


—Ayer me excedí un poco, así que creo que mi estado físico no es muy bueno. 


—¿Acaso tuvo problemas para conciliar el sueño?


—...Se podría decir que sí.


La comisura de mis labios tembló levemente. No era tan tonta como para contarles abiertamente que la noche anterior me habían estado persiguiendo unos asesinos. Taberin soltó una pequeña risa.


—¿No será que casi no durmió anoche? La luz de la habitación del anexo no se apagó hasta el amanecer… 


Sentí un escalofrío recorrerme la nuca. Recién entonces recordé que desde la residencia principal podía verse perfectamente el anexo. Sin saber lo que realmente pasaba por mi cabeza, Taberin seguía comentando cosas como: “Debe haberle costado muchísimo dormir”. 


—Señorita, ¿de verdad le costaba tanto dormir anoche?


Yo había estado evitando cuidadosamente mirar hacia Kalex, pero aun así me estremecí. No podía seguir fingiendo que no lo había oído. Lentamente giré el cuerpo hacia él. Kalex sonreía tranquilamente mientras comía el pastel de crema que Deia le llevaba a la boca. Cuando un poco de crema quedó en la comisura de sus labios, Deia intentó limpiársela con el dedo. Entonces Kalex sacó la lengua y lamió lentamente su dedo.

Deia se quejó juguetonamente diciendo que le hacía cosquillas, pero Kalex siguió lamiendo sus dedos hasta hacer desaparecer por completo la crema. Su lengua era intensamente roja. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, tragué saliva involuntariamente.

—¿Hm? ¿Por qué habrá sido? Dime qué piensas tú, señorita. 


—...Bueno, no tengo la menor idea.


—Qué pena que no lo sepas... Sin embargo, señorita, por alguna razón siento que yo sí sé el motivo.

La lengua de Kalex ya se había apartado del dedo de Deia y ahora rozaba con picardía la oreja de la joven. También alcancé a notar cómo la mano de él, que descansaba sobre la cintura de Deia, comenzaba a deslizarse sutilmente más allá.


Sintiendo que mis mejillas se encendían por sí solas, vi cómo Deia, lejos de molestarse, no podía contener la risa ante las provocaciones de Kalex. Esta situación me resultaba sumamente incómoda y lo único que deseaba era ponerme en pie y marcharme de allí.


—Ahora que Barahan se ha casado, ¿no te sientes un poco triste? 


—Su Alteza ya estaba en edad de casarse y además consiguió una esposa hermosa tanto en personalidad como en apariencia. ¿Cómo podría sentirme triste? 


—No estás siendo nada sincera —se mofó Kalex.


Cada vez me costaba más tolerar la situación. Con esos mismos labios que seguían jugueteando con Deia, Kalex preguntó con tono burlón:


—Ahora que lo pienso, ayer fue la noche de bodas del Duque y su esposa. Dime, ¿qué tal estuvo?


Era extraño. Esa pregunta debería haber estado dirigida naturalmente a los recién casados… pero sus ojos estaban puestos en Barahan y en mí. Nos observaba alternadamente con una mirada llena de interés. 


Las intenciones detrás de la pregunta de Kalex se leían con demasiada claridad. Parecía seguir creyendo firmemente que la relación entre Barahan y yo era impropia. Al cruzarme con sus ojos, entrecerrados como si intentara escudriñarme por completo, sentí de pronto que mi cuerpo apenas podía moverse.


La saliva comenzó a acumularse involuntariamente en mi boca, pero incluso el simple acto de tragar se volvió difícil. 


—Ay, Su Majestad, cómo puede preguntar algo así y avergonzar a la duquesa. Qué cruel es usted. —intervino Deia con una voz coqueta, acurrucada en el regazo de Kalex para desviar su atención.


Él soltó una risita mientras la miraba hacia abajo y le acomodaba un mechón de su cabello rosa detrás de la oreja. Deia mostró una expresión de absoluta felicidad, aunque me dio la impresión de que lo hacía un poco para provocarme. Pasé saliva por mi garganta de manera inconsciente. Al sentir que la tensión disminuía un poco, solté un suspiro profundo. Taberin, por su parte, esbozó una sonrisa formal.


—...Para mí, fue verdaderamente maravilloso.


Aunque había sido el propio Kalex quien hizo la pregunta, parecía no prestar ninguna atención a la respuesta de Taberin. Barahan mantenía la misma expresión indiferente de siempre. Al ser la única que conocía toda la verdad, no pude evitar sentir una profunda culpa hacia Taberin.


—Cielos, hablar de la noche de bodas me contagia la emoción a mí también —comentó Deia en respuesta a Taberin, pero Kalex le tomó la mano para obligarla a fijar la mirada en él.


—¿Debo actuar como si fuera nuestra primera noche de bodas, Deia?


—¿Significa eso que de ahora en adelante debo convertirme en una novia tímida?


Deia soltó una risita alegre. Si uno los juzgaba puramente por su apariencia, tanto Kalex como Deia eran poseedores de un aspecto físico extraordinario, por lo que lucían como una pareja de lo más dulce. Esto, por supuesto, ignorando el hecho de que no tenían ni un ápice de educación hacia los nobles que habían invitado.


Al mirar de reojo, me di cuenta de que Taberin apretaba los dientes en silencio para contener la humillación.¿Cómo debía sentirse tener que decir que su primera noche había sido maravillosa frente a un marido indiferente, cuando en realidad ni siquiera había ocurrido nada? Debía de ser devastador. 


Como mujer, sentía que podía comprender un poco el corazón de Taberin. Y, considerando su personalidad, probablemente el golpe a su orgullo era aún mayor que para una persona normal. A diferencia de otras ocasiones, Deia recibió el beso de Kalex de manera pasiva. Mientras esbozaba una sonrisa recatada, como si de verdad estuviera avergonzada, me lanzó una mirada furtiva. Ver a Kalex cortejar y juguetear con una mujer de esa forma era algo tan cotidiano que nadie en el lugar pensaba siquiera en interrumpirlos.


Entonces me di cuenta de que Taberin y yo habíamos cruzado miradas. Le sonreí torpemente. Ella tenía los puños cerrados y el cuerpo temblándole ligeramente, pero, quizá porque no quería que notara sus emociones, terminó devolviéndome la sonrisa. 


Ajeno por completo al tormento de su esposa, Barahan mantenía un rostro imperturbable mientras alternaba su mirada únicamente entre Kalex y yo. En ese preciso instante, supe por intuición que el humor de Taberin se había vuelto sumamente sombrío.


Desvié lentamente la mirada de ella. Incapaz de encontrar dónde posar los ojos, bajé la cabeza y me limité a beber pequeños sorbos de té. El sonido de los besos resonaba de manera demasiado explícita y me resultaba insoportable. 


—Investiga quién está detrás de los hombres que intentaron asesinar a Edel.


Barahan le dictó la orden a uno de sus subordinados. A cada paso que daba, la distancia entre él y yo se reducía. Al notar mi presencia, Barahan giró la cabeza y me miró.


En cuanto el subordinado que acababa de recibir el mandato se percató de que me acercaba, me dedicó una respetuosa reverencia y se alejó a gran velocidad hasta desaparecer de mi vista.


«¿El responsable detrás de los asesinos»


Todavía nos encontrábamos dentro del jardín imperial. Las acciones de Kalex y Deia se habían vuelto cada vez más explícitas, por lo que Taberin había sido la primera en retirarse con la excusa de que se sentía un poco indispuesta. Barahan y yo, por nuestra parte, nos habíamos alejado sutilmente del lugar bajo el pretexto de querer pasear un poco por el jardín.


—Me siento muy agotada ahora mismo, así que creo que lo mejor será que me retire primero. ¿Podrías ofrecerle mis disculpas a Su Majestad?


Tener que lidiar con esa gente me había drenado las energías por completo. Le hice la petición a Barahan mientras contenía un suspiro. Sin embargo, la mente de él parecía estar completamente absorta en la preocupación por el hecho de que yo hubiera sufrido una amenaza de muerte.


—...Está bien. De acuerdo. Te asignaré una escolta también, así que no te preocupes.


Me quedé mirando a Barahan por un momento y, lentamente, negué con la cabeza.


—No es necesario. Conozco a un hombre que puede escoltarme. Incluso si me asignas guardias, ¿cómo podría confiar en ellos? Contrataré directamente a alguien competente y de confianza. Además, tengo suficiente dinero. 


—¿Qué? ¿A quién?


—Al hombre que me salvó de los asesinos esta madrugada. Sus dotes de combate son extraordinarias y tiene una personalidad muy amable.


—¿Acaso pasaste la noche con ese tipo?


La expresión de Barahan, que había sido tierna por un breve instante, se distorsionó por completo. Era, una vez más, la repetición del pasado. ¿De verdad pensaba seguir ignorando el doloroso tormento de Taberin?

Me entristecía poder adivinar tan fácilmente lo que Barahan estaba pensando. Intenté ocultar el temblor de mis manos.

—¿De verdad tu cabeza solo funciona para pensar en eso?

—...Haah.


Barahan soltó un suspiro áspero, como si intentara tragarse las maldiciones que le subían por la garganta, y se alborotó el cabello negro con brusquedad. Al cruzarme con sus ojos rojos, que parecían hervir de rabia, mi respiración se volvió un poco agitada.


—No me hagas enojar. ¿Una escolta? Te acabo de decir que yo te la daré. No vuelvas a ver a ese sujeto.


Barahan repitió sus palabras con una voz baja que sonó casi como un gruñido. Lo ignoré y pasé de largo frente a él. De inmediato, me sujetó firmemente de la muñeca. Levanté lentamente la mirada para observarlo.


—Ah, mierda.


La expresión de Barahan delataba que tenía muchísimas cosas que decir.


—……


—¡Barahan!


En ese momento, se escuchó la voz de Kalex llamándolo desde la distancia. Barahan guardó silencio por un instante y soltó un lamento en voz baja: 


—…¿Por qué justo ahora…? 


Barahan, quien siempre había sido sumamente leal a Kalex, pareció dudar por un segundo en este preciso instante.


Chasqueó la lengua entre dientes y finalmente soltó mi muñeca. Mientras se alejaba, se alcanzaba a percibir una mezcla de emociones complejas en su andar. Yo hice un esfuerzo por darme la vuelta y continuar mi camino.


El hombre de la espada azul, Arwyn Kairos. Tenía la intención de buscar a aquel salvador que había rescatado mi vida para expresarle mi gratitud y pedirle que fuera mi escolta. Sin embargo, antes de eso, había un lugar al que debía ir.


—He venido para una audiencia con Su Santidad, el Papa.


—¿Podría decirme su nombre, por favor?


—Me llamo Edel Alteon.


La actitud desinteresada de la sacerdotisa cambió drásticamente en cuanto escuchó mi nombre. Tras vacilar un instante, levantó la cabeza para observarme con detenimiento. Ante mi sonrisa incómoda, la sacerdotisa habló con un tono pausado y sumamente cortés:


—La guiaré a la sala de recepción.


Se puso de pie de inmediato y me dedicó una reverencia formal. Yo le correspondí con el mismo respeto. La sacerdotisa comenzó a caminar al frente para guiarme. Muy pronto, nos adentramos en los sectores más reservados e íntimos del Vaticano.

La Santa Sede era incomparablemente más grande que cualquier templo común. Había incontables habitaciones y todo era mucho más lujoso. Y aun así, en vez de parecer ostentoso, transmitía una sensación de dignidad contenida.Todas las personas que caminaban apresuradamente por el lugar llevaban expresiones serenas y benevolentes.

El interior del edificio, de un color blanco que rayaba en lo pulcro, desprendía una atmósfera sagrada. Mientras avanzaba por el pasillo, no pude evitar sentirme un poco cohibida. Se me secó la boca. Aun así, me armé de valor. Sabía que podría resultar una impertinencia de mi parte, pero había algo que necesitaba confirmar directamente con Leonhardt.


Poco después, me hicieron pasar a la sala de recepción. Sentía que en un solo día ya había tenido que lidiar con demasiada gente. No obstante, al quedarme completamente sola en la habitación, una profunda ansiedad comenzó a invadirme.


Giré la cabeza para examinar los alrededores. Tras una larga espera, la puerta se abrió con un clic y volteé por puro reflejo; era Leonhardt. Parecía acabar de bañarse, pues su cabello plateado, aún ligeramente húmedo, brillaba de forma deslumbrante bajo la luz del candelabro.


Sus ojos azules, que transmitían una sensación de suavidad y frescura, se llenaron de alegría en cuanto me vieron. Regulando su respiración, habló:


—En cuanto me informaron que la señorita me buscaba, vine corriendo de inmediato.


—Había algo que quería preguntarle, Su Santidad. Ha pasado tiempo. Lo siento por venir sin avisar. 


—No se preocupe por eso. ¿El dolor de la quemadura ya disminuyó? Estuve muy preocupado pensando en cómo estaría. 


—...Gracias a que Su Santidad usó personalmente su poder divino y me entregó esa medicina, mejoré muy rápido.


La sonrisa en el rostro de Leonhardt comenzó a desvanecerse paulatinamente. Continué hablando, haciendo un esfuerzo por reprimir una extraña sensación de incomodidad.


—En realidad, eso era lo que quería preguntarle. Verá… se trata de esa agua bendita… 


—……


—Era un perfume de feromonas.


—……


—¿Acaso usted ya lo sabía?


No tenía idea de cuánta valentía me había hecho falta para pronunciar esas palabras. Tras terminar de hablar con voz temblorosa, examiné la reacción de Leonhardt. Él mostró una expresión un tanto desconcertada y luego frunció el ceño levemente. Con ambas manos metidas en los bolsillos de su túnica sagrada, se quedó de pie inmóvil, como si estuviera sumido en sus pensamientos. A duras penas, alcancé a recordar a Arwyn, quien tanto había sufrido debido al olor de esa supuesta agua bendita.


Leonhardt comenzó a caminar hacia mí con lentitud, como si fuera atraído por un imán. La rigidez con la que reaccionó mi cuerpo me resultó sumamente extraña.


—Ah... No puede ser...


Su bajo lamento sonó casi como un gemido. Leonhardt se acercó hasta quedar justo al lado de la silla donde yo estaba sentada y, asomando la cabeza, se inclinó hacia mí. La distancia entre nuestros rostros era tan corta que podía sentir su respiración.


Una mirada densa y profunda se clavó en el perfil de mi rostro. Me fue imposible girar la cabeza.


—Sin embargo, dígame... ¿En dónde se impregnó de este aroma?


¿De qué estaba hablando? En lugar de darme la respuesta que le pedía, Leonhardt me devolvió otra pregunta. Su voz lánguida, aunque baja al rozar mi oído, tenía una pronunciación tan nítida que la escuché con total claridad. Por un instante, sentí un escalofrío recorrer toda mi columna vertebral.


—Es un aroma sucio, denso y tan intenso que altera los sentidos.


—¿Qué?


—De un demonio bastante poderoso. 


Leonhardt me sujetó de la barbilla para obligarme a fijar la mirada en él. Me quedé completamente helada por la sorpresa ante la fuerza de su agarre. Como si fuera a besarme en cualquier momento, susurró:


—¿Quién es?


Con la barbilla inmovilizada, lo miré desconcertada. Justo frente a mis ojos, él mostraba un rostro sumamente severo. Mis labios temblaron levemente. No entendía en absoluto el significado de aquella pregunta. 


—No... No sé a qué se refiere.


¿Un aroma sucio y denso? Dijo que sentía el fuerte olor de un demonio en mi cuerpo. Pero era imposible que yo tuviera alguna conexión con la raza demoníaca. En los últimos días, ni siquiera me había cruzado con algo remotamente parecido.


Sin embargo, una imagen fugaz cruzó por mi mente.


—Señorita. No debe mentirme.


Sus labios se movieron lentamente. Más que una recriminación, su voz poseía un tono dulce, como el que se usa para calmar a un niño. Y, al mismo tiempo, recordé a Arwyn, el hombre que me había salvado.


No sabía por qué la pregunta de Leonhardt me hacía pensar en Arwyn, pero en este momento experimentaba una profunda contradicción. La actitud de Leonhardt al interrogarme seguía siendo tan suave como de costumbre. No obstante, percibía el peligro oculto en ella. Era algo que mi cuerpo detectaba antes que mis pensamientos. No es que hubiera dejado de confiar en Leonhardt; la imponente autoridad que conllevaba el título de Papa aplacaba mis sospechas. Pese a todo, yo continuaba vacilante.


—No lo sé. Jamás me he encontrado con un demonio.


—¿De verdad? ¿No hay ni un solo lugar o persona que le venga a la mente? 


—De verdad. Ninguno en absoluto.


Hubiera podido confesarle con total franqueza todo lo que me había sucedido, pero preferí no hacerlo. Leonhardt dejó escapar un suspiro parecido a un lamento. Sus ojos se oscurecieron ligeramente. Por un instante me tensé al ver aquella expresión incómoda en su rostro. Pero, como si nada hubiera pasado, él recuperó enseguida su habitual expresión serena. Se dio la vuelta con un movimiento fluido y caminó hacia el sofá de la sala de recepción. Me limité a seguir su espalda con la mirada.


—Ya veo.


Se sentó en el sofá y murmuró para sí mismo. No volvió a pronunciar palabra. En medio de aquel silencio donde el tiempo parecía correr más lento, la ansiedad comenzó a dominarme. Él seguía bebiendo el té de la mesa, como si hubiera olvidado por completo mi pregunta.


Aunque era una duda sumamente incómoda y difícil de formular por segunda vez, necesitaba obtener una respuesta a como diera lugar.


—Su Santidad.


—Sí, señorita. Dígame.


—Es sobre lo que le mencioné hace un momento... Aquella medicina que me dio para curarme. Por más que lo pienso, no creo que haya sido agua bendita.


Él me contempló en absoluto silencio. Al ver su rostro desprovisto de cualquier expresión, me pregunté si no me habría excedido con mi actitud. La situación era propicia para que él sintiera que le estaba reclamando.


Mientras mi mente se sumía en la confusión, se escuchó una leve risa. Leonhardt esbozaba una vaga sonrisa.


—No, eso era agua bendita, sin duda. Me parece que la señorita ha entendido algo mal. 


—¿Qué?


Me quedé un momento estupefacta, pero enseguida reaccioné. Él no ofreció ninguna otra explicación. Guardé silencio unos instantes. ¿De verdad me habría equivocado yo? ¿Aquello no había sido ningún perfume de feromonas, sino agua bendita real?


Fruncí el ceño sumida en mis pensamientos, pero nada en esta situación encajaba del todo. Si una opción era la correcta, la otra tenía que ser falsa.


—¿Tiene algún otro asunto? 


Al ver a Leonhardt preguntar aquello con una sonrisa, quedó más que claro que no tenía la menor intención de seguir hablando del agua bendita. Si él lo negaba de esa manera, de nada serviría que yo continuara insistiendo.


Al final, dejé atrás mis sospechas y salí de la sala de recepción. Sin embargo, no lograba desprenderme de esa persistente y molesta sensación de incomodidad.



↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭ ✾ ↭




Las sospechas no hacían más que multiplicarse una tras otra. Mientras caminaba, le daba vueltas a la pregunta de Leonhardt. Un demonio... un demonio. Tratándose del mismísimo Papa, era perfectamente natural que fuera más sensible que nadie a la hora de detectar la energía demoníaca.


No había posibilidad de que hubiera dicho algo así en broma, ni parecía que estuviera mintiendo. Por supuesto, si de verdad había sentido el aroma de un demonio en mí, eso ya era peligroso de por sí. Sin embargo, la verdadera alarma que yo había percibido provenía de un lugar diferente.


Cuando me sostuvo la mirada para hablar del demonio, pude leer en él una hostilidad inequívoca. Tenía el rostro que alguien pondría al ver algo asqueroso y sucio, tal como él mismo lo había descrito. Al presenciar eso, comprendí cuán profundo era el desprecio que el Papa sentía por los demonios. Y, sin motivo aparente, el pánico se apoderó de mí. Apresuré el paso.


Tal como le había advertido a Barahan, iba en camino a buscar personalmente a la persona que se encargaría de mi protección. Alguien en quien pudiera confiar plenamente y que fuera lo bastante fuerte como para defenderme de los demás.


Me dirigía a la casa de Arwyn Kairos, el hombre que me había salvado hace poco. Tenía la intención de compensarlo por haberme salvado la vida…  y, al mismo tiempo, pedirle que fuera mi escolta.


Me adentré por los callejones del pueblo y, tras dar un par de vueltas por unos senderos estrechos, pronto me encontré cerca de aquella casa destartalada. Al llegar a la casa de Arwyn cerca de la hora del almuerzo, el lugar lucía un aspecto un tanto diferente al de la última vez.


Quizás se debió a que en aquella ocasión ya era tarde por la noche, pero entonces solo había alcanzado a ver la puerta trasera; ahora, en cambio, la gran puerta principal estaba abierta de par en par, dejando ver el interior con total claridad. Por dentro, el lugar seguía decorado con espadas largas y muñecos colgados por doquier, lo que creaba una atmósfera muy peculiar. Y justo al fondo de la tienda, la espada azul captó de inmediato mi atención.


La espada azul recibía la luz del sol, haciendo alarde de su color nítido ante el mundo. Al recordar cómo él hablaba con su espada la noche anterior, una punzada de vergüenza ajena me recorrió por dentro. Parecía que las palabras de Arwyn sobre tener un negocio no eran mentira, ya que la tienda estaba repleta de clientes. Sin embargo, todos y cada uno de esos clientes eran niños pequeños.


Por alguna extraña razón, los rostros de esos niños me resultaban familiares. Aunque la distancia no me permitía verlos con total precisión, se parecían mucho a los niños que solía ver a menudo en el orfanato.


«¿Qué hacen esos niños aquí?»


Apresuré el paso para acercarme más a la tienda. Algunos niños jugaban con los muñecos que colgaban de las paredes y los ganchos, mientras que otros de vez en cuando se peleaban entre sí blandiendo los muñecos como armas.


Justo cuando se golpeaban con tanta fuerza que el algodón de los muñecos estaba a punto de salirse, Arwyn finalmente emergió desde una zona sombreada en el fondo de la tienda.

Tenía un cabello de un azul fresco y unos ojos de un verde radiante. Además, su imponente estatura, combinada con su espléndida apariencia, hizo que me tensara de manera inconsciente.


En cuanto Arwyn apareció, los niños lo recibieron con entusiasmo, llamándolo “hermano” una y otra vez. Incluso los que estaban peleando arrojaron sus muñecos para colgarse del cuello y de los brazos de Arwyn.


Aunque cualquiera se habría irritado con tantos niños amontonándose encima, él no mostró el menor fastidio. Al contrario, Arwyn estaba sonriendo.


Con una suave sonrisa dibujada en los labios, les acarició la cabeza con infinito cariño. Los niños parecían estar tan acostumbrados a ese trato por parte de Arwyn que no mostraban ninguna timidez.


Me acomodé el vestido con cuidado y caminé en dirección a la tienda. Cuando Arwyn me descubrió, levantó la cabeza hacia mí, y los niños hicieron lo mismo al seguir su mirada. 

—¡Oh! Es la hermana Edel.


—¡La hermana Edel!


Los niños me reconocieron y corearon mi nombre. Arwyn estiró las piernas, levantándose de la postura agachada en la que estaba con ellos, y me miró. Su mirada era tan penetrante e intensa que lo único que atiné a hacer fue esbozar una sonrisa incómoda.


Sin embargo, para mi sorpresa, él ya había regresado a su expresión imperturbable de antes. Era evidente que estaba sonriendo hasta hace un instante, pero borró toda la calidez de su rostro en un abrir y cerrar de ojos. Y el motivo de ese cambio, con toda certeza, era yo. Sentí una extraña decepción, aunque me obligué a ignorarla. 


—Hola, señor Arwyn. Parece que está bastante ocupado.


Le salude con amabilidad, pero su respuesta tardó un buen rato en llegar.


—...No creí que volverías.


Su rostro no estaba simplemente serio, sino que se había endurecido por completo. Llegué a pensar que le molestaba mi presencia. Mientras yo permanecía allí de pie, cohibida y sin saber qué hacer, Arwyn se dio la vuelta de inmediato y se metió al fondo de la tienda.


«Después de todo, parece que no soy bienvenida».


¿Acaso su amabilidad de la otra vez había sido solo algo temporal? Siendo sincera, no esperaba que me tratara con tanta frialdad. Aunque, pensándolo bien, ¿qué beneficio tendría alguien al volver a involucrarse con una mujer que era perseguida por asesinos? Al contrario, bien podría traerle problemas.


Me invadió una mezcla de amargura y desánimo. Estaba a punto de darme la vuelta para regresar al castillo del ducado, cuando Arwyn salió nuevamente de la tienda. Traía una silla y una pequeña mesa en las manos. Mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.


—Esto... ¿Qué está haciendo...?


—Siéntate aquí.


Dejó la silla en el suelo y colocó un cojín mullido sobre ella. Luego, acomodó la mesa justo enfrente, y encima puso un plato con galletas y pasteles que también había traído. Por último, dejó una taza de té tibio y, con una mirada, me indicó una vez más que me sentara. Me acomodé en la silla de manera un tanto atropellada, pero la situación me resultaba sumamente vergonzosa.


Los niños no paraban de exclamar cosas como “¡Waa!” y “¡Wow!”,  mientras daban vueltas a mi alrededor, y yo estaba ahí sentada, frente a una mesa de té improvisada, bloqueando descaradamente la entrada del negocio.


—...¿Seguro que no hay problema con esto?


—Sí, no pasa nada.


—No... No me refería a eso. Es que creo que la que no está nada cómoda con esto soy yo.


¿Cómo podía estar bien bloquear de esa forma la entrada de su negocio? Sin embargo, el hombre insistió una y otra vez en que no pasaba nada mientras agitaba la mano. Al final, no me quedó más remedio que disfrutar de mi hora del té justo enfrente de su tienda.


Al ver las galletas y los pasteles, a los niños se les iluminaron los ojos. Le pedí permiso a Arwyn y compartí los dulces con ellos. Con el azúcar en el cuerpo, los pequeños se emocionaron y se volvieron aún más ruidosos.


—¡Hermana Edel! ¿Por qué no ha ido al orfanato últimamente...? No sabe cuánto la hemos estado esperando.


—Es verdad. ¡Tera incluso lloró porque la hermana no venía!


Esos tiernos reproches me encogieron el corazón por un momento. Ciertamente, antes de que mi padre falleciera, solía visitar el orfanato como si fuera mi propia casa, pero después de eso surgieron tantos problemas dolorosos que mis visitas se habían vuelto muy esporádicas. Ver sus caritas cubiertas de suciedad me hizo sentir una culpa todavía mayor.


—¿Así que esta es la hermana tan bonita de la que decían que ya no venía? —preguntó Arwyn.


—¡Sí, exacto! Nuestra hermana es hermosa, ¿verdad?


La actitud orgullosa del niño me pareció tan adorable que no pude evitar soltar una sonrisa. Mientras me reía en silencio, Arwyn me contemplaba fijamente sin decir una palabra. Su mirada era tan seria que detuve mi risa por un instante.


—Sí... Es incluso más hermosa de lo que imaginaba.


Arwyn pronunció esas palabras con una voz clara y firme. Los niños estallaron en risas alborotadas diciendo cosas como: “¿Verdad que sí?”, pero yo apenas podía escucharlos.

Solo pestañeé en silencio, conteniendo el aliento. En cuanto procesé que ese elogio iba dirigido a mí, tuve que bajar la cabeza a toda prisa para ocultar el rubor que ya me teñía hasta las orejas.


Sentí un cosquilleo en la punta de los dedos. De alguna manera, mi corazón se aceleró por la emoción. Era como si el espacio alrededor de Arwyn se hubiera recortado del resto del mundo, envuelto en un matiz de colores sumamente cálidos. Mientras permanecía allí sentada sin saber qué hacer, él regresó al interior de la tienda en silencio.


Ladeé la cabeza con curiosidad, y una niña que estaba a mi lado se encargó de darme la explicación:


—Es que el hermano dijo que hoy cocinaría para nosotros.


—¿Cocinar?


—Dijo que nos prepararía un pastel de carne.


La voz inocente de la niña desbordaba una enorme ilusión. Mientras le acariciaba la mejilla a la pequeña, que llevaba el cabello castaño recogido en dos trenzas, levanté la mirada de imprevisto para observar a Arwyn a la distancia.


La imagen de Arwyn comenzando a cocinar con un rostro tan serio se superpuso, casi de inmediato, con el recuerdo de mi padre, quien siempre había sido sumamente cariñoso conmigo. De repente, una pesadez opresiva me invadió el pecho.


—Hermana, ¿nunca has probado el pastel que hace el hermano?


—¿Eh? No, nunca —respondí de manera distraída.


Ante mi respuesta, los niños, que se habían congregado a mi alrededor como una barrera, exclamaron al unísono:


—¡Es realmente delicioso!


—¡Sí, es verdad! El hermano cocina muy bien. Siempre nos prepara todo lo que le pedimos.


Un niño dejó la frase en el aire. Arwyn esbozó una cálida sonrisa ante los elogios de los pequeños. Por mi parte, una ligera y extraña punzada de celos hacia no sé quién me hizo sonreír con cierta incomodidad.


Estos niños del orfanato cargaban con tantas heridas que no solían abrirle su corazón con facilidad a cualquier desconocido. Aunque no hacía mucho que conocía a Arwyn, la fe ciega que depositaban en él era prueba suficiente de que se trataba de un buen hombre. El peculiar vínculo que fluía entre ellos parecía incluso más sólido y arraigado que el que tenían conmigo. Poco después, Arwyn acomodó el pastel recién horneado sobre una bandeja, luciendo un aspecto de lo más apetitoso, y lo colocó sobre la mesa frente a la tienda.


Con solo mirarlo se me hizo la boca agua. Entonces comprendí nuevamente lo agotada que estaba, tanto física como emocionalmente. El simple hecho de que alguien se hubiera tomado la molestia de preparar comida especialmente para mí me dejó sin palabras por un momento.


Los niños, apiñados en el suelo, me contemplaban con miradas llenas de expectación. Arwyn también permanecía de pie al otro lado de la mesa, con la vista clavada fijamente en mí.


Sentada en la única silla disponible, levanté la mirada hacia él antes de desviarla sutilmente. Arwyn era un hombre extraordinariamente apuesto, por lo que me resultaba un poco abrumador y vergonzoso que me observara con una expresión tan dulce. Él pronunció lentamente:


—Come.


—¿Yo?


—Come primero.


—Ah...


Eché un vistazo a mi alrededor. Podía sentir las miradas curiosas de los transeúntes que pasaban por el callejón. El sol brillaba con calidez, y tanto los niños como Arwyn estaban enfocados únicamente en mí. ¿Por qué debía ser yo la primera? Si yo no había hecho nada.


Quizás impaciente ante mi timidez, Arwyn tomó una cuchara de plata y sacó un bocado por mí. Luego, me la extendió, abriendo un poco la boca como indicándome que hiciera lo mismo.


—Eh... Espere…


—Abre la boca. Vamos, di "ah".


—Mmh... Ah.


Al final, terminé rindiéndome ante su expresión firme. La cuchara que Arwyn sostenía entró con sumo cuidado en mi boca, que apenas se había abierto un poco. Cerré los labios y parpadeé con los ojos muy abiertos; ante esto, Arwyn se quedó estupefacto por un breve instante antes de retirar la cuchara lentamente.


Por alguna razón, sentí que mis mejillas se encendían por completo. Era solo un bocado de pastel, pero el corazón me dio un vuelco. Comencé a masticar despacio, moviendo la mandíbula poco a poco. Un sabor deliciosamente dulce se extendió por toda mi lengua.


—Está realmente delicioso.


Como un pequeño fragmento del pastel se me había quedado pegado cerca de los labios, Arwyn estiró un dedo para quitarlo con naturalidad y se lo llevó a la boca. Había sido un contacto físico sumamente sutil, pero debido a la extrema cercanía, me hizo estremecer de la emoción por un momento.


—¿Te diste un baño? —preguntó él.


—Sí.


—Bien hecho.


Arwyn me acarició la cabeza afectuosamente, alborotándome un poco el cabello. Luego, me colocó la cuchara en la mano, enderezó su torso inclinado y giró la cabeza hacia otro lado.

Qué extraño... Sentí incluso cómo mi propio aliento se volvía repentinamente cálido. El recuerdo de lo sucedido la noche anterior me vino a la mente: el hombre que me había salvado la vida cuando estuve a punto de morir en la oscuridad; el hombre que se había encerrado solo en el baño para calmar su propio calor de cuerpo. 

Mis mejillas siguieron ardiendo, así que terminé abanicándome con la otra mano. Mientras permanecía allí sentada, completamente aturdida por aquella atmósfera extraña, los niños comenzaron a charlar alegremente.


—¿Verdad que está delicioso? 


Mis labios temblaron un poco, así que solo pude asentir. Poco después, Arwyn trajo el resto del pastel para los niños. Como solo había una silla en la mesa, los pequeños se sentaron en cuclillas frente al local y empezaron a comer el pastel felices. Arwyn no probó bocado, tal vez porque no tenía hambre, pero se sentó junto a los niños para cuidarlos.

Sintiéndome incómoda por ser la única que estaba sentada en una silla, me puse de pie. Me arrodillé con cierta timidez frente a los pequeños, y uno de ellos, emocionado por volver a ver a su "hermana" después de tanto tiempo, comenzó a juguetear con mis manos.

Yo también les sostuve las manitas con total ternura. Al estar tan hambrientos de afecto, los niños se alegraban con una pureza conmovedora. Arwyn, por su parte, me observaba fijamente en silencio mientras yo hacía aquello.


Los pequeños eran capaces de encontrar la felicidad en los detalles más mínimos y soltaban risitas alegres a cada momento. Con la cálida luz del sol cayendo sobre nosotros, todo esto me pareció un sueño por un instante. La risa de Arwyn, que se unía a la de los niños, era baja, profunda y sumamente melodiosa.


La tensión y la ansiedad que se habían acumulado en lo más profundo de mi ser parecieron derretirse por completo, aunque fuera solo por un instante. Los gestos de Arwyn mientras cuidaba de los niños eran atentos y desbordaban una total serenidad. Cada vez que lo miraba de reojo y nuestros ojos se cruzaban, la comisura de los suyos se curvaba de forma automática en un gesto cálido.


Kalex poseía un aura apática y sensual; Barahan, facciones afiladas y cortantes; y Leonhardt, una estructura sorprendentemente robusta y masculina. Arwyn, en cambio, era un tipo de hombre guapo completamente diferente a ellos.


Para mí, él transmitía la vibra de alguien menor. Por supuesto, Barahan también era más joven que yo, pero en el caso de Arwyn, esa sensación era mucho más evidente. Esto no significaba, ni mucho menos, que no existiera una atracción hacia él como hombre. Al contrario, Arwyn me parecía alguien con la fuerza de un guerrero silencioso.


Su físico era tan imponente y robusto como el de una bestia salvaje, pero su rostro reflejaba una dulzura inofensiva; ese contraste resultaba sumamente estimulante. Bajo la luz del día, su cabello de un azul plateado evocaba el tono suave de un cielo primaveral, y sus ojos verdes poseían la frescura de una pradera natural.


Nos envolvía una atmósfera cálida y reconfortante. Después de que terminamos el pastel y los niños se marcharon, Arwyn me había preguntado con timidez:


—¿Quieres dar un paseo? 


Yo había asentido con la cabeza, y poco después, terminamos aquí.


Tal vez por haber comido algo delicioso, me sentía un poco adormecida, pero era como si después de mucho tiempo finalmente hubiera recuperado la paz. Bajo un cielo deslumbrante por los matices del atardecer, las flores silvestres se extendían a lo largo del camino, desprendiendo un aroma sutil.


Era una estampa de una sencillez incomparable si se le medía con las flores del fastuoso jardín imperial donde había estado hace unas horas; sin embargo, no tenía la menor duda de que este lugar me gustaba mucho más. ¿Se debería a que la persona que me acompañaba era diferente?


Ah, es verdad. Había venido con la intención de pedirle que se convirtiera en mi caballero escolta. E incluso antes de eso, quería expresarle mi gratitud por haberme salvado la vida, pero en lugar de hacer cualquiera de las dos cosas, terminé aceptando que me invitara una comida deliciosa. Observé de reojo a Arwyn, que caminaba a mi lado, buscando el momento oportuno para hablar.


El suave crujido de la tierra bajo nuestros pies era el único sonido que rompía un silencio melancólico. Como no resultaba incómodo sino sumamente reconfortante, me daba un poco de reparo perturbar esa preciada tranquilidad. Sin embargo, parecía que Arwyn sentía lo mismo. 


—Yo...


—Oye...


Al hablar al mismo tiempo, nuestras miradas se cruzaron de inmediato. Como la situación me pareció un tanto graciosa, una pequeña risa se me escapó de los labios.


—Habla tú primero.


—No. Habla tú.


—No te preocupes por mí. Adelante, habla.


Arwyn frunció el ceño de forma casi imperceptible y, ante mi insistencia, vaciló por un momento. Su rostro se había endurecido por completo, volviéndose rígido como una piedra. Pasé saliva ruidosamente.


Al ver la expresión de Arwyn, comprendí que el ambiente no estaba para bromas ni risas. La sonrisa que rondaba mis labios comenzó a desvanecerse poco a poco. ¿Qué era lo que pretendía decirme para ponerse así?. Sin embargo, el gesto que hizo a continuación fue algo que no me esperaba en absoluto. Me quedé estupefacta, limitándome a contemplarlo fijamente durante un buen rato, sin terminar de procesar lo que veía.


—Quería darte esto.


Lo que me estaba extendiendo era una sola flor. Y lo hacía manteniendo esa expresión increíblemente seria y rígida en su rostro. Apenas logré reaccionar para aceptar la flor y luego volví a alzar la vista hacia Arwyn.


Al observarlo con más detenimiento, me percaté de que los lóbulos de sus orejas estaban completamente rojas por la vergüenza. Ah… entonces lo entendí sin querer. 


«Este hombre, cuando se avergüenza, pone una cara rígida».


En ese instante comprendí la expresión tensa que había tenido Arwyn desde que lo vi hoy por primera vez. Y, al mismo tiempo, mi propio rostro se encendió de golpe. Sentía la intensa mirada de Arwyn sobre mí, así que bajé la cabeza como si quisiera escapar. 

El tallo de la flor se sentía suave al tacto entre las yemas de mis dedos. Era una pequeña flor silvestre de color blanco. Su sutil fragancia flotaba en la punta de mi nariz.


—Soy tan feliz cuando estoy contigo que no quiero perderme ni un solo instante. —dijo Arwyn.


Eran unas palabras capaces de hacerle dar un vuelco al corazón a cualquiera. Y decirlo con esa expresión era completamente injusto. En serio, ahora mismo eres peligroso. Mi corazón no dejaba de latir con fuerza. 


El flujo del aire a nuestro alrededor se volvió denso y cálido. Arwyn cubrió con su propia mano la mía, la cual aún sostenía la flor. Levanté la mirada de golpe. Me resultaba sumamente abrumador enfrentarme a unos ojos en los que solo se alcanzaba a leer una absoluta sinceridad.


—No hace mucho que nos conocemos, pero me basta con estar contigo para sentirme bien.


—...A mí también.


—No me importa si tu nombre es Kim Hye-jin o Edel Alteon. Me gustas simplemente por ser tú. 


«¿Kim Hye-jin...?»


Hacía tanto tiempo que no escuchaba ese nombre que, sin querer, me estremecí. Pensaba que lo había olvidado por completo hacía ya una eternidad, pero en el instante en que lo pronunció, sentí como si mi verdadera identidad reviviera de golpe. Por un segundo, estuve a punto de romper a llorar por la emoción. ¿Cómo podía saber él un nombre que yo jamás le había mencionado?


«¿Acaso habré murmurado mi nombre entre sueños?»


Nunca nadie me había dicho que hablara dormida…


—...Gracias por la flor.


Mi tono de voz se volvió cauteloso, impregnado de timidez. Fue en ese momento cuando descubrí, por primera vez en mi vida, que uno también puede sentir ganas de llorar de tanta felicidad.


—En realidad, vine para agradecerle por haberme salvado la noche anterior, pero no había tenido la oportunidad de decírselo hasta ahora. Muchísimas gracias. También le agradezco que me acompañara ayer hasta la casa. Gracias por protegerme, por ser considerado conmigo y por reconfortarme. El pastel de carne de hoy también estuvo delicioso, muchas gracias. Gracias por esto también... En fin, gracias por todo…


—Eso no fue nada.


Me quedé contemplando los ojos de Arwyn durante un largo rato. No entendía por qué esa única flor que sostenía entre mis manos se sentía tan invaluable en ese preciso instante. Era tan preciada para mí que me temblaban las yemas de los dedos. Armándome de valor, continué hablando:


—A decir verdad, también vine a pedirle un favor. Vine para rogarle que se convierta en mi escolta. Un hombre con grandes habilidades y en quien yo pueda confiar plenamente... En este mundo, usted es la única persona que cumple con eso. Vine a pedirle que se quede a mi lado, que me proteja. Siento que con el simple hecho de que esté cerca, podré estar tranquila.


—¿Y qué pasará con mi tienda...?


Arwyn interrumpió su propia frase al cruzarse con mi mirada. Sin embargo, no tardó mucho en asentir lentamente con la cabeza. A pesar de que mi petición de convertirse en mi caballero escolta podía resultar un tanto impertinente, la primera respuesta de Arwyn fue la aceptación.


Por un instante, sentí como si una calidez difusa se expandiera con fuerza dentro de mi pecho. En este preciso momento, no hacía falta ninguna palabra entre los dos. Bastaba con la atmósfera que nos envolvía, las miradas que se entrelazaban, el sutil contacto de nuestras manos, las respiraciones agitadas, los corazones palpitantes, la aceptación, la confianza y nuestra mutua presencia. Con eso ya era más que suficiente.

No había duda de que algo especial fluía entre nosotros. Y yo estaba casi segura de que él compartía un sentimiento del mismo color que el mío.


Intentaba buscar las palabras para agradecerle aún más, pero opté por guardar silencio. Tenía miedo de romper aquel momento. Al parecer, Arwyn sentía lo mismo, pues nos quedamos callados durante un buen rato.






—¿Este infeliz es el maldito escolta que dijiste que traerías?


Barahan reprimió la ira que le hervía dentro mientras sujetaba el hombro de Arwyn con una fuerza brutal. Le enfurecía profundamente que Edel hubiera desafiado su voluntad para presentarse con un completo desconocido como su protector.


¿Había dicho que era el hombre que la salvó de morir la noche anterior? El mismo con el que pasó la noche.


Arwyn contempló a Barahan con una expresión de total indiferencia. Él también estaba furioso, pero se contenía únicamente por respeto a Edel. A su lado, Edel, con el rostro pálido, apartó bruscamente la mano de Barahan del hombro de Arwyn.


Barahan se quedó con la mano suspendida en el aire mientras le clavaba una mirada asesina. Por su parte, Edel sentía un profundo resentimiento hacia él por armar semejante escena abiertamente frente a Taberin, de entre todas las personas.


—No seas grosero. Es alguien a quien yo misma contraté.


—Ja. Esto es ridículo.


A poca distancia de ellos, Taberin se mordía las uñas con nerviosismo ante la tensa atmósfera. Precisamente hoy se había prometido a sí misma que lograría pasar la noche con Barahan a como diera lugar.


¿Cuánta humillación había sentido cuando el Emperador le preguntó por su noche de bodas y se vio obligada a fingir una sonrisa para inventar una respuesta?


Tal como Taberin temía, el humor de Barahan estaba en su peor momento.


—¡Maldita sea! ¡¿A dónde crees que vas cuando todavía estoy hablando?!


Al ver que Edel, temblando de frustración, se daba la vuelta para alejarse al notar que era imposible razonar con él, Barahan soltó una maldición e intentó retenerla.


Sin embargo, fue Arwyn quien se interpuso en su camino, bloqueándole el paso. Barahan, incapaz de seguir gritándole a Edel frente a Taberin, se limitó a rechinar los dientes con rabia. Arwyn no tardó en alejarse siguiendo los pasos de Edel. Barahan, incapaz de controlar su furia por sí solo, entró abruptamente a su habitación. Taberin, tras observar la situación con cautela, lo siguió al interior llevando consigo una botella de licor fuerte que había preparado de antemano. 


Barahan estaba sentado en el borde de la cama. Su oscuro cabello negro, revuelto de forma salvaje, caía corto alrededor de su rostro. Bajo el flequillo, en sus ojos, las emociones hervían silenciosamente. 


Taberin vaciló un instante, pero armándose de valor, se aproximó a Barahan. A pesar de ser un hombre de inmenso poder que ostentaba el título de Duque de este imperio, su piel era sumamente tersa y pálida, por lo que aún conservaba ciertos rasgos de una belleza juvenil. Sin embargo, sus ojos rojos, inyectados en sangre como si estuvieran impregnados del fluido vital, desbordaban una furia contenida.


Barahan levantó la cabeza. Taberin, quien antes de convertirse en Duquesa había sido famosa por su mala reputación, llenó una copa con vino rojo intenso y se la ofreció en silencio. Barahan contempló la copa durante unos momentos y luego la aceptó, bebiéndola de un solo trago. 


TRADUCCIÓN: LYN


ANTERIOR | TABLA DE CAPÍTULOS | SIGUIENTE

Publicar un comentario

0 Comentarios
* Please Don't Spam Here. All the Comments are Reviewed by Admin.
Publicar un comentario (0)

#buttons=(Accept !) #days=(20)

Our website uses cookies to enhance your experience. Learn More
Accept !
To Top