01-LJQRAE

ASLA
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Capítulo 1. El comienzo de la obsesión


Una mano pálida se posó sobre la suave bufanda. Era la misma bufanda que le había regalado a mi padre el año pasado por su cumpleaños. Como a él le gustaban los diseños sencillos, la bufanda azul no tenía ningún tipo de estampado. Sin embargo, la bufanda que recibí ayer junto con un terrible mensaje ahora tenía un patrón que jamás había visto en mi vida. Las salpicaduras rojas que la teñían con manchas de sangre me provocaron un mareo que sacudió mi cabeza. ¿De verdad era esta la sangre de mi padre?


Me abracé a la bufanda de mi padre, quien se había convertido en difunto de la noche a la mañana, y sollocé.


—Padre, ¿por qué...?


¿Por qué mi padre habría participado en una guerra tan peligrosa? ¿Por qué no recibí ni un solo aviso sobre su alistamiento?


Ante la increíble muerte de mi padre, no podía hacer más que romper a llorar. Fue entonces cuando escuché los pasos de alguien acercándose. Un hombre caminaba por el pasillo oscuro sin siquiera una linterna.Cuando finalmente se detuvo frente a mí, la persona resultó ser alguien cuyo rostro conocía muy bien. Tenía un cabello negro, tan peculiar que era imposible ocultar que era el hijo adoptivo de la familia del Gran Duque. Y unos ojos rojos, como si estuvieran empapados en sangre.


—¡Barahan!


Con manos temblorosas, me aferré a la ropa de Barahan. Mi mente era un caos total debido a la muerte de mi padre. Lo sostuve con fuerza, sacudiéndolo mientras clamaba entre lágrimas:


—¡¿Por qué mi padre?! ¡¿Por qué se fue solo al campo de batalla?! ¡¿Por qué no me dijeron nada?! Barahan, tú debías saberlo. ¡¿Por qué...?!


—Edel.


Él apartó mis manos, que seguían aferradas a su ropa.


—Cállate.


Por un momento, me quedé helada. Me limité a mirarlo con torpeza, con una expresión completamente aturdida. La voz de Barahan conllevaba una extraña burla.


—No te alteres tanto. ¿Qué tiene eso de malo? 


—¡¿Qué tiene de malo?! ¡¿Acaso no entiendes lo que estoy diciendo?!


—Lo entiendo perfectamente. Solo estás haciendo un berrinche porque tu padre murió y estás triste.


—¿Qué?


Esas palabras jamás habrían sido posibles viniendo de él hacia su padre adoptivo. El rostro de Barahan parecía el de un extraño. En los más de diez años que llevaba conociéndolo, jamás me había mostrado una expresión así.


Él siempre había sido un hombre taciturno, pero humilde y considerado con los demás. Siempre pensé que era una persona de pocas palabras, pero de profundos sentimientos.


En comparación con mi padre, que siempre se había mostrado frío con Barahan, yo era el miembro de la familia del Gran Duque que al menos intentaba tratarlo sin discriminación. Aunque no nos uniera la sangre, siempre me había preocupado por él a mi manera.


¡Zas!


Antes de que pudiera siquiera ser consciente de ello, abofeteé a Barahan. No sabía si lo que sentía era ira o una profunda traición. A pesar del fuerte golpe que resonó en el lugar, Barahan no se enfureció; se limitó a mirarme desde arriba con la misma expresión imperturbable de antes.


Mi respiración era agitada. Mientras observaba mi rostro desencajado, él se acarició lentamente la mejilla golpeada.


—Creo que es la primera vez que te veo tan furiosa. Hubieras hecho eso desde el principio. Si lo hubieras hecho, tal vez el Gran Duque no habría tenido que morir.


No lo llamó "padre", ese término tan cercano, sino que eligió la fría e indiferente palabra "Gran Duque".


—Tú…


—¿Quieres saber por qué murió?


No pude responder. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré acorralada contra la pared.


—¡Ah…!


Mi espalda dolió al impactar contra la superficie y un gemido se me escapó sin querer. Sin un ápice de piedad, Barahan me sujetó de ambas manos, atrapándome por completo bajo su cuerpo.


En medio de la oscuridad, solo su voz baja resonaba en mis oídos. Por primera vez en la vida, la voz de Barahan me causó escalofríos.


—Siempre quise ver tu rostro desencajado.


Intenté zafar mis manos, pero él ni se inmutó. Este cambio tan repentino en Barahan me tenía completamente desconcertada.


—Suéltame.


Aunque intentaba ocultarlo, mis labios temblaban por el miedo que brotaba en mi interior.

Por primera vez, fui plenamente consciente de la abismal diferencia de fuerza entre yo, una dama noble, y Barahan, un caballero. Como recordaba al Barahan que siempre se esforzaba por darme un trato especial, este cambio de actitud resultaba aún más impactante.


Su aliento cálido rozó mi cuello y luego mi oído. Mi corazón comenzó a latir desbocado, incapaz de contenerse.


—¿Recuerdas lo que te dije hace tiempo?


—¿Qué...?


—Te dije que me parecía que habías cambiado, que te habías convertido en otra persona. Pero ahora que lo pienso, creo que el que cambió en ese entonces no fuiste tú, sino yo.


El aliento que rozaba mi cuello se acercó cada vez más, hasta que sentí un contacto cálido y suave. Su lengua, de un rojo intenso, se deslizó a lo largo de la línea de mi cuello.


—¡Ah...! ¡¿Qué estás haciendo?!


—Tú me volviste loco.


Los labios que acariciaban mi cuello subieron lentamente. En algún momento las lágrimas habían comenzado a brotar, y él las lamió con insistencia. Gire la cabeza con urgencia, pero Barahan me sujetó firmemente de la barbilla.


—Justo así.


Su mirada, que se clavaba en mí mientras se acercaba, me cortó la respiración. Cerré los ojos con fuerza. De mis párpados cerrados no paraban de brotar lágrimas. No lograba entender en qué momento todo se había torcido. Para empezar, mi propia existencia era el error.


Aquellos espantosos días volvieron a mi mente. Todo me resultaba ajeno y aterrador, y yo no había sido capaz de oponerme. Originalmente, yo no era la persona que debía estar en este lugar.


Yo no era "Edel".


¿Desde cuándo había empezado a vivir como Edel?


El recuerdo de mi añorada habitación vino a mí. Abriendo paso entre los recuerdos difusos, mi verdadero hogar y mis amigos comenzaron a volverse nítidos. Mis memorias como "Kim Hye-jin", y no como "Edel", empezaron a expandirse. La luz del atardecer se filtraba a través de una pequeña ventana. La persona que miraba hacia el frente con la mirada perdida y apoyando la barbilla en la mano era completamente diferente a mi aspecto actual.

Cansada de la monotonía, en ese momento me encontraba jugando a un videojuego.


—¡Hye-jin! ¡Ven rápido a comer!


A pesar del llamado de mi amiga, me mantuve en silencio, concentrada únicamente en la pantalla cuadrada del monitor. Al poco tiempo se escuchó de nuevo su voz apremiándome, por lo que esta vez no tuve más remedio que responder.


—¡Ah, espérame un momento! Todavía no he llegado al punto de guardado.


—Déjalo ya y ven. ¿Quieres que nos comamos todo lo que hay aquí nosotras solas?


—Si se lo comen todo, se las verán conmigo.


—¡Yo no sé! ¡Si te tardas más, de verdad vamos a acabar con todo!


Debido a eso me entró la prisa y empecé a hacer clics consecutivos con el mouse. Para ser un juego Otome, tenía demasiados diálogos inútiles. Al fin y al cabo, el final seguro sería terminar teniendo sexo en la cama.


El juego que estaba jugando, dejando incluso de lado la comida, era «La chica que poseía al Emperador», un juego Otome para mayores de 18 años.


Juego Otome, o en otras palabras, un simulador de citas. Por supuesto, el que yo estaba jugando no era de chicas hermosas, sino de chicos guapos, pero bueno, da lo mismo.

Como se podía deducir desde el título, era un juego donde jugabas como la protagonista e ibas conquistando a los personajes de tu alrededor. El personaje jugable era, obviamente, una mujer, y al ser un harén inverso, aparecía un montón de hombres apuestos.


La protagonista femenina era la típica señorita de la nobleza, de rostro bonito y con un gran respaldo familiar. Y, como era de esperarse, la historia era el cliché de siempre: un sinfín de hombres cayendo rendidos a los pies de la protagonista gracias a toda esa lista de ventajas.


Desde el mismísimo emperador de la nación hasta el Papa, pasando por hombres bestia y semidemonios. Como todavía no había descubierto todos los eventos ocultos, no estaba segura de si ya habían aparecido todos los personajes masculinos, pero prácticamente se podía decir que cualquier hombre que valiera la pena terminaba enredado con ella.


No es que me encantaran los juegos Otome, pero eran perfectos para matar el tiempo cuando estaba aburrida. Al principio empecé a jugar sin tomarlo muy en serio, pero la dificultad fue aumentando tanto que terminó encendiendo mi espíritu competitivo.


Me había propuesto que hoy, sin falta, vería el final.


—Le he jurado mi vida a Dios, pero me es completamente imposible frenar este sentimiento. La amo, señorita Deia.


—Uf, por fin cayó el maldito Papa.


Con el rostro inexpresivo, me limité a seguir haciendo clic. Acababa de conseguir la confesión del Papa, quien, después del emperador, tenía el nivel de dificultad más alto entre los cuatro personajes principales. Como tenía una personalidad dócil y una forma de hablar muy dulce, parecía que caería fácil, pero contra todo pronóstico era un personaje difícil de conquistar. Quizás era por su profesión de Papa.


Como sea, me tomó un día entero conquistarlo. Tenía muchas ganas de ver el final de una vez, pero cada opción de diálogo estaba llena de trampas, lo que me había irritado bastante. Pero bueno, con esto ya sumaba cuatro victorias en mi harén. Ahora que el Papa se me había confesado, era el momento de ir a la cama. O tal vez, la escena subida de tono aparecería ahí mismo, dentro del templo.


Escuchando la melancólica música de fondo, esperé a la siguiente escena. Ya iba siendo hora de que saliera.


—Su Santidad... Yo, yo siento que esto es un pecado. Pero... ¡pero ya no puedo soportarlo más sin decírselo! Lo amo. Quiero estar en sus brazos.


Eso fue un auténtico jonrón. Ningún hombre rechazaría a una mujer que le pide que la sostenga con esa voz tan desgarradora. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en mis labios al pensar que, por fin, recibiría la recompensa por todas esas dolorosas horas de juego.


—Señorita... Ven aquí.


El Papa extendió su brazo y comenzó a acariciar el cabello rosa de la protagonista. Cuando la mujer, que se aferraba a él con desconsuelo, levantó la cabeza, el Papa le alzó suavemente la barbilla. Sus labios se fueron acercando cada vez más. Y entonces…


Clic.


—¿Eh?


Lo que apareció frente a mí, que miraba la pantalla con total emoción, no fue una candente escena para mayores de 18, sino una pantalla completamente negra. Me quedé estupefacta en el acto.


—¿Qué demonios...? ¡¿Por qué se apagó?!


—¡Ay, qué susto! ¿Por qué gritas de la nada?


—La computadora se apagó de repente. ¿Qué le pasa a esto así por así?


—Pfff... Te la pasas pegada a la computadora todo el santo día, ¿no será que se descompuso por eso?


Ahora que lo pensaba, la computadora había estado encendida durante tres días seguidos solo para correr el juego Otome. Aunque sentí una punzada de culpa por dentro, en lo único en lo que podía pensar en ese momento era en sí se habría guardado la partida.


Si no se había guardado, significaba que el día entero que invertí en conquistar al Papa se iría directo al caño. Habría sido, literalmente, una pérdida de tiempo. Con el corazón en un hilo, volví a presionar el botón de encendido, pero la computadora no dio señales de vida. 


Una risa llena de frustración escapó de mis labios.


—Se descompuso por completo…


—¡Ay, no puede ser! Qué mala onda. Te lo dije, si hubieras venido a comer pollo cuando te llamé, esto no habría pasado.


—¡Ya cállate!


Los días que le había dedicado al juego se habían esfumado. Estaba a nada de ver el final.

Sin embargo, el archivo perdido no iba a regresar. Con los hombros caídos, salí a la sala donde mis amigas se estaban devorando el pollo frito.


Me hice espacio para sentarme entre Sae-ra y Mi-jung, quienes estaban rodeando la mesa. Aunque se la pasaban soltando risitas, intentaron consolarme a su manera.


—¡Está bien! Si se descompuso la computadora, ¡pues te compras otra y ya!


—Es verdad. Tus príncipes del juego Otome no se van a ir a ningún lado. Además, ¿no es mejor volver a jugar para ver la escena candente desde el principio?


—Eso, no te pongas triste solo porque no pudiste ver la parte porno.


Retiro lo dicho. Esto no era consuelo, ¡se estaban burlando de mí! Con fastidio, agarré una pierna de pollo y le di un buen mordisco. Solo porque son mis amigas les paso esto, par de insoportables.


Sae-ra, Mi-jung y yo nos habíamos criado juntas en el orfanato desde que éramos niñas. Como a todas nos abandonaron a una edad muy temprana, se podría decir que casi no teníamos recuerdos de nuestros padres biológicos. Debido a eso, habiendo dependido las unas de las otras desde pequeñas para salir adelante, mis amigas eran personas sumamente valiosas para mí.


Poco después, tras habernos terminado tres pollos enteros, mis amigas y yo nos sobamos las panzas infladas con sonrisas de satisfacción. La plática se extendió por un buen rato y no fue sino hasta altas horas de la noche que se marcharon.

Me despedí de ellas agitando la mano mientras prometían volver al día siguiente, y luego regresé al interior de la casa. Me quedé sentada en medio del silencio que ahora inundaba el lugar y, tras rascarme la cabeza, me puse de pie.


«¿Debería comprarme una computadora nueva?».


Si quería comprar algo decente, me iba a costar una buena cantidad de dinero. Mientras calculaba los ahorros de mi cuenta bancaria, entré a mi habitación y noté que una luz se filtraba en medio de la oscuridad. La pantalla de la computadora, que creía descompuesta, estaba encendida.


—¿Qué onda? Esto volvió a prender.


Pensé que tal vez solo se había ido la luz por un momento, y me alegré al saber que me ahorraría ese dinero. Agarré el mouse y, al mover el cursor, apareció la pantalla de inicio del juego Otome que estaba jugando hace un rato.


«¿Se habrá guardado la partida?».


Ya era una suerte que la computadora hubiera encendido, así que si el archivo también se había guardado, sería genial. Con el corazón latiéndome con fuerza, moví el mouse. Pero en el instante en que hice clic para iniciar el juego, todo frente a mis ojos se volvió negro en un segundo. Fue una oscuridad absoluta.


¡Pum!


La sensación de mareo duró solo un instante, pero como ya había perdido el equilibrio, me tambaleé y caí al suelo. Debido al repentino impacto, no me resultaba fácil mover el cuerpo.

Incapaz de levantarme por completo, las yemas de mis fines de semana rozaron algo suave. Era una sensación completamente extraña. Pensando que algo andaba mal, abrí los ojos para comprobarlo y vi flores. Flores de mil colores que se mecían bajo la luz del sol. El lugar donde estaba tirada no era, para nada, mi oscura habitación.


El desconcierto me impidió pensar con claridad. Me quedé sentada allí durante un buen rato, inmóvil. Fue entonces cuando, de repente, escuché una voz humana. La voz suave de un hombre.


—Edel. ¿Te has hecho daño en algún lado?


Antes de que me diera cuenta, el hombre se había acercado a mí y me estaba tendiendo la mano. Aquel hombre, que llevaba su cabello plateado pulcramente atado, desprendía un aroma agradable. Su voz era considerada y su mirada afectuosa parecía dirigida exclusivamente a mí. Era un hombre al que jamás había visto en mi vida.


—No estás llorando.


—Ah…


—Qué buena niña, mi hija.


A pesar de su sonrisa bondadosa y de la gran mano que acariciaba mi cabeza, no pude devolverle la sonrisa. Después de todo, al menos hasta ese preciso instante, yo no era su hija.


Él era alguien sumamente tierno. Aquel hombre que me llamaba hija, el padre que me había levantado con un tacto tan suave… Al cruzarme con el afecto ciego que albergaban sus ojos azules, los recuerdos de este cuerpo comenzaron a emerger uno tras otro. Como si nos estuviéramos fusionando en uno solo. Edel Alteon. Ese era el nombre de mi nuevo cuerpo.


Al mirar hacia abajo sin pensar, vi que mis manos eran diminutas. Mi campo de visión era bajo. La memoria me susurró que el hombre al que miraba hacia arriba era mi padre.

A mí nunca me habían interesado los personajes femeninos de ese juego Otome para mayores de 18 que jugaba para matar el tiempo. No era la protagonista ni tampoco uno de los personajes masculinos a los que debía conquistar. Para mí, ella no era más ni menos que una rival amorosa que solo servía de estorbo para conquistar a los protagonistas.

Sin embargo, en ese momento, los recuerdos de esa misma rival comenzaron a reproducirse dentro de mi cabeza. Ante una situación que se desenvolvió en un abrir y cerrar de ojos, me quedé completamente estupefacta.


—Es una mentira…


Abrí la boca, aturdida. Sentía que había perdido el juicio por completo. Mi padre, a pesar de notar mi actitud inusual, se limitó a seguir mostrándose cariñoso. Era la primera vez en mi vida que recibía el afecto de una familia, y tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no romper a llorar.


Cuando volví en mí, me encontraba frente al espejo de mi habitación. La niña reflejada en el espejo también abrió la boca. Aquella pequeña de cabello plateado y ojos azules era hermosa. Me pellizqué la mejilla y, al sentir un dolor tan real, aparté la mano de golpe. No es que fuera "como la realidad". Era la realidad misma.


—Ah, ah…


Mi voz era pura y cristalina. Era una voz completamente diferente a la de Kim Hye-jin. Mucho más tierna, mucho más frágil. Kim Hye-jin ni siquiera era tan bonita como la niña del espejo. Y más que nada, ella no tenía un padre tan cariñoso. Mi respiración tembló ante este irreal sentido de la realidad. Al experimentar en carne propia la transmigración de la que solo había oído hablar, me tomó más tiempo de lo esperado aceptarlo como mi nueva realidad.


¡Zas!


Mi cabeza giró por el impacto. Antes de que pudiera siquiera sentir el escozor, me sujetó de nuevo la barbilla a la fuerza, obligándome a mirar de frente. Mis pensamientos, que hurgaban en el pasado, fueron arrastrados de vuelta al presente de golpe. Barahan me miraba con una sonrisa. Yo estaba estupefacta.


—¿Me acabas de golpear?


—Por fin me estás mirando.


Los ojos de Barahan se entrecerraron con una profunda sensación de satisfacción. Yo jadeaba, ahogada por el llanto.


—Barahan... yo... soy tu hermana.


—Jamás te he considerado mi hermana, Edel. No desde aquel día.


—.....


Me quedé sin palabras. Las lágrimas acumuladas en mis ojos comenzaron a rodar una tras otra. El puente de mi nariz ardía por el dolor. Quería al menos desviar la mirada, pero incluso eso era imposible debido a la firme fuerza con la que aprisionaba mi mandíbula.

Los ojos de Barahan, teñidos del color de la sangre, se sentían en este instante tan pesados como la muerte misma.


La bufanda que sostenía entre mis manos todavía estaba manchada con la sangre de mi padre. La realidad me recordaba una vez más su muerte. Una profunda aflicción oprimió mi corazón como una losa pesada. Apreté los puños con fuerza.


Tras observarme fijamente, Barahan me soltó la barbilla con brusquedad. Un jadeo ahogado escapó finalmente de mi garganta.


Me mordí el labio inferior.


—Padre... —murmuré, como si fuera un gemido.


—Prepárate bien para el banquete que se celebrará esta noche en el palacio imperial. No llores de forma tan indigna mostrando tus emociones frente a los nobles de bajo rango.


La voz del joven Barahan que alguna vez anheló afecto ya no estaba. En su lugar, ahora solo quedaba una voz grave e indiferente.


Dejándome sumida en el dolor por la muerte de mi padre, se dio la vuelta y se marchó.

Cuando la tensión se disipó, mis piernas perdieron la fuerza y caí de rodillas en el pasillo. En la espalda de Barahan, que se alejaba con pasos firmes y decididos, no se podía encontrar ni el más mínimo rastro de tristeza por haber perdido a su padre adoptivo.


Era verdad que el Gran Duque siempre había tratado a Barahan con frialdad.


«Después de todo, era un niño al que adoptó únicamente porque necesitaba un sucesor».


Pero aun así… Quería poner una excusa en nombre de mi padre, pero ya era demasiado tarde. Ahora que él había muerto, cualquier posibilidad de reconciliación se había esfumado.


Desolada, solo me dediqué a llorar. Barahan ya había completado la ceremonia de sucesión para convertirse en el jefe de la familia del Gran Duque. Y eso que apenas hacía nada de tiempo que yo me había enterado de la muerte de mi padre.


Cuando jugaba al juego Otome, la muerte del Gran Duque era algo que solo se mencionaba de pasada. Sin embargo, para mí, este lugar ahora no era un videojuego, sino la realidad.

Mi padre me había sostenido y ayudado a adaptarme cuando yo estaba confundida por esta situación tan irreal. Él fue mi primera familia, el único que me brindó un afecto sincero.


«¿Cómo fue que terminé tan profundamente involucrada en todo esto?».


Mis sollozos comenzaron a calmarse. Con dificultad, logré controlar mis emociones y me puse de pie. Detestaba que mi visión fuera tan borrosa y tambaleante.


La guerra había estallado cuando el Emperador descubrió un objeto sagrado que había desaparecido y reclamó su propiedad frente al Papa, quien exigía su devolución. Mi padre se había marchado a participar en esa guerra, solo para regresar convertido en un cadáver apenas un día después.


El Emperador, tal vez conmocionado por la muerte del Gran Duque, le entregó de inmediato el objeto sagrado al Papa. Esta noche, para conmemorar el fin de la guerra, se celebraría un banquete al que también asistiría el Papa.


Sí, ahora que lo pensaba, esta guerra no era más que un evento creado con el único propósito de establecer un punto de contacto entre la protagonista del juego, el Papa y el Emperador.


Cuando jugaba, la muerte del Gran Duque era simplemente el deceso de un extra que pasaba desapercibido. Por eso resultaba absurdo que ahora sintiera un dolor tan desgarrador, como si yo también fuera a morir.


—Hermana, ¿por qué no me miras?


A través de mi visión nublada por las lágrimas, recordé la escena del pasado en la que Barahan solía aferrarse a mí. El día en que pasé de tener veinte años a tener ocho. Sumida en el caos absoluto, rechacé bruscamente al niño que de pronto se me acercó llamándome "hermana".


Todavía recordaba con total claridad el rostro de Barahan, petrificado por la impresión.


—¡Lárgate! ¡Ni siquiera sé quién eres!


Cuando llevaba el nombre de Kim Hye-jin, yo era una huérfana sin familia. Al convertirme en Edel Alteon obtuve una, pero me resultó sumamente difícil aceptar este cambio tan repentino.


Rompí a llorar, me puse histérica y arrojé todas las piezas de porcelana que encontré a mi alrededor. Jamás olvidaría la atmósfera de aquel instante, mientras yo me cubría la cabeza como si me arrancara el cabello y Barahan me observaba con una mirada sombría.


El aire en ese momento se sentía tan denso que daba escalofríos. Por más que intentaba respirar, se quedaba pegado en mis pulmones con una molesta viscosidad. Ese día, Barahan terminó con una herida en la mano derecha debido a los fragmentos de porcelana rota.


Era algo que yo no sabía en ese entonces, pero al ser adoptado, Barahan había crecido sufriendo un sutil desprecio a pesar de tener el estatus de joven maestro. Sin embargo, parecía que Edel era la única que siempre lo había cuidado bien.


Por lo tanto, a partir de ese día, debió ser imposible para él adaptarse a la frialdad con la que comencé a tratarlo. Para él, debió ser un cambio de actitud completamente abrupto.


Yo no corrí hacia Barahan para pedirle disculpas como lo habría hecho la verdadera Edel, ni examiné su mano herida para curársela.


Yo simplemente no tenía la capacidad mental para preocuparme por nadie debido al impacto de haber transmigrado, pero para Barahan...


—Alguien de un origen tan diferente deseando el mismo trato... Es no saber cuál es su lugar. De seguro que nuestra bella señorita finalmente se dio cuenta de lo terrible que era esa sonrisa asquerosa. Nuestra hermosa princesa, tan hermosa de corazón. Ay, pobre de ella, qué lástima.


—Se parece tanto a la difunta Gran Duquesa que no es de extrañar que Su Gracia la favorezca tanto.


Solo después de escuchar los murmullos a mis espaldas me di cuenta del error que había cometido, pero no pude hacer nada para mejorar la situación. Yo era una persona bastante tímida. Especialmente con los chicos, no sabía cómo acercarme a ellos.


Además, me tomó muchísimo tiempo aceptar finalmente el nombre de Edel Alteon.


El Gran Duque me abrazaba cuando yo estaba sufriendo y limpiaba mis lágrimas. Me daba palmaditas en la espalda para consolarme. Incluso cuando yo rechazaba la comida, era él quien me daba la sopa en la boca con una cuchara.


Solo después de que pasó un año así, logré reconocer al Gran Duque como mi padre. Si no hubiera sido por la constante atención de ese padre tan cariñoso, habría sido imposible para Kim Hye-jin convertirse en Edel Alteon.


Sin embargo, para cuando logré aceptar esta vida como mía a duras penas, Barahan ya había cerrado por completo su corazón para mí.


—¡No te acerques ahora! ¡Aléjate!


Aproximadamente un año después de aquel primer día, Barahan me devolvió palabra por palabra el grito con el que yo lo había rechazado antes.


Tras buscar en mis recuerdos para encontrarlo, descubrí que vivía en una habitación tan precaria que resultaba increíble que estuviera dentro del castillo del Gran Duque. Ropa arrugada, cabello revuelto, un cuerpo sumamente demacrado y un ligero mal olor.


Aquel niño que era imposible creer que perteneciera a una familia noble. ¿Qué le respondí yo a esa voz que gruñía llena de espinas? Al final, frente a Barahan, que me miraba con cautela como un animal herido, no pude pronunciar ni una sola palabra. 


—Edel. Te dije que ni siquiera le prestaras atención a Barahan.


Y cuando regresé a mi habitación sin haber logrado nada, al ver a mi padre esperándome con una sonrisa, de pronto me di cuenta de algo. Que la relación entre ese niño y yo se parecía a la luz y la sombra.


A medida que la situación de ese niño se volvía más dolorosa, yo monopolizaba aún más la atención y el amor de la gente. Mi padre, el Gran Duque, era indiferente con Barahan, pero sumamente cariñoso conmigo.


La sensación de ser amada como el único objeto de afecto tenía un lado adictivo, como una droga.


Al parpadear, las lágrimas volvieron a caer.


—Padre…


Era una voz a la que ya me había acostumbrado bastante. Sin duda, ahora era la mía.


—No me perdone.



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—Señorita, ¿se encuentra bien? Su rostro está muy pálido.


Ah, solo entonces volví en mí y me esforcé por esbozar una sonrisa. La señorita Tercana me miraba con una expresión de genuina preocupación. En este momento, me encontraba en el salón de banquetes junto a Barahan. El banquete imperial, organizado para conmemorar el fin de la guerra.


Al darme cuenta de que sostenía una copa de vino en la mano, la dejé sobre la mesa. Me resultaba difícil ocultar el temblor de mis manos. A pesar de ser de noche, el salón estaba extremadamente iluminado. Por todas partes se escuchaban risas que ocultaban intenciones afiladas como cuchillos.


—Parece que me he mareado un poco por el alcohol.


—Si se siente agobiada, puede desahogarse conmigo…


—Estoy bien, señorita. Gracias por preocuparse por mí.


Por alguna razón sentí un vuelco en el estómago, así que decidí retirarme de ese lugar. La escena que había presenciado hace un momento volvió a mi mente: el Emperador expresando sus condolencias por el fallecimiento del Gran Duque, y Barahan arrodillado ante él, jurándole lealtad.


Ese rostro suyo, desbordante de fidelidad hacia el Emperador, me resultó verdaderamente ajeno. De pronto, recordé las acciones recientes de mi padre, quien había comenzado a perfilarse como una poderosa amenaza para el poder imperial.


Mis pensamientos se enredaron, convirtiendo mi mente en un caos total. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir. Los hechos que me habían sido imposibles de conocer antes de transformarme en Edel Alteon se iban conectando uno tras otro.


La extraña y obsesiva fijación de Barahan hacia Edel, una mezcla de amor y odio. En realidad, en el juego Otome, Barahan apenas tenía relevancia. Solo era el miembro de la familia de la rival amorosa, sin lazos de sangre con ella, y el guardián del Emperador. Eso era todo.


Como las terrazas estaban llenas de gente, decidí salir directamente al jardín. Lo hice con la intención de ordenar mis ideas, pero definitivamente no fue una elección inteligente. Claro, por un momento olvidé que este lugar era, originalmente, el universo de un juego Otome para mayores de 18 años. El jardín imperial, famoso por su gran belleza, ahora que la oscuridad lo cubría todo no era más que un hotel de paso de categoría.


Los hombres ultrajaban sin contemplaciones a las jóvenes nobles, quienes gemían conteniendo el aliento. Me quedé mirando fijamente el vaivén de la hierba, completamente atónita, hasta que por fin logré reaccionar.


Fruncí el ceño y apresuré el paso. Sin embargo, no tardé en congelarme en mi sitio al vislumbrar una cabellera rosa que reflejaba la luz de la luna.


«¿Cabello rosa? ¿La protagonista del juego original?».


Mi funesta sospecha no tardó en convertirse en puro pavor. Un gemido llegó a mis oídos; era una voz tan dulce que parecía destilar miel. En ese preciso instante, incluso el dolor por la muerte de mi padre quedó en el olvido.


La mujer de cabello rosa que yacía entre la maleza era Lys Deia. La mismísima protagonista de «La chica que poseía al Emperador», el juego Otome para mayores de 18 años.


Era un personaje de la obra original con el que, al no haber tenido ningún punto de contacto hasta ahora, jamás me había cruzado. Una joven de aspecto tierno, baja estatura y personalidad inocente, pero que, como buena protagonista de este tipo de juegos, poseía una sensibilidad erótica excepcionalmente alta.


Inevitablemente, mis ojos se cruzaron con sus pupilas verdes, las cuales estaban completamente desencajadas por el éxtasis.


«De verdad es la protagonista original».


Si es así, el hombre que está encima de ella, devorando los labios de Deia, tiene que ser sin duda Su Majestad el Emperador.


«El protagonista masculino principal, el Emperador Kalex».


Ver el sudor deslizándose sobre esos músculos perfectamente esculpidos en la vida real, y no en una ilustración, me hizo perder el hilo del pensamiento por un momento. Al recordar la ruta de Kalex, la que más me había desquiciado durante mis partidas, un gemido de frustración brotó de mí de manera natural.


A pesar de ser el protagonista principal, era un personaje famoso por ostentar un nivel de dificultad atroz. Un Kalex que se ganaba a pulso los insultos de los jugadores porque, al ser lo que llaman un yandere frío, mataba a la protagonista a la menor provocación.


A juzgar por su personalidad, en el instante en que se diera cuenta de que los había descubierto teniendo relaciones sexuales, podría ser rebanada por su espada en el acto y sin derecho a réplica.


Crac.


Di un paso atrás sin pensar. El suelo emitió un crujido. Al notar la presencia, Kalex volteó la cabeza y clavó su mirada en mí, que me había quedado allí parada como una idiota. Contuve la respiración.


—¡Ah, mmh! ¡Ah! ¡Majestad, más... más fuerte...!


La sangre se me congeló en las venas. Mi mente se quedó completamente en blanco, incapaz de formular un solo pensamiento.


Sin bajarse de encima de Deia, Kalex me barrió con la mirada de arriba abajo. El leve fruncimiento de su ceño delataba su profunda incomodidad.


Mientras que el lugar donde ellos estaban se encontraba oculto bajo la oscuridad de los arbustos, a mi alrededor no había nada que pudiera cubrirme. Era imposible que él no reconociera mi rostro, siendo yo la hija del Gran Duque. Incluso si escapaba en este mismo instante, él sería capaz de buscarme y matarme.


Sin apartar los ojos de mí, deslizó su lengua lamiendo el pecho inmaculado de Deia. Era una escena sumamente intensa y lasciva.


«Lárgate».


Los mismos labios que jugaban con la mujer se dirigieron a mí. Como si ese susurro silencioso fuera la señal de salida, me di la vuelta y me alejé de ahí a toda prisa. El sudor frío empapaba mi espalda. Sentía como si su mirada todavía estuviera clavada en mi nuca, por lo que no me atreví a mirar atrás ni una sola vez.


Huyendo frenéticamente, terminé llegando a la puerta trasera del salón de banquetes. Me llevé una mano al pecho, aliviada. Mi respiración agitada comenzó a calmarse gradualmente.


Estaba tan concentrada en recuperar el aliento que ni siquiera me percaté de que alguien se acercaba a mi lado.


—Edel.


Era una voz que denotaba una ligera sorpresa. Y como yo me encontraba en el mismo estado, di un brinco del susto al escuchar a Barahan y levanté la cabeza de golpe.


Barahan, quien ahora ostentaba el título de Gran Duque, me miraba con una expresión severa. Un pesado silencio me instaba a abrir la boca, pero de mi garganta solo salían débiles jadeos. Él se acercó a mí sin vacilar.


—Maldita loca.


Al ser la primera vez que escuchaba un insulto tan vulgar de su parte, mi cerebro no logró procesar el significado de inmediato. Esas pocas palabras flotaban de forma extraña en mi mente, como el aceite sobre el agua.


Jamás en mi vida como dama noble había escuchado algo semejante, y mucho menos me hubiera esperado un trato tan deplorable por parte de Barahan.


Él se mordió el labio y levantó la mano derecha. Aunque era una situación a la que no estaba acostumbrada, mi cuerpo, ahora más sensible, reaccionó por instinto: encogí los hombros y giré la cabeza. Sin embargo, el dolor que esperaba nunca llegó.


Barahan bajó la mano.


—¿Se puede saber qué demonios haces deambulando por ahí? Te dije claramente que hoy era un banquete importante.


Me reprendió con furia acorralándome con sus palabras, pero yo seguí sin poder articular sonido. Barahan me tomó del brazo con brusquedad y me arrastró de vuelta hacia el salón de banquetes. Solo cuando nos detuvimos en la entrada del salón, me soltó.


A través de la amplia entrada, los nobles que charlaban y reían nos miraban de reojo. Los refinados dedos de Barahan se deslizaron por mi cabello.


Con un tacto lento, afectuoso y suave, comenzó a arreglar mi aspecto desaliñado. En el momento en que sus manos rozaron la zona del escote de mi vestido para acomodarlo, el aleteo de los abanicos de las jóvenes nobles se volvió notablemente más frenético.


Sentí como si ya hubiera vivido una experiencia similar en alguna parte. Mi padre solía revisar los detalles de mi vestimenta antes de entrar a los salones de banquete.


Barahan, quien no se parecía en absoluto a mi padre, estaba imitando los gestos del difunto Gran Duque. Sin embargo, la sensación que transmitía cada uno era completamente diferente para mí.


—Si vuelves a escapar, no te va a gustar lo que pase, Edel.


Me susurró al oído en voz baja y luego se marchó del lugar sin mirar atrás. No tuve más remedio que dirigirme sola otra vez hacia el salón de banquetes. Varias mujeres que exhalaban un fuerte aroma a perfume se me acercaron sonriendo. Volví a cubrir mi rostro con la máscara de la serena hija del Gran Duque. Aunque la orquesta imperial interpretaba con esmero una melodía elegante, para mí no era más que ruido. Seguí bebiendo vino continuamente para calmar mi agitación.


Justo cuando le daba un trago a mi quinta copa, el Emperador regresó al banquete. El cuello de su ropa estaba sutilmente arrugado.


De vuelta en el lugar, Kalex se sentó en el asiento de honor con una expresión aburrida para recibir los saludos de los nobles. Sentí miedo de mirarlo, así que aparté la cabeza. En el centro del salón, el Papa conversaba con una sonrisa generosa.


«El personaje del Papa, Leonhardt, quien gozaba de una popularidad al nivel del protagonista masculino principal».


Al ver el rostro de Leonhardt, los recuerdos de hace un tiempo volvieron a inundar mi mente. Esos ojos azules y el cabello plateado engarzados en un rostro impecable. Él había sido el último personaje que intenté conquistar en el juego Otome.


Aunque los vestigios de mis recuerdos de hacía diez años eran borrosos, supe de inmediato que había un abismo de diferencia entre la pantalla del monitor compuesta por píxeles y el Leonhardt que estaba viendo con mis propios ojos. Él no era un simple dibujo atrapado en un monitor, sino que estaba vivo y respirando.

Haciendo honor a su cargo como la posición más cercana a Dios, él realmente se asemejaba a una deidad. Se sentía como si fuera capaz de perdonarlo y aceptarlo todo. Era una confianza inconsciente. De hecho, así era su personalidad en el juego Otome que jugué hace diez años. Era un hombre de profunda devoción que se doblegaba por completo ante Dios, entregándole todo, y jamás rechazaba a nadie.


Cuando jugaba como "Deia" e intentaba conquistarlo, llegué a atormentar a Leonhardt a un grado problemático, pero él nunca la rechazó. Bondadoso y misericoridioso, dejaba pasar con una sonrisa incluso las inmadureces de Deia, y al final terminó amándola. Ese era el tipo de personaje que era.


Los rostros de los clérigos bautizados que lo seguían también lucían serenos. En medio de este lugar tan mundano y complejo, eran los únicos que transmitían una sensación de purificación.


Casi hipnotizada, caminé siguiendo sus pasos.


—Su Santidad el Papa.


Mi voz al llamarlo temblaba demasiado, incluso para mi propio gusto. El Conde que estaba conversando con él me clavó la mirada, pero no me importó.


Incliné la cabeza en silencio para hacerle notar mi presencia. Al darse cuenta de que yo era la hija del Gran Duque, quien había sido sacrificado en esta guerra, Leonhardt colocó su mano sobre mi frente en una bendición silenciosa. Al comprender el significado del gesto, las lágrimas inundaron mis ojos. Sentía que iba a romper a llorar en medio del salón de banquetes, a la vista de todos. No me atrevía a levantar la cabeza agachada.


Como si hubiera comprendido mi situación, él cubrió mi rostro para ocultarme de las miradas y me guió lentamente hacia el exterior del salón de banquetes. Hizo que sus seguidores se retiraran y me llevó a una habitación silenciosa donde no había nadie. En cuanto la puerta se cerró y me di cuenta de que solo estábamos él y yo, las lágrimas que había estado conteniendo brotaron sin control. Lloré a solas, emitiendo dolorosos sollozos, incapaz de articular siquiera un sonido.


—Su rostro dice que tiene muchas cosas que quiere expresar, señorita.


Él comenzó a darme suaves palmaditas en la espalda mientras yo lloraba, incapaz de respirar adecuadamente. Su tacto terminó por romper la última barrera de contención que me quedaba.


Desde que había llegado a este lugar, nunca había podido vivir en paz. No podía revelarle a nadie que yo no pertenecía originalmente a este mundo, sino que era una persona de una dimensión completamente distinta llamada "Kim Hye-jin". Y eso incluía a mi padre, la única persona con la que había abierto mi corazón. Tenía pavor de confesarle que yo no era su verdadera hija. Me aterraba la sola idea de que él me abandonara si lo descubría.


Sin embargo, ahora que incluso mi padre se había ido, me había quedado completamente sola en el mundo. Ya no me quedaba nadie a mi alrededor.


—Mi padre... ha muerto. Y Barahan, no sé si se ha vuelto loco, pero me dice cosas muy extrañas. De verdad le tengo miedo. Siento que en cualquier momento me va a apuñalar con una espada y me va a matar…


Me entregué por completo al abrazo de Leonhardt mientras él me acariciaba la espalda. Su cuerpo firme se convirtió en mi apoyo por inercia y logró calmarme. El calor de otra persona desarmó por completo el estado de alerta en el que siempre me encontraba.


—Su Santidad... De verdad no sé qué hacer. Es exactamente igual a antes. Es espeluznante cómo se repite todo a cuando me convertí en Edel por primera vez. No, de hecho esto es mucho más terrible. Mi padre, el único que me protegía, ya no está, y he vuelto a ser una huérfana. ¿En qué se supone que deba confiar para seguir viviendo ahora? Su Santidad, por favor…


Sollozando, solté sin frenos todas las palabras que había guardado en lo más profundo de mi corazón. Ya ni siquiera era consciente de lo que estaba diciendo. Simplemente dejé salir todo de golpe, sacando a la luz cada una de las cosas que había soportado y escondido durante tanto tiempo. Solo con eso, sentí una inmensa sensación de liberación. Él se encargó de limpiar las lágrimas que no dejaban de empapar mis mejillas.


No sé cuánto tiempo pasó, pero estuve llorando y desahogándome durante varios minutos. Cuando logré recuperar un poco la compostura, me di cuenta de que seguía con el rostro hundido en su pecho. Al ver que mis sollozos disminuían, él me levantó la cara lentamente. Fue un tacto sumamente delicado, como si estuviera sosteniendo a una frágil mariposa.


—Señorita. Atreviéndome a ponerme en su lugar, la comprendo profundamente. Cuánto debe haber sufrido.


Lo miré con la vista perdida mientras una última lágrima rodaba por mi mejilla inmóvil. Leonhardt esbozó una pequeña sonrisa y, con la blanca tela de su manga, secó esa gota de llanto.


A pesar de que sus ropas ceremoniales ya estaban completamente empapadas y hechas un desastre, él no frunció el ceño ni mostró el más mínimo indicio de molestia. Sostuvo mi cabeza entre sus manos y comenzó a susurrar palabras de bendición.


Cerré los ojos y escuché sus plegarias. Mi respiración, que antes era agitada, comenzó a apaciguarse. Para cuando sus oraciones terminaron, yo ya había recuperado casi por completo la cordura. Tras haber desahogado sin frenos todas esas emociones que se habían acumulado en mi interior, lo único que me quedó fue una profunda vergüenza y culpa. Me sentía sumamente agradecida con él por haber comprendido mi lamentable estado. Mis mejillas se tiñeron de rojo.


—Lo... lo lamento tanto. Me preocupa haberle causado demasiadas molestias a alguien tan ocupado e importante como usted...

Él guardó silencio por un momento, observándome con detenimiento como si me analizara a fondo, pero en cuanto nuestras miradas volvieron a cruzarse, esbozó una extraña sonrisa.


—...Tengo planeado quedarme aquí por un tiempo. Así que, señorita, espero que venga a buscarme cada vez que se sienta abrumada.


Agradecí sus palabras y fui la primera en abandonar la habitación. Él demostró ser una persona considerada hasta el último momento. Sentí como si la parte más marchita de mi corazón se hubiera purificado, aunque fuera solo un poco. De repente, llegó a mis oídos el eco de un gran alboroto. Como ya era hora de que el banquete terminara, el salón se encontraba envuelto en un caos de voces. Di la vuelta y caminé de regreso hacia ese vertedero.



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Tras el cierre del interminable banquete, el Papa Leonhardt entró a la habitación del Emperador y tomó asiento de forma relajada. Se reclinó en la silla y sacó una copa. Al servirse un trago del whisky imperial y darle un sorbo, la sensación que acarició su paladar fue sencillamente espléndida. Sin duda, era un licor digno de ser una ofrenda para el Emperador.


—Te hace falta aprender modales básicos, Papa.


Leonhardt levantó la copa, hizo girar el líquido con un suave movimiento y saboreó el aroma una vez más. Desde su posición, pudo ver a Kalex, quien lo observaba apoyado de lado contra la pared. Su rostro carente de expresión hacía imposible adivinar lo que estaba pensando. Leonhardt entrecerró los ojos con una sonrisa.


—¿Acaso no es una buena experiencia probar el licor del Emperador al menos una vez?


—El problema es que yo nunca te di permiso para hacerlo.


Kalex se quitó la prenda superior que llevaba puesta y la arrojó despreocupadamente sobre el sofá. Acto seguido, se sentó justo enfrente de Leonhardt, tomó otra copa y se sirvió un trago. Sin siquiera detenerse a disfrutar del aroma, Kalex se tomó el licor de un solo golpe. 


Leonhardt soltó una pequeña exclamación de asombro.


—Más bien me alegra pensar que tengo la influencia suficiente como para arruinarle el humor al emperador… ¿No cree que está mostrando demasiado abiertamente su agitación? 


—Maldito pervertido.


—¿Acaso esta no era una reunión para celebrar que ambos obtuvimos lo que deseábamos? ¿O es que no está satisfecho con lo que ha conseguido?


Era todo un espectáculo ver al supuesto representante de Dios empinar la botella de whisky una y otra vez sin la menor vacilación. Aunque Leonhardt pretendía hablar con cortesía, sus palabras distaban mucho de ajustarse a la etiqueta debida al tratar con Kalex.


Sin embargo, Kalex era igual de descortés con Leonhardt, por lo que estaban a mano. Como Kalex había sido un ser supremo desde el día en que nació, ahora que lo pensaba, eran contadas las personas con las que podía conversar de igual a igual.


Así como Kalex era el dueño del Imperio, Leonhardt era el legítimo soberano del Estado Santo. Leonhardt se podía permitir tratar con condescendencia incluso al Gran Duque del Imperio. Dado que el Gran Duque era el noble de mayor rango, todos los demás aristócratas se encontraban, en términos de estatus social, por debajo de Leonhardt.


Kalex echó la cabeza hacia atrás y clavó una mirada inexpresiva en el clérigo de cabello plateado. Luego, curvó ligeramente la comisura de sus labios en una sonrisa.


—No, el resultado fue satisfactorio. Al fin y al cabo, pudimos deshacernos de ese molesto Gran Duque.


—Barahan Alteon... Ese hijo adoptivo finalmente se convirtió en el próximo líder de la familia.


—Ese era el trato desde el principio.


Kalex recordó a Barahan, quien había ido a buscarlo antes de que el difunto Gran Duque marchara a la guerra. Tras enterarse de la disputa entre Kalex y Leonhardt por el objeto sagrado, Barahan había solicitado una audiencia con el Emperador en absoluto secreto.


A diferencia de lo que Kalex esperaba, que era escuchar meras tonterías, se sintió sumamente intrigado por las palabras que salieron de la boca de Barahan.


—Si Su Majestad me garantiza la sucesión como el próximo líder de la familia del Gran Duque, le ayudaré a deshacerse de él.


Para Kalex, la propuesta de Barahan resultó bastante atractiva. En aquel entonces, el poder del Gran Duque estaba creciendo a un nivel que ya resultaba molesto para sus intereses.


Sin embargo, Barahan había jurado que, si se convertía en el próximo Gran Duque, le profesaría una lealtad absoluta. Reemplazar al noble de más alto rango por alguien que se ajustara mejor a sus preferencias era un movimiento que, indudablemente, fortalecería el poder imperial.


En realidad, la disputa por el objeto sagrado entre Kalex y Leonhardt que el mundo presenciaba no era más que una farsa. O mejor dicho, al principio sí existieron tensiones cuando el artefacto cayó en manos de Kalex, pero poco después, ambos conspiraron en secreto para beneficio mutuo.

Los nobles creían que la guerra había estallado debido a la escalada del conflicto por el objeto sagrado, pero todo había sido un simple teatro. Una cortina de humo para asesinar al Gran Duque. Al ver a Barahan presentarse por iniciativa propia para ofrecer la vida de su padre adoptivo, a Kalex se le ocurrió una excelente jugada. Le parecía un desperdicio entregarle el objeto sagrado tan fácilmente a un zorro viejo como Leonhardt.


Por esa razón, hizo un trato con él. Kalex provocaría una guerra falsa con Leonhardt para deshacerse del Gran Duque. A cambio, Leonhardt exigió compartir a Deia. Tener que compartir a la mujer con la que tanto se estaba divirtiendo últimamente era bastante desagradable, pero en ese momento, para Kalex, la existencia del Gran Duque resultaba mucho más molesta. Al final, Kalex había accedido a esa demanda.


—Hace un momento vi a la señorita de la familia Alteon —comentó Leonhardt con total indiferencia, como al pasar.


Solo al escuchar esas palabras, Kalex recordó de pronto a Edel. Aquella mujer que lo observaba a escondidas mientras disfrutaba de su encuentro secreto con Deia. El pánico absoluto reflejado en sus ojos había resultado interesante.


—Si te refieres a Edel, estuvo observando con mucha atención cómo me follaba a Deia. Su mirada era como si estuviera rogando que yo también se lo metiera. Después de todo, Deia no paraba de llorar del placer diciendo lo mucho que le gustaba mi enorme polla.


—... ¿Ah, sí? Frente a mí estuvo llorando mientras se aferraba profundamente a mi pecho, pero veo que es una zorra en celo más de lo que imaginaba. 


Leonhardt rió comentando que todos los miembros de la familia del Gran Duque eran sumamente memorables, y Kalex estuvo de acuerdo en cierta medida con esa apreciación. En todo el sentido de la palabra.



❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿




El día del funeral de mi padre, llovió.


Era como si la aflicción se hubiera disuelto en el aire. Debido a la densa humedad, incluso el interior de la fría catedral se sentía sumamente incómodo.


Tal vez yo no era la única desconcertada por la repentina muerte de un Gran Duque tan influyente, ya que la mayoría de los nobles que asistieron al funeral mostraban rostros sombríos. La saliva se acumuló en mi boca. Como me molestaban los párpados hinchados, bajé un poco la mirada. Dentro del ataúd debía de yacer el cadáver de mi padre, cuyo cuerpo ya era difícil de reconocer. Sentía náuseas, abrumada por el penetrante olor a crisantemos que flotaba en el ambiente. El vestido negro, completamente ceñido al cuerpo, se sentía pegajoso y molesto; deseaba con todas mis fuerzas arrancármelo y tirarlo lejos.


Como notaba que las miradas de la gente se concentraban disimuladamente en mí, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar mi expresión y aparentar calma y serenidad. Aunque las lágrimas ya no brotaban, mi estómago, fiel a sus reacciones fisiológicas, protestaba con dolores intermitentes.


Muchos nobles habían viajado a toda prisa incluso desde remotas provincias al enterarse de la muerte en combate del Gran Duque. Un murmullo silencioso pero constante llegaba a mis oídos.


En el centro de la sala, Kalex mantuvo una expresión de aburrimiento durante todo el discurso del sacerdote. A su lado, Barahan, convertido ahora en el nuevo Gran Duque, permanecía inmóvil y sin emoción alguna, custodiándolo como un perro fiel.


Deia, quien asistió junto a Kalex, me divisó y caminó con elegancia hacia mí. Su cabello rosa definitivamente destacaba, pero al estar cubierto por un sobrio velo negro, le daba un aspecto puro y refinado. Era una mujer que cautivaba la atención de los demás con un encanto melancólico y fresco.


De repente, Barahan levantó la cabeza y miró en mi dirección. Por puro instinto, mi rostro se puso completamente pálido.


—Señorita, es la primera vez que me presento formalmente ante usted.


La mujer que me tomó del brazo era Lys Deia, la protagonista del juego Otome. Intenté forzar una sonrisa por cortesía, pero me resultó difícil bajo el peso de la tristeza.


—No sé con qué palabras consolarla... Si alguna vez lo necesita, por favor venga a buscarme. Aunque, por supuesto, estoy segura de que el actual Gran Duque cuidará muy bien de usted.


Sentí la boca tan seca como si estuviera llena de arena. Intenté despegar los labios, pero volví a cerrarlos. Kalex nos barrió a ambas con una mirada intensa. Sabía que su único interés era Deia, pero me resultaba sumamente incómodo quedar atrapada bajo su escrutinio junto con ella.


Deia me soltó el brazo. Al percatarse de la atención de Kalex, se dio la vuelta y le dedicó una leve sonrisa con los ojos. Ante esa natural seducción, Kalex dejó escapar una pequeña risa de complacencia.


Qué demonios creían que estaban haciendo en el funeral de mi padre. La fuerza regresó a mis palmas, que antes colgaban flojas y sin vida, y mis manos se cerraron en puños por sí solas. Claro, el mundo en el que vivía no era más que el universo de un juego Otome.

La única razón por la que mi padre había muerto era para que Deia pudiera involucrarse con hombres atractivos.


Una oleada de furia y frustración sin un objetivo claro me subió por la garganta. Mientras luchaba internamente y contenía el aliento para recuperar el control de mis emociones, de repente me topé con la mirada de Kalex. Al darme cuenta de que tenía el ceño fruncido, me sobresalté.

Una evidente curiosidad asomó en los ojos de Kalex, que hasta hace un momento reflejaban aburrimiento. En ese breve instante en que nuestras miradas se entrelazaron, sentí como si me hubiera absorbido por completo y hubiera sido capaz de leerme el pensamiento.


El pánico me oprimió el pecho, dificultándome la respiración. Siguiendo mi instinto, aparté la vista y bajé la cabeza. Me mordí levemente el lipio, temiendo que si volvía a levantar la mirada me encontraría de nuevo con los ojos de Kalex.


—Majestad, con su permiso por un momento.


La voz de Barahan llegó desde la distancia. Levanté la cabeza. Como era de esperarse, mis ojos se cruzaron otra vez con los de Kalex.


Deia, que le sonreía coquetamente al Emperador.


Barahan, que avanzaba a pasos firmes con la intención de acercarse a mí.


Y la multitud de nobles que asistía al funeral.


Con toda esa gente de por medio, por un instante sentí como si Kalex y yo fuéramos los únicos seres vivos en el lugar. Di un paso atrás sin pensarlo y me di la vuelta por completo. El mural de demonios pintado en el alto techo de la catedral parecía apuntarme con el dedo, acusándome de no ser un ser humano de este mundo.


Sin duda era una ilusión, pero en ese momento, Barahan, que intentaba acercarse a mi posición, me pareció un demonio. Aquella atmósfera lúgubre y árida me sumió en una profunda confusión.


Me fue imposible pensar de manera racional. Escapé. El padre que me había ayudado a aceptar el nombre de Edel Alteon ya no existía en ningún rincón de este mundo. Jamás imaginé que su ausencia llegaría a asfixiarme de esta manera.


Ah, ah. Los jadeos salían entrecortadamente de mi boca. La lluvia caía de forma lúgubre. Cómo deseaba poder escapar de esta deprimente realidad. Me resguardé bajo el borde del tejado para evitar el agua, encorvando la espalda mientras intentaba regular mi respiración.


Había salido corriendo porque sentía que no podría contener las lágrimas, pero estas no brotaron. En su lugar, un nudo sofocante cobró fuerza en mi pecho, asfixiándome. De repente, escuché pasos frente a mí. Al levantar la cabeza, me encontré con Kalex.


Mi cuerpo se congeló por la tensión. ¿Por qué estaba él aquí? Kalex ni siquiera se molestaba en protegerse de la lluvia que caía. Simplemente se limitaba a observarme en silencio mientras yo intentaba recuperar el aliento.


—Es exactamente igual a esa vez —murmuró con lentitud.


Solo entonces volví en mí. El tacto helado de sus manos me resultó ajeno.


«¿Esa vez?».


Kalex frunció levemente el ceño, como si estuviera escarbando en el pasado. Yo tenía una idea de a qué se refería, pero jamás imaginé que lo sacaría a relucir de una forma tan directa.


Me quedé atónita por un momento ante la pura curiosidad que reflejaban sus ojos. Por eso, incluso cuando puso su mano sobre mi mejilla, permanecí allí parada como una estúpida. Conociendo su personalidad, mi propio instinto me advertía que no debía oponer una resistencia abierta.


En el juego Otome, Kalex solía tomar por la fuerza a cualquier joven noble o dama de la alta sociedad siempre que le apetecía. Su mentalidad era que, dado que se trataba de un encuentro íntimo con el mismísimo Emperador, debían considerarlo un absoluto honor.

Lo había olvidado por un momento. Yo había transmigrado en el cuerpo del personaje que actuaba como la rival amorosa de la protagonista. Quizás era natural que mi sola presencia despertara un sutil interés y curiosidad en los protagonistas masculinos.


Las pupilas negras de Kalex reflejaban la silueta de una mujer temblorosa. La mano que antes acariciaba mi mejilla ahora envolvía mi mandíbula. Un escalofrío me recorrió toda la columna vertebral. Sabía que si no hacía nada terminaría siendo tratada como un simple juguete, pero mi cuerpo seguía paralizado, negándose a responder.


«No te involucres con él», me susurraba mi instinto de supervivencia. Sin embargo, ya era demasiado tarde para huir. El corto cabello rubio de Kalex, empapado por la lluvia, brillaba de forma lúgubre bajo la opaca luz del día.


Antes de que pudiera siquiera girar la cabeza hacia un lado, algo suave presionó contra mis labios. Su lengua se abrió paso a través de ellos sin pedir permiso. Pude sentir su respiración invadiendo mi boca. Esa masa de carne firme y larga comenzó a remover mi interior a su antojo, mientras el agarre brutal de su mano mantenía mi mandíbula fija en su lugar. Me fue imposible evitar jadear ante la falta de aire; era una fuerza mayor. Aquel beso, que se sentía como si pretendiera devorarme por completo, era tan salvaje que no mostraba el más mínimo rastro de consideración. Hasta el punto de hacerme sentir que estaba siendo dominada y conquistada de la manera más primitiva.


Su rostro, inclinado y pegado al mío, rebosaba de una total autosuficiencia. Me miraba como quien contempla algo sumamente entretenido. Ante aquel hombre poderoso que tenía mi vida entre sus manos y se burlaba de mí, fui incapaz de oponer la menor resistencia.


«Mi primer beso... y pasa de esta manera».


A pesar de que mi reacción no difería de la de una muñeca de madera, él parecía estar aún más complacido por ello. Se notaba que disfrutaba de la inocente e inexperta primicia de una mujer.


Tras quedarme atónita durante un largo rato, reaccioné tardíamente por el pánico y le mordí la lengua con fuerza. El sabor a sangre inundó mi boca.


Mi mente, entorpecida por el impacto, apenas lograba procesar lo que ocurría.


Solo entonces Kalex se apartó. Mantuve la mirada perdida en el vacío. Pude ver cómo él fruncía ligeramente el ceño mientras pasaba la lengua ensangrentada por el interior de su boca.


Pensé que iba a morir. Había tenido la osadía de herirlo; era una auténtica locura. Sin embargo, tal como una serpiente que asfixia a su presa y de pronto la suelta, él deslizó su mano fuera de mi mandíbula poco a poco.


Esos eternos segundos en los que esa gélida sensación desaparecía me resultaron espeluznantes. Él me miró desde arriba con total indiferencia. Yo me había quedado completamente petrificada. Y un instante después, mis ojos se cruzaron con los de Barahan, quien nos observaba desde la distancia con una expresión endurecida.


Kalex pareció percatarse de la mirada de Barahan, ya que, adoptando una fachada imperturbable como si nada hubiera pasado, se retiró del lugar con total parsimonia. Barahan comenzó a avanzar lentamente, cruzando aquel espacio envuelto en un silencio sepulcral para acercarse a mí.


Por una razón que desconocía, el terror se fue apoderando de mí cada vez más. ¿Desde dónde nos estaba mirando?


¿Acaso lo había visto todo?


Barahan no tardó en resguardarse bajo el tejado junto a mí y me dedicó una sonrisa. Mi cuerpo temblaba sin control debido a la ansiedad. A lo lejos, la gente seguía pasando de un lado a otro. Unas lágrimas ardientes comenzaron a rodar por mis mejillas.


Ni siquiera sabía en qué momento había empezado a llorar. Simplemente, al llevarme las manos al rostro, noté que mis palmas se habían empapado por completo.


—Maldita puta. ¿Ya estás seduciendo a otro hombre tan pronto?


Barahan pronunció ese vulgar insulto con un tono perezoso, mientras mantenía una sonrisa afectuosa, como si en realidad estuviera intentando consolarme.


—De verdad me pregunto dónde aprendiste una naturaleza tan vulgar…. 


Barahan dejó la frase inconclusa. Sin embargo, a pesar de chasquear la lengua con fastidio, me tomó de la muñeca con delicadeza. Y acto seguido, me guió de vuelta hacia la capilla ardiente.



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De regreso en el palacio imperial, Kalex se cambiaba de ropa mientras recibía las atenciones de las sirvientas. Rememoraba a solas la sensación en su lengua, trayendo a su mente a la Edel que había visto hoy.


Una mujer que, cuando la besó por mera curiosidad, se quedó atónita durante un largo rato para luego, de forma insolente, morderle la lengua. Había sido la única distracción que valió la pena rescatar de aquel aburrido funeral. Aunque le enfureció que lo hubiera mordido con la fuerza suficiente como para hacerlo sangrar, decidió dejarlo pasar porque su expresión aterrorizada le había parecido adorable.


Ahora que lo pensaba, la mirada con la que Barahan observaba a Edel no era para nada común. Kalex hizo un gesto perezoso con la mano para despedir a las sirvientas y hundió su cuerpo profundamente en la silla.


El actual Emperador, Kalex Pendragon, también había tenido una época en la que fue simplemente un príncipe imperial. Y en ese momento, logró recordar el primer día que conoció a Edel.


Aquel día se celebraba el baile por su decimocuarto cumpleaños. La hija del Gran Duque Alteon, sobre quien habían estado circulando extraños rumores últimamente, lucía una expresión casi idéntica a la de alguien que ha perdido el juicio. Según había escuchado, ¿no afirmaba ella misma que no era Edel Alteon? Decían que, de un día para otro, se había vuelto loca de repente.


Entre la gran cantidad de jóvenes damas y herederos nobles que merodeaban frente a él para llamar su atención, Edel era la única que parecía no tener el más mínimo interés en Kalex. Quizás por eso, su mirada no dejaba de desviarse hacia ella una y otra vez.

Kalex estaba empezando a cansarse de las felicitaciones y los repetitivos elogios de aquellos que se desvivían por ganarse su favor. Así que, aunque solo fuera para mitigar el aburrimiento, comenzó a observar a Edel.


El cabello plateado que demostraba su linaje con la familia Alteon y unos ojos azules que brillaban de forma quimérica. Su piel, pálida hasta un punto casi enfermizo, combinaba con su cabello plateado meticulosamente peinado, haciéndola lucir aún más irreal.


Era una hermosa niña de apenas nueve años. A pesar de ostentar el estatus de hija de un Gran Duque, parecía no tener ni una sola amiga cercana, ya que durante todo el tiempo que la estuvo observando, no la vio cruzar palabra con nadie.


Kalex recordaba que, en medio de todo aquello, Barahan era el único que no podía apartar los ojos de Edel.


Habiendo asistido en calidad de joven maestro, Barahan se había pasado ese día revisando su vestimenta a cada momento, con una expresión rígida e incómoda, como si llevara un traje que no le pertenecía. Kalex ya estaba al tanto de la posición que Barahan ocupaba dentro de su propia familia gracias a los rumores.


Decían que los Alteon rechazaban a Barahan a pesar de ser un hijo adoptivo reconocido formalmente por la Santa Sede y, en su lugar, consentían con devoción a Edel por el enorme parecido que guardaba con el rostro de la difunta Gran Duquesa. Quizás por eso.


Incluso cuando Barahan se desplomó vomitando sangre tras beber del té, sus propios sirvientes se limitaron a observar la escena con rostros estupefactos.


Como Kalex había estado expuesto a incontables intentos de asesinato desde su infancia, supo de inmediato que el té que Barahan había ingerido estaba envenenado, y que originalmente estaba destinado a matarlo a él.


Las jóvenes nobles comenzaron a gritar despavoridas al ver la sangre que Barahan había escupido, y un heredero de corazón sensible incluso rompió a llorar. En un abrir y cerrar de ojos, el salón de banquetes se convirtió en un auténtico caos.


Sin embargo, para Kalex, ese fue el primer momento en que realmente se divirtió en medio de una fiesta que hasta entonces había sido desesperantemente aburrida. Dejó con calma la taza de té de la que planeaba beber y se dedicó a observar la reacción de Edel.


—Tengo que ayudarlo...


Edel murmuró aquello en voz baja mientras miraba a Barahan, pero no hizo el menor intento por acercarse a él. Con la lengua paralizada por el efecto del veneno, Barahan ni siquiera podía pedir auxilio; solo se retorcía en el suelo tras haber colapsado.


Los ojos de Barahan estaban fijos únicamente en Edel. Como si le suplicara que lo salvara, por favor. ¿Y qué fue lo que hizo Edel a pesar de ver a Barahan en ese estado? Desvió la mirada, ignorando esos ojos que reflejaban una confianza ciega.


Por alguna razón, era una situación que casi le provocaba risa. Kalex pudo leer una evidente confusión y agitación en Edel. Ella simplemente se había quedado inmóvil porque, en realidad, no tenía la menor idea de qué hacer.


Sin embargo, para un Barahan sumido en el pánico absoluto, aquello solo sirvió para acumular resentimiento y malentendidos hacia Edel. Ella comenzó a retroceder hasta quedar cerca de los ventanales.


Por tal motivo, Kalex, que no le quitaba los ojos de encima a Edel, también fue el primero en notar la flecha que salía disparada a través de la ventana, directo hacia la espalda de la niña.


El cuerpo de Kalex se movió antes de que pudiera procesarlo. Por instinto, la tomó en sus brazos y rodó con ella por el suelo. La flecha, que entró rompiendo el ventanal, terminó clavándose no en Edel, sino en la sirvienta que estaba parada justo detrás de ella.


Un grito agudo resonó en el lugar antes de apagarse abruptamente. La sirvienta se desplomó allí mismo. Como la flecha estaba impregnada de veneno, al no recibir un antídoto, no pudo resistir mucho tiempo y falleció.


Era una época en la que la disputa por el trono imperial se encontraba en su punto más feroz, justo antes del nombramiento del Príncipe Heredero. Más tarde se revelaría que aquello había sido un intento de asesinato fallido dirigido contra el tercer príncipe, Kalex quien perfilaba como el candidato más fuerte, y contra la familia Alteon, que lo respaldaba.


—¿Estás bien?


—... ¿Su Alteza Real?


La nuca de Edel, donde sus labios habían rozado por una fracción de segundo, exhalaba un aroma a rosas. Protegida en el regazo de Kalex, ella abrió desmesuradamente sus ojos por la sorpresa. Al sostenerla directamente entre sus brazos, Kalex sintió que Edel era demasiado ligera y pequeña.


Los cabellos plateados que rozaban las yemas de sus dedos también ondeaban con una suavidad extrema. En el instante en que una emoción se dibujó por primera vez en los ojos de Edel, mientras ella yacía bajo él mirándolo hacia arriba, Kalex experimentó una extraña sensación de plenitud.


La gente no paraba de gritar ante la lluvia de flechas que comenzó a caer indiscriminadamente. Incluso en medio de ese caos, no hubo un solo miembro de la familia del Gran Duque que intentara proteger a Barahan, quien seguía colapsado y sangrando en el suelo, por lo que los caballeros imperiales tuvieron que hacerse cargo de escoltarlo en su lugar.


Kalex apretó una vez la delgada cintura de Edel, la cual abarcaba con una sola mano, antes de soltarla. El rostro de la niña estaba increíblemente pálido y parecía ni siquiera comprender lo que estaba sucediendo.


Los jóvenes herederos y damas nobles que habían asistido a la fiesta fueron evacuados bajo la protección de los caballeros. Edel también fue escoltada por los guardias de regreso al castillo del Gran Duque, mientras que Barahan fue subido a un carruaje en segundo plano.


—... Ya es hora de darle una lección de jerarquía a esos bastardos que ladran sin distinguir el lugar, y dejarles claro quién es su dueño.


Murmuró Kalex mientras observaba los restos de las flechas clavadas por todo el salón de fiestas ahora vacío. Ya intuía de sobra quién era el autor intelectual detrás del ataque. Sin embargo, no esperaba que fueran tan insolentes como para no conocer su lugar.


El caótico intento de asesinato en la fiesta de cumpleaños de Kalex pareció cerrarse de esa manera. Más que nada porque, en aquel entonces, su padre, el Emperador, intentó tapar el asunto y mantenerlo en secreto.


Que el Emperador apoyaba implícitamente al primer príncipe era un hecho que cualquiera con el más mínimo vínculo a la familia imperial conocía. Y ese respaldo, antes silencioso, comenzaba a hacerse cada vez más evidente a los ojos del mundo. El simple hecho de que un intento de asesinato, que antes se perpetraba solo en las sombras, se hubiera llevado a cabo en una fiesta tan expuesta demostraba lo confiados que se sentían.


Por lo tanto, Kalex no podía dejar pasar este asunto de largo. Y entonces, estalló un incidente más. El carruaje que transportaba al herido Barahan hacia el castillo del Gran Duque fue atacado por unos asaltantes desconocidos. En ese tiempo, la familia Alteon apoyaba al tercer príncipe Kalex, por lo que el significado detrás del secuestro de Barahan era evidente.


Los criminales que habían secuestrado a Barahan enviaron una carta secreta proponiendo una reunión directa con el Gran Duque para negociar su liberación. Sin embargo, la respuesta de la familia del Gran Duque debió de ser bastante inesperada para ellos.


Aunque los secuestradores enviaron amenazas afirmando que le harían daño a Barahan, el Gran Duque mostró una reacción sumamente tibia. Como si la vida o la muerte del joven amo no tuviera ninguna importancia. 


Y lo mismo iba para Kalex, a quien le daba absolutamente igual si Barahan moría o no. No obstante, Kalex le dijo al Gran Duque que él iría en su lugar a encontrarse con los asaltantes.


Como era de esperarse, su objetivo no era salvar a Barahan. Estaba claro que el autor detrás del secuestro era el primer príncipe. Su plan era atacar a los criminales pretendiendo ser el Gran Duque, quien supuestamente iba al rescate preocupado por su hijo.


Por supuesto, todo el operativo se llevó a cabo en absoluto secreto para que nadie se enterara. El primer príncipe debió de asumir que Kalex estaba encerrado en su habitación, consumido por el pánico tras el intento de asesinato previo. Por esa razón, cuando Kalex se presentó personalmente acompañado de asesinos para matar al primer príncipe, este se encontraba cenando tranquilamente con su esposa. Justo frente a la mesa del primer príncipe, Kalex le cortó ambos brazos a la princesa consorte.


La sangre brotó a chorros, salpicando la comida que estaba sobre la mesa. Soltando un grito desgarrador que parecía romper los tímpanos, la esposa del príncipe cayó de la silla y comenzó a retorcerse en el suelo.


Al presenciar toda la escena, el primer príncipe, con el rostro completamente pálido, levantó la mirada hacia Kalex. Era un espectáculo sumamente satisfactorio.


—Eres demasiado descuidado y estúpido como para convertirte en Emperador, hermano.


—¡Cállate, maldito demonio!


—¿Y ya me llamas demonio por una simple acción como esta? ¿Cómo pretendías albergar al Imperio en un recipiente tan pequeño como tu mente? Ni siquiera conoces tu lugar.


—¡Cómo te atreves a hacerle esto a tu cuñada! ¡Tú... tú... maldito bastardo sin pizca de humanidad, pedazo de escoria!


Esas palabras se convirtieron en las últimas del primer príncipe. Kalex metió las cabezas decapitadas del primer príncipe y de su esposa en un saco, y ordenó a sus subordinados que se las llevaran a los demás príncipes para que también las vieran.


La residencia, que antes estaba inundada de gritos, quedó sumida en un silencio sepulcral en un abrir y cerrar de ojos. Kalex se disponía a dar la vuelta para regresar al palacio imperial cuando, de pronto, aguzó el oído al escuchar un gemido. Fue entonces cuando recordó algo que había olvidado por completo.


«No tengo por costumbre ir rescatando hombres, pero...».


Al apartar la cortina, encontró a Barahan atado de pies y manos, gimiendo lastimeramente. Parecía que de alguna manera le habían administrado un antídoto para mantenerlo con vida, pero su aspecto era tan demacrado que daba la impresión de que moriría en cualquier momento.


Aquellas pupilas que antes miraban al vacío, perdidas y sin rastro de cordura, recobraron la chispa de la vida al descubrir a Kalex. Pronto, sus ojos se inundaron de lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas, pero a Kalex ni siquiera le importó.


—Por favor... Su Alteza, sálveme.


—Lloras peor que una mujer indefensa.


—Tengo que sobrevivir a como dé lugar... Hay algo que debo hacer obligatoriamente una vez que salga vivo de aquí.


—No llores como un cobarde frente a mí.


—Sálveme, por favor, Su Alteza.


El plan de Kalex era entregar a Barahan para hacer que el Gran Duque quedara en deuda con él. Aunque no fuera de su agrado, el Gran Duque no podría ignorar abiertamente el hecho de que había rescatado a su hijo secuestrado.


Tras tomar su decisión, Kalex arrojó a Barahan dentro del carruaje como si fuera un fardo de mercancía. Aunque el proceso fue rudo y carente de delicadeza, Kalex, después de todo, le había salvado la vida a Barahan.


Cuando llegaron al castillo del Gran Duque con un Barahan cubierto de sangre y pequeñas heridas, las reacciones fueron un espectáculo. Todos se limitaron a mirar con rostros estupefactos, como si nadie hubiera esperado que Barahan regresara con vida.


Nadie dio la bienvenida ni ayudó a sostener a Barahan mientras entraba cojeando. Poco después, Edel salió corriendo al escuchar el alboroto, pero la reacción de Barahan hacia ella fue fría como el hielo.


Rechazó de inmediato la mano que ella había extendido para sostener su cuerpo tambaleante. Edel, con el dorso de la mano golpeada apretado contra la otra, no sabía qué hacer. Aquella mirada fulminante que él lanzó a Edel en ese momento, ¿habrá sido de ira y resentimiento?


«O quizás, ¿amor y odio?».


Con ese pensamiento, Kalex dio por finalizada su regresión a los recuerdos sobre la gente de Alteon, que a su manera había sido interesante. Desde entonces, casi no había tenido contacto con ellos, por lo que era un pasado que poco a poco había ido cayendo en el olvido.


Sin embargo, al recordarlo ahora, le parecía una conexión tan curiosa que se preguntaba cómo había podido olvidarla.


Incluso la época en la que era el tercer príncipe se sentía ahora como un pasado remoto para él. Kalex, quien había ascendido al trono tras masacrar a todos los miembros de la familia imperial, incluyendo a su propio padre, torció lentamente la comisura de sus labios.


Parecía como si el aroma a rosas de Edel, del cual se había embriagado en ese entonces, aún permaneciera en la comisura de su boca.



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Mi cuerpo se sentía pesado y flácido como el algodón empapado en agua. Era debido a que no había podido dormir bien anoche.


Tras el funeral, Barahan regresó al castillo del Gran Duque y acarició mi cuerpo a su antojo. La sensación de sus grandes manos recorriéndome por encima de la ropa aún estaba vívida.


—Seducir a un hombre incluso en el funeral de tu padre... Si tenías tanta sed de hombres, debiste habérmelo dicho antes.


Se desató una tormenta de insultos que a duras penas podía tolerar. Lloré y grité negándolo todo, pero Barahan no me escuchó. Cuando las manos que aprisionaban mi cuerpo comenzaron a abrirse paso bajo el dobladillo de mi falda, le mordí los labios mientras intentaba besarme y logré escapar a duras penas.


Corrí a refugiarme en mi habitación y pasé el cerrojo. Aunque Barahan no continuó persiguiéndome, la ansiedad se volvió insoportable. Ahora que mi padre había muerto, no quedaba nadie de mi lado en el castillo del Gran Duque. Tan pronto como heredó el título de Gran Duque, Barahan despidió a todo el personal de servicio sin excepción.


Según los rumores que circulaban, los sirvientes y doncellas que habían sido expulsados ya estaban muertos. Los sirvientes y damas de compañía de origen noble conservaron la vida tras ser despedidos, pero se decía que todos vivían en el más absoluto anonimato para evitar provocar a Barahan.


Los caballeros se libraron de la sangrienta purga gracias a que siempre habían respetado la excepcional destreza marcial de Barahan y jamás lo habían menospreciado. En cambio, los nuevos sirvientes que llegaron tenían en común una discreción sepulcral y una presencia casi invisible, como si hubieran firmado un estricto contrato de confidencialidad.


Todos ellos eran empleados de Barahan; no eran personas que fueran a brindarme ayuda. Cuando él me acosaba, yo gritaba y suplicaba ayuda, pero el enorme castillo permanecía tan silencioso como un mausoleo. Solo con eso pude estar segura. Ya no quedaba nadie en este lugar que fuera a tenderme la mano.


Permanecí de pie junto a la puerta hasta altas horas de la noche, aguzando el oído ante cualquier presencia. Agotada por la vigilia, el sueño terminó por vencerme y me quedé dormida por un instante. De repente, sentí que mi cuerpo flotaba en el aire.


Estaba tan cansada y exhausta que deseaba seguir sumergida en el sueño, pero el alivio duró poco. El indiscutible tacto de la mano de un hombre sobre mi mejilla me arrancó del letargo. Una caricia suave recorrió mi pómulo. Luego descendió por mi mandíbula hasta posarse en mis labios. Sus dedos se detuvieron con delicadeza sobre la comisura de mi boca durante un largo rato. Aunque ya estaba completamente despierta, no me atreví a demostrarlo. Temía que si él descubría que había despertado, su actitud cambiara drásticamente.


La mano que apartaba los mechones de cabello detrás de mi oreja era tan extrañamente afectuosa que incluso dudé de si el dueño de esa mano era realmente Barahan. De no haber sido por la húmeda voz que resonó justo después en mi oído, tal vez habría terminado por archivarlo como un simple sueño.


—Edel...


La voz de Barahan al pronunciar mi nombre sonó impregnada de un leve dolor.


—¿Por qué no me miras? ¿Por qué...?


Ese tono de voz, que parecía a punto de romper en llanto, me recordó al Barahan de la infancia. Al evocar ese lastimero recuerdo, me invadió el impulso irreprimible de tomar su mano de inmediato.


Sin embargo, tal como había ocurrido en el pasado, el impulso no llegó a transformarse en acción. Y así, con Barahan a mi lado, pareció que terminé por quedarme dormida.


Al abrir los ojos, él ya había desaparecido por completo, y el cerrojo que yo misma había pasado estaba abierto. Un suspiro, o algo parecido, escapó de mis labios por sí solo. Resultaba desolador que mi realidad me obligara a sentir alivio únicamente porque Barahan no me había violado.



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—Señorita.


—¿En qué piensa con tanta atención?


Sumida en mis pensamientos, las voces de los niños me sacaron bruscamente de mis recuerdos.


Un grupo de niños vestidos con ropas gastadas me observaba con ojos limpios y brillantes. El reflejo de mi propio rostro en sus pupilas lucía tan deprimente que me apresuré a disimular mi expresión.


—No es nada.


Fui metiendo un dulce en la boca de cada uno de los niños que se habían reunido a mi alrededor. Parecían entusiasmados por comer golosinas después de tanto tiempo, ya que todos esbozaron amplias sonrisas. En ese momento, la directora del orfanato se acercó a mi lado.


—A los niños les encanta que la señorita venga de visita. De verdad, no hacen más que preguntar por usted.


Ante sus palabras, le dediqué una sonrisa tímida. El orfanato Everwood, situado a las afueras de la capital imperial, era un lugar que yo frecuentaba a menudo. Venir aquí y estar con los niños me hacía sentir como si me reencontrara con mi antiguo yo.


Aunque ya llevaba más de diez años viviendo en el cuerpo de Edel, eso no bastaba para hacerme olvidar mis verdaderas raíces.


Antes de ser Edel, yo había sido definitivamente Kim Hye-jin, y también había sido huérfana. Por eso, desde el momento en que acepté en cierta medida mi identidad como Edel, comencé a hacer trabajo voluntario en el orfanato con frecuencia.


Había aceptado que me había convertido en Edel, pero no quería olvidar a la Kim Hye-jin que fui antes. Al haber sido huérfana, podía sentir simpatía y empatía por los niños de este lugar mejor que nadie.


Jugar y conversar con ellos me hacía bien, pues mi corazón se relajaba de forma natural. Por fuera parecía que yo era quien ayudaba a los niños, pero en realidad, eran ellos quienes sanaban mis heridas. Aunque resultara irónico, desde hacía un tiempo los consideraba casi como una extensión de mí misma; cuando los niños del orfanato estaban felices y se divertían, yo también sonreía con ellos.


Mientras le limpiaba el rostro cubierto de suciedad a uno de los niños, de repente escuché un alboroto afuera. Al estar ubicado a las afueras de la capital, era un lugar donde rara vez había motivos para tanto ruido.


Extrañada, detuve mis manos y miré por la ventana; un grupo de personas se estaba aglomerando. Al observar con más atención, vi a un grupo vestido de blanco caminando en medio de la multitud.


«¿Su Santidad el Papa?».


Contuve el aliento por un instante. Al verlo, la mano con la que sostenía el paño comenzó a temblar.


En un abrir y cerrar de ojos, el grupo cruzó entre la gente, entró al orfanato y comenzó a hablar con la directora.


Leonhardt puso una expresión de leve sorpresa al descubrirme. Dejando atrás a los bautizadores y a los sacerdotes, se acercó hasta quedar a unos pasos de mí.


—¿Qué asuntos traen a la señorita por aquí?


Esa era la pregunta que yo quería hacerle. ¿Qué hacía usted en este lugar?


Los niños del orfanato, intimidados ante aquel hombre que veían por primera vez, se cohibieron y no se atrevieron a acercarse. Leonhardt desvió la mirada que tenía fija en mí hacia los pequeños. Se aproximó a ellos primero, se agachó para quedar a su altura y los miró a los ojos. Ante la timidez de los niños, él les sonrió y comenzó a preguntarles sus nombres uno por uno.


Su paciencia era increíble. Esperaba con total tolerancia la vacilación de los niños, quienes, avergonzados, tardaban en responder.


Los huérfanos, que poco a poco empezaron a abrir sus corazones, se acercaron a él e incluso le obsequiaron algunos de los panes baratos que tenían. Y él los aceptó y guardó en su regazo como si de verdad se tratara de algo sumamente valioso.


Me quedé completamente cautivada por su expresión, sus gestos y esa atmósfera suya que consideraba imposible de fingir. Por alguna razón, contuve el aliento y seguí cada uno de sus movimientos con la mirada durante un largo rato. Él se limitaba a sonreír y a estrechar las manos de la gente, incluso si lo tocaban con las manos sucias. En ese instante, se adelantó para ofrecerle la mano al joven más tímido y retraído de todo el orfanato.

Denki, incapaz de decir que no quería hacerlo, se limitó a parpadear antes de apartar la mano de Leonhardt de un manotazo. El propio Denki pareció ser el más sorprendido por su propia acción.


—Ah…


Y su desconcierto fue aún mayor cuando los bautizadores que estaban detrás descubrieron el rasguño en la mano de Leonhardt y corrieron hacia él horrorizados.


—¡Su Santidad, su mano...!


—¡Por Dios, Su Santidad el Papa! ¡Denki, qué demonios has hecho!


—Ah, está bien. No es nada.


Leonhardt sacudió levemente la mano demostrando que, en verdad, no le daba importancia. Bajo las miradas furiosas de la directora y los bautizadores, Denki, quien le había arañado la mano, se quedó petrificado como una estatua.


Dado que Denki llevaba nudilleras habitualmente, la mano de Leonhardt había quedado profundamente cortada, hasta el punto de sangrar de inmediato. 


—Su Santidad, de verdad lo lamento tanto. Él no es un mal chico... Me aseguraré de castigarlo para que nunca vuelva a repetirse.


—No, no lo haga. Por favor, no lo castigue. He sido yo el que actuó de forma demasiado precipitada. En su lugar, se me ha ocurrido una buena idea. Me siento apenado con este joven por haberlo asustado y me gustaría disculparme con él, ¿estaría bien si me lo llevo a la Santa Sede?


Tanto la directora como los bautizadores parecieron desconcertados ante las palabras de Leonhardt. La directora se negó rotundamente insistiendo en que era una locura, pero Leonhardt sonrió y dijo que no había problema.


—Si va y logra adaptarse bien, creo que incluso sería una buena opción educarlo en la catedral para que se convierta en monje, ¿qué le parece?


—Pero Su Santidad... eso es una gracia demasiado generosa...


—Es lo que yo deseo. No se preocupe tanto. ¿Dijiste que tu nombre es Denki? ¿Qué piensas tú al respecto?


Denki dudó por un momento, pero no tardó en asentir con la cabeza.


Denki también lo sabía perfectamente. Aunque Leonhardt fuera un monje bondadoso que lideraba la religión de Hardiel, el Papa era, a fin de cuentas, el gobernante del Estado Santo. Así como no se podía herir el cuerpo del Emperador, el Papa era una figura de igual peso y dignidad.


El hecho de recibir el perdón a pesar de haber herido el cuerpo del Papa, y que además se le ofreciera la oportunidad de ser educado como monje en la catedral, era una propuesta sumamente misericordiosa considerando el estatus social de Leonhardt.


—Lejos de culparme por haber herido a Su Santidad, me ofrece el camino para convertirme en monje... Para mí, esto es simplemente un honor demasiado grande...


—No es para tanto honor —respondió Leonhardt con una ligera sonrisa.


Poco después, me acerqué al lado de Leonhardt mientras él descansaba. Había algo que quería preguntarle. O tal vez, la respuesta ya me la había dado con sus propias acciones.


—¿Se encuentra bien de la mano? Parecía que la herida era profunda.


—No es nada. Por cierto, qué sorpresa ver a la señorita aquí. Escuché de la directora que suele venir a menudo a hacer voluntariado en el orfanato; me conmueve la calidez de su corazón.


Era un hombre que sonreía con una pureza absoluta. Me preguntaba cómo alguien que estaba en una posición tan alta podía mantenerse incorruptible y fiel a sí mismo. Quizás porque su elogio sonó muy cálido, mis mejillas se tiñeron de rojo por sí solas.


—Jamás imaginé que Su Santidad pondría un pie en un lugar como este.


—¿Un lugar como este? ¿Qué tiene de malo este sitio para que se exprese así?


Su voz cobró un tono un tanto serio. Al verme un poco desconcertada, su rostro volvió a relajarse. Dirigió una mirada dulce hacia los niños que corrían y jugaban afuera.


—Todos los niños de este lugar son seres valiosos creados por Dios. Si estos pequeños viven aquí, en este rincón apartado, ¿cómo podría yo, que me atrevo a ser llamado el representante de Dios, ignorarlos y pasar de largo?


—¿De verdad piensa de esa manera?


Una suave sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios. Y entonces, después de muchísimo tiempo, sentí que mi corazón volvía a latir con fuerza. Como su sonrisa al mirarme me resultaba abrumadora, bajé la cabeza. Sin darme cuenta, ya tenía hasta los lóbulos de las orejas teñidos de un vivo color rojo. Sentí que la temperatura de mi cuerpo subía, por lo que comencé a abanicarme mientras clavaba la vista en cualquier otra dirección. Él soltó una pequeña risa y se puso de pie.


—Me gustaría seguir conversando un poco más con la señorita, pero ya es hora de marcharme.


Sabía perfectamente que se trataba de un saludo de despedida por mera cortesía, pero esa frase que dejó caer me hizo dudar. Las ocasiones en las que yo misma había tomado la iniciativa para proponerle algo a alguien se podían contar con los dedos de una mano, pero aun así…


—Su Santidad. Si no le molesta…


Sostuve suavemente el borde de su túnica justo cuando se disponía a darse la vuelta, alargando mis palabras. Leonhardt esperó con total serenidad a que continuara. Reuniendo todo el valor que pude, abrí la boca:


—Sé muy bien que sus nobles pasos son esperados por todos, pero me gustaría invitar formalmente a Su Santidad al castillo del Gran Duque. Como le mencioné hace un momento, mi padre ha fallecido y la atmósfera del castillo ya no es la misma de antes. Pensé que, si Su Santidad nos visitaba, el ambiente podría alegrarse un poco... Además, también me gustaría seguir conversando con usted…


Al pronunciar las últimas palabras, bajé levemente los párpados por la vergüenza. Lo más probable era que él se sintiera en un aprieto y me rechazara con palabras amables. Sin embargo, lo que llegó a mis oídos fue el sonido de su risa afectuosa.


—Tengo el recuerdo de haber escuchado que la señorita jamás había invitado personalmente a un huésped al castillo del Gran Duque.


—Ah... lo... lo lamento. Sé que debe estar muy ocupado y yo fui a sugerir una tontería...


—No es eso. Ciertamente, a mí también me da un poco de pena que nos despidamos de esta manera.


Fue sumamente inesperado que no rechazara mi propuesta. Se lo había dicho pensando que sería imposible, por lo que, al caer en la cuenta de la realidad, de repente me entró la prisa. ¿Acaso el castillo del Gran Duque estaba debidamente preparado para recibir al Papa?


Mientras yo me hundía en toda clase de preocupaciones, Leonhardt llamó a uno de sus bautizadores y le ordenó que preparara el carruaje. Ante esto, ladeé la cabeza por un instante, extrañada.


—¿Su Santidad?


—Iremos en este mismo momento.


—¿Se refiere a ahora? Pero si acaba de decir que era hora de regresar a la Santa Sede…


—¿Acaso no ha surgido un asunto más importante que ese?


Cuando pronunció esas sugerentes palabras con su rostro pulcro y blanquecino, una extraña sensación me embargó. Sentimientos tan antiguos que me resultaban ajenos y vergonzosos comenzaron a llenar mi pecho. 


«No, esto no está bien». Deseché el pensamiento de inmediato a toda prisa. ¿Qué clase de delirios absurdos estaba teniendo con Su Santidad?


Al salir del orfanato, vimos el carruaje que ya estaba preparado. Leonhardt no olvidó enviar a la Santa Sede a Denki, el joven que le había arañado la mano hace un momento.

Y eso no fue todo; ordenó a un paladín que escoltara personalmente a Denki hasta la Santa Sede, y tampoco olvidó despedirse de cada uno de los niños que se quedaban en el orfanato, mirándolos fijamente a los ojos.


Aunque este mundo pudiera lucir diferente en la superficie, en lo crucial no difería en absoluto del lugar donde yo solía vivir. El desprecio y la humillación hacia los débiles y desamparados eran exactamente iguales, y eso también se aplicaba a los huérfanos.

Especialmente aquí, la vida cambiaba del cielo a la tierra dependiendo de la sangre que llevaras en las venas. En un mundo así, para los niños que no tenían padres comunes y corrientes, y mucho menos un trasfondo que los respaldara, la existencia misma era una tortura insoportable.


Leonhardt parecía comprender a la perfección el sufrimiento de esos pequeños huérfanos. ¿Acaso sabía que el simple hecho de agacharse a su altura y hablarles limpiaba, aunque fuera un poco, el resentimiento acumulado en sus corazones?.


Si lo hacía sin saberlo, era verdaderamente un santo; y si lo hacía a sabiendas, era más que digno del título de Papa que sirve a Dios.


Me subí al carruaje mientras presionaba la zona de mi pecho, donde el corazón me latía de forma irregular. De vez en cuando, miraba de reojo y a hurtadillas a través de la ventana el carruaje de él, que nos seguía por detrás. 


De cualquier forma, como no viajábamos en el mismo carruaje, la intensa impresión que Leonhardt me había causado fue siendo devorada lentamente por el silencio. Y ese vacío fue reclamado de inmediato por la presencia de Barahan, que volvió a adueñarse de mi mente por completo. Aquel roce de la mano de Barahan, que apartaba mis cabellos en la frontera entre el sueño y la realidad, se sentía ahora tan ardiente que parecía quemar.


—¿Por qué no me miras? ¿Por qué...?.


¿Qué habrán querido decir esas palabras?


Por un instante, Barahan pareció transformarse dentro de mí: pasó de ser el objeto de mi terror a convertirse en el objeto de mi lástima.


Anoche, tan pronto como Barahan abandonó mi habitación en silencio, rompí a llorar conteniendo el llanto que había estado reprimiendo. Me cubrí los ojos con el brazo y lloré sin emitir sonido durante un largo rato, hasta que el cansancio me venció y me quedé dormida. Cuando desperté por la mañana con un dolor de cabeza que amenazaba con partirme el cráneo, Barahan ya se había marchado. Fue solo entonces, en la quietud de un castillo del Gran Duque libre de su presencia, cuando las doncellas finalmente se acercaron a mí.


—Señorita, ya es hora de levantarse. Debe lavarse el rostro. Tiene que desayunar. Es momento de arreglarse.


Eran las mismas personas que apenas el día anterior me habían ignorado por completo, sin importar cuánto hubiera alzado la voz suplicando ayuda. Aunque me hablaban, no las sentía como seres humanos, así que mantuve el rostro rígido y ni siquiera les respondí. Al limitarme a seguir sus indicaciones en silencio, llegué a confundir si yo misma era un ser humano o una simple muñeca. El castillo del Gran Duque ya no era capaz de brindarme la menor sensación de seguridad.


El orfanato había sido el lugar al que escapé desesperadamente solo para poder respirar en paz; por eso, al reencontrarme con Leonhardt allí, mi sentir fue el de una devota que presencia a su mismísimo salvador.


El traqueteo del carruaje cesó, anunciando que ya nos encontrábamos dentro de los terrenos del castillo del Gran Duque. También pude oír al cochero bajar al suelo. Al abrirse la puerta del carruaje, Leonhardt, quien había descendido antes que yo, me ofreció la mano con una sonrisa en el rostro.


Tras quedarme absorta por un instante, superpuse mi mano sobre la de Leonhardt. La mano que me sostenía con suavidad era sumamente delicada y afectuosa. Pisé el suelo. Por un momento me tambaleé. Y terminé en los brazos de alguien. Un aroma sagrado me envolvió.


—Gra... gracias.


Recobré la compostura y di un paso hacia atrás. La vergüenza inundó mis facciones. Al desviar la mirada sin saber dónde fijarla, mis ojos se encontraron con los de Barahan, quien estaba de pie a lo lejos, en la terraza del edificio.


«¿Por qué estás aquí ahora, si se suponía que habías salido a atender asuntos en el palacio imperial?».


Por un instante, olvidé por completo que debía controlar mi expresión. El ceño de Barahan, que se había fruncido con desagrado en cuanto me vio, quedó grabado en mi mente como una mancha borrosa.


Leonhardt siguió mi mirada hacia Barahan y luego volvió a fijar sus ojos en mí.


—Señorita —preguntó Leonhardt con tono pausado—. ¿Acaso se ha mareado por el viaje en carruaje?


Solo entonces volví en mí.


—Ah, Su Santidad. No suelo marearme.


—Me alegra escuchar eso entonces.


Leonhardt era sumamente atento.


—Por favor, no se preocupe por mí.


A diferencia de las palabras con las que a duras penas logré fingir una sonrisa, por dentro era un auténtico manojo de nervios.



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A pesar de que yo había sido la de la iniciativa, era Barahan quien se estaba encargando de casi toda la recepción de Leonhardt.


Sentada en una postura incómoda, acepté la taza de té que Barahan me ofrecía tras servírmela con perfecta cortesía. Al bajar la mirada inconscientemente, vi el vapor que ascendía sutilmente desde el té caliente.


Nos encontrábamos en el salón de recepciones. Era la primera vez que yo pisaba este salón del castillo del Gran Duque, el cual, según decían, solo se abría cuando venía el Emperador o alguna figura de alto rango. Todo a mi alrededor me resultaba ajeno.


En las paredes colgaban pinturas de un valor astronómico que solo conocía por rumores, y el mobiliario, que a simple vista se notaba que era de un lujo excepcional, estaba dispuesto con sobriedad. Aunque pertenecía a mi propia familia, la opulencia y el prestigio de la casa del Gran Duque eran tan deslumbrantes que apenas ahora cobraba verdadera dimensión de ellos.


Leonhardt se sentó a mi lado. Sostuvo la taza que Barahan ya le había servido y la inclinó para beber. Tres paladines y tres caballeros de la guardia custodiaban la puerta. En este momento, los únicos que sonreían en el salón de recepciones eran Leonhardt y Barahan.


—No esperaba encontrar al Gran Duque en el castillo a estas horas.


—Yo tampoco esperaba ver a Su Santidad en el castillo a esta hora. Lamento profundamente haberlo recibido sin la preparación adecuada y le pido disculpas.


Barahan mostraba una expresión que, al menos en la superficie, denotaba alegría por la visita de Leonhardt. Como si aquel rostro que yo había visto a la distancia hace un momento hubiera sido una mera ilusión, Barahan atendía a Leonhardt con absoluta destreza.


Al descubrir que Barahan estaba en el castillo, me asusté tanto que por un instante me arrepentí de haber invitado a Leonhardt; sin embargo, pronto caí en la cuenta de que, precisamente por ser Barahan, era capaz de agasajar a Su Santidad sin cometer el más mínimo error. Esbozé un pequeño suspiro de alivio.


Leonhardt dejó su taza de té con elegancia.


—No hay necesidad de que se sienta presionado. Solo acepté la invitación porque deseaba seguir conversando con la señorita.


—.....


Las palabras de Leonhardt se sintieron como una verdad absoluta, desprovista de cualquier falsedad. No obstante, por alguna razón, no podía evitar estar pendiente de las reacciones de Barahan, sentado justo enfrente, lo que me hacía sentir bastante incómoda. Sin borrar la sonrisa de su rostro, Barahan simplemente desvió sus ojos de Leonhardt para clavarlos en mí.


Era imposible que yo no descifrara las intenciones ocultas tras la mirada de Barahan. Las experiencias acumuladas del pasado me incitaban a la ansiedad. A mi lado, Leonhardt inclinó su cuerpo hacia mí.


Ya fuera por la mirada de Leonhardt que sentía fija en el lado derecho de mi rostro, o porque percibía el peligro inminente proveniente de Barahan, quien no me quitaba los ojos de encima, mi corazón no dejaba de latir a pasos agigantados.


—La señorita es una persona verdaderamente hermosa. Y lo es aún más en su interior que en su apariencia externa.


—Es... es un halago excesivo, Su Santidad.


—No, en absoluto. Señorita, ¿podría mirarme por un momento?


Giré la cabeza torpemente. El misericordioso monje de cabellos plateados me contemplaba con una sonrisa. Por puro reflejo, los músculos de mis mejillas se tensaron y las comisuras de mis labios se elevaron. Los ojos azules de Leonhardt, con los que me topé, eran tan vastos y cristalinos como un océano azul.


Que un hombre tan escalofriantemente atractivo se portara de una manera tan letalmente dulce conmigo me hizo perder la noción de la realidad por un instante. Leonhardt habló con una sonrisa:


—Me siento humanamente atraído hacia usted, señorita. 


Por un instante, sentí como si me hubiera quedado sin aliento. Antes de que pudiera articular cualquier respuesta, Barahan interrumpió la conversación.


—Parece que la señorita ha sido bastante del agrado de Su Santidad.


Giré la cabeza lentamente para mirar a Barahan. Con un rostro cuya expresión resultaba indescifrable, él nos observaba fijamente a los dos.


De cabello azabache, piel de una palidez casi enfermiza y ojos rojos como si estuvieran impregnados de sangre, la apariencia de Barahan contrastaba con la de Leonhardt, haciéndolo lucir aún más peligroso.


Leonhardt asintió con total tranquilidad, mostrándose de acuerdo con las palabras de Barahan.


—¿Acaso no es una persona encantadora?


Leonhardt tomó un sorbo de té.


—Es verdad. Edel es una mujer encantadora.


Al escuchar a Barahan pronunciar mi nombre omitiendo cualquier título de cortesía, lo sentí como si fuera un hombre completamente extraño en ese preciso momento. Su pronunciación, grave y pausada, como si dejara en claro de forma deliberada su sentido de posesión, me hizo sentir un escalofrío que pareció sacudir mi cintura.


La extraña atmósfera que fluía entre estos dos hombres de imponente presencia me provocó, curiosamente, una intensa sed. Inconscientemente, tomé la taza de té entre mis manos.


—¿Sabe el Gran Duque que la señorita le teme?


La taza se resbaló de mis dedos. Se volcó sobre la mesa y rodó hasta empapar la manga de Leonhardt. Todo sucedió en una fracción de segundo.


—¡Ah...! Su Santidad, ¿se encuentra bien?


—.....


El té estaba hirviendo. Los paladines dieron un paso al frente con semblante indignado, pero fueron contenidos de inmediato por los caballeros del castillo del Gran Duque. Yo estaba tan sumida en el pánico que no alcancé a ver la expresión de Barahan.


Leonhardt ya había sufrido una herida en la mano a causa de Denki ese mismo día. Ante el temor de que el té caliente empeorara su lesión, mis nervios se pusieron a flor de piel. Saqué apresuradamente un pañuelo de mi regazo y limpié el líquido que manchaba su brazo y su muñeca.


Su brazo firme se había inflamado y tornado un poco rojizo. Incluso en medio de la prisa, la textura de la piel de Leonhardt bajo la yema de mis dedos se sintió extrañamente fría, lo que me hizo estremecer.


—Lo lamento tanto, Su Santidad. No sé cómo disculparme... Su Santidad, de verdad lo siento mucho.


Repetía mis disculpas una y otra vez, casi fuera de mí, hasta que me di cuenta de que Leonhardt me sujetaba con una sutil firmeza, lo que me hizo levantar la cabeza con torpeza.


Como me había puesto de pie siguiendo a Leonhardt, y debido a nuestra considerable diferencia de estatura, tuve que inclinar el cuello hacia atrás por completo para poder mirarlo desde abajo. Leonhardt me apartó las manos con delicadeza. Mis dos manos, incapaces de ocultar su temblor, quedaron suspendidas en el aire.


—No es necesario. El error ha sido mío por haber asustado a la señorita con una pregunta tan repentina.


Mientras decía aquello, Leonhardt no me estaba mirando. Una clara sensación de incongruencia me recorrió lentamente la nuca.


Leonhardt no había quitado los ojos de Barahan, quien permanecía con el rostro ensombrecido, observándolo con detenimiento. Esa mirada analítica con la que Leonhardt contemplaba a Barahan, como si fuera un mero espectador, me resultó ajena por un instante. Sin embargo, incluso ante esa situación, la expresión de Barahan no flaqueó.


Era yo la única que se carcomía por dentro, presa de la ansiedad. Leonhardt ya había descifrado a la perfección el terror que me invadía. En ese momento, recordé cuando me aferré a él en el banquete de hace unos días para decirle un montón de disparates.


Como si hubiera ordenado sus ideas, Barahan parpadeó un par de veces, se levantó de su silla y se dirigió a Leonhardt:


—Llamaré al médico de la familia del Gran Duque para que lo examine. Por favor, reciba tratamiento antes de marcharse, Su Santidad.


En ese preciso instante, la puerta se abrió de par en par. Era el mayordomo. Su rostro se tensó por un segundo al captar la densa atmósfera que se respiraba en el salón de recepciones, pero como debía de tratarse de un asunto sumamente urgente, cruzó el lugar a grandes zancadas sin siquiera pedir disculpas.


El mayordomo le susurró algo al oído a Barahan, quien seguía de pie. Las facciones de Barahan, que hasta entonces fingían una perfecta calma, se distorsionaron por una fracción de segundo. Barahan levantó la mirada. Leonhardt, por su parte, se acariciaba levemente el brazo empapado.


—...Su Santidad, el Emperador me ha convocado, así que debo retirarme primero. Le ruego que disculpe mi falta de cortesía...


—No se preocupe. Parece un asunto urgente, así que dese prisa y vaya.


Leonhardt respondió con una sonrisa. Barahan hizo una reverencia con el rostro rígido y salió apresuradamente del lugar.


—...Su Santidad.


Sentí que si no me aferraba a él, me desmoronaría allí mismo. En el salón de recepciones, donde ahora solo quedábamos nosotros dos, llamé a Leonhardt con cautela.

Solo entonces Leonhardt me miró.


—Parece que el Gran Duque le tiene un gran afecto, señorita.


Murmuró Leonhardt, casi como si hablara para sí mismo. Por un instante me quedé sin palabras ante su mirada, que destilaba una satisfacción profunda, como si acabara de encontrar algo sumamente entretenido. Un escalofrío inexplicable me recorrió el cuerpo.

Sin embargo, cuando volví a mirarlo, él se limitó a sonreír con dulzura, haciendo que todo pareciera haber sido una mera mala racha de mi imaginación.


Tartamudeando, volví a disculparme repetidamente con Leonhardt por haberle derramado el té. Mientras tanto, otra parte de mi mente seguía ocupada por la silueta de Barahan huyendo a toda prisa.


Leonhardt, siempre con una sonrisa en el rostro, respondió una y otra vez que no pasaba nada y, por el contrario, se dedicó a consolarme a mí, que era la que estaba asustada. Cuando el médico de la familia examinó el estado de Leonhardt y dictaminó que se trataba de una quemadura leve y que no había de qué preocuparse, sentí tanto alivio que estuve a punto de romper a llorar.


Leonhardt anunció que ya era hora de regresar a la catedral. Tras hacer una promesa sin fecha fija de volver a encontrarnos en otra ocasión, subió a su carruaje y abandonó el castillo del Gran Duque.


Una vez más, me quedé completamente sola en aquel lugar.


—¿Sabe el Gran Duque que la señorita le teme?.


Leonhardt le había hecho esa pregunta a Barahan, pero el interrogante me había causado un impacto tan profundo que se quedó grabado en mi mente y se resistía a desaparecer. Creo que le di vueltas innumerables veces a cómo debía responderle a Barahan cuando regresara para interrogarme.


Sin embargo, para mi sorpresa y dejando en nada todas mis preocupaciones, Barahan quien se había marchado a toda prisa alegando el llamado del Emperador no regresó al castillo del Gran Duque en más de tres días.



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Desperté de un sueño ligero tras sufrir una leve pesadilla. No lograba recordar con claridad de qué había tratado el sueño. Tras dar un par de vueltas en la cama, no pude soportarlo más y me levanté.


Era la madrugada profunda. La luz de la luna se filtraba a través de las puertas de vidrio transparente. Incapaz de resistir el aire denso que parecía asfixiarme, caminé hacia la terraza para respirar la brisa nocturna. Al contemplar la luna llena, sentí que las vías respiratorias que antes percibía obstruidas finalmente se abrían un poco.


Habían pasado más de tres días desde que Barahan se marchó tras recibir las órdenes de Kalex. Sin embargo, en el castillo del Gran Duque todavía no se había recibido ni una sola noticia sobre él. Ni siquiera sabía por qué se había ido, ni a dónde.


Por muy Emperador que fuera, se suponía que era imposible tratar al Gran Duque como a un perro de esa manera; no obstante, según los rumores que circulaban, escuché que Barahan había firmado un contrato de “sumisión imperial” con Kalex, por lo que le resultaba imposible desobedecerle.


En el juego otome, este trasfondo apenas se mencionaba de pasada, describiéndolo a la ligera como si Barahan fuera simplemente el perro guardián de Kalex. Pero ahora que formaba parte de Alteon, este proceder de Kalex me parecía sumamente injusto. Y no era solo que sintiera indignación por el insulto que esto conllevaba.


«Barahan...».


No estaba segura de cuál era la verdadera causa de la confusión que me embargaba en este momento. Debido al repentino cambio en la actitud y las acciones de Barahan, no había podido conciliar bien el sueño, atormentada por la ansiedad. Sin embargo, ahora, de manera contradictoria, me consumía el nervio precisamente porque él no estaba a la vista.

Como la brisa nocturna era fría, me rodeé el cuerpo con los brazos. Evoqué la silueta de Barahan alejándose a toda prisa con el rostro rígido tras recibir la orden de Kalex. Aquella expresión suya, cargada de una profunda perturbación.


¿Por qué habrá tenido que marcharse con tanta urgencia? ¿Qué demonios le habrá comunicado Kalex a Barahan?


Por más que le daba vueltas en silencio, no encontraba respuesta alguna; en mi mente solo aparecía el rostro de Kalex, rebosante de cinismo. Al mismo tiempo, también recordé a mi padre, quien había regresado convertido en un cadáver. Incluso aquel pañuelo salpicado de gotas de sangre flotaba ante mis ojos.


«Ah... Entonces, tal vez Barahan también...».


Un escalofrío me recorrió la nuca ante la terrible sospecha que afloró en mi mente. Se me puso la piel de gallina, por lo que apreté y relajé las manos por un instante. Mientras me encogía sobre mí misma debido al frío, de pronto vislumbré una silueta oscura que se adentraba en el jardín del castillo del Gran Duque. Los movimientos de la silueta eran sumamente torpes y lentos, y daba la impresión de que cojeaba de un pie. Pensé que aquel que merodeaba sin temor por el interior del castillo debía de ser un caballero que acababa de terminar un entrenamiento extremadamente riguroso, o bien un sabio muy anciano.

Sin embargo, a medida que la figura avanzaba saliendo de las sombras de los arbustos que la ocultaban, supe que mi suposición estaba equivocada.

En medio de la oscura noche, quien cruzaba el jardín del castillo con una dificultad que inspiraba lástima no era otro que Barahan. Sorprendida, aparté las manos del pasamanos de la terraza como si me hubiera quemado con él.


A pesar de la distancia, estaba segura de que se trataba de Barahan. Abrí la puerta de la habitación y bajé las escaleras corriendo a toda prisa. Al salir del edificio, crucé el jardín corriendo hacia Barahan, quien avanzaba a rastras y cojeando.


Barahan, que arrastraba los pies con la cabeza baja y la mirada perdida, se detuvo al verme. Por un momento, su rostro mostró una expresión de total desconcierto. Gracias a eso, pude examinar su cuerpo con claridad y confirmar la presencia de la sangre roja que brotaba a borbotones de su costado.


Asustada, tomé la mano de Barahan de golpe. Su mano también estaba empapada en sangre fresca. Me di la vuelta con la intención de despertar a los sirvientes para llamar al médico de la familia, pero Barahan me detuvo.


—A nadie... no se lo digas a nadie. Nadie debe enterarse... de que estoy herido.


Se me dio un vuelco el corazón al escuchar su voz, que se entrecortaba como si fuera a quedarse sin aliento en cualquier momento. Con una herida tan grave, ¿qué pretendía hacer si no llamaba al médico?


—¿Pero qué demonios ha pasado? La herida es demasiado grave. Tienes que ver al médico y recibir tratamiento de inmediato, Barahan.


A pesar de mis súplicas, sin comprender qué estaba ocurriendo, Barahan se limitó a sacudir la cabeza. Me mordí el labio inferior con fuerza. Giré la cabeza de un lado a otro buscando un lugar donde recostar a Barahan. Tenía que ser un sitio alejado de las miradas de los empleados. Un edificio deshabitado. Fue entonces cuando recordé un pabellón situado en el rincón más apartado del castillo del Gran Duque.


Si era allí, Barahan podría descansar sin problemas. Primero lo sostuve para ayudarlo a trasladarse hasta ese lugar; luego, corrí de vuelta a mi habitación y saqué del cajón todo lo que encontré: pociones, vendas y demás suministros médicos.


No tenía idea de cuál debía usar ni cómo, pero ante la urgencia, agarré todo lo que estaba guardado para emergencias y regresé corriendo. Cuando llegué a donde estaba Barahan, lo encontré desplomado contra la pared, dejando escapar gemidos de dolor.


—Traje las medicinas, rápido, déjame ver la herida.


Respirando agitadamente, lo apuré con urgencia, pero Barahan mantuvo los labios firmemente cerrados y no cooperó en absoluto. Frustrada ante su actitud, aparté sus manos y procedí a quitarle la camisa por mi cuenta. Al abrir la prenda, humedecida y pegajosa por la sangre y el sudor, quedó al descubierto un corte profundo. Estuve a punto de gritar del horror al ver semejante herida.


—¡Pero cómo te has hecho esto...!


La herida era muchísimo más grave de lo que había imaginado. Sosteniendo mis propias manos temblorosas, comencé a aplicar la poción de curación sobre el corte. Incluso en el momento en que esparcía el líquido, la sangre continuaba brotando sin cesar, escurriéndose entre mis dedos.


Presioné la herida con un paño para contener la hemorragia y volví a usar la poción. Repetí el proceso durante decenas de minutos, hasta que, finalmente, el sangrado comenzó a disminuir poco a poco.


Le suministré un analgésico en la boca a Barahan, quien gemía de dolor, y esto pareció aliviarlo notablemente. Solo entonces pude tomar un respiro.


Justo cuando me disponía a envolver la herida con una venda, la voz de Barahan cayó sobre mí como un rayo desde lo alto.


—Qué ridículo. Que termine dependiendo de alguien como tú...


Su voz sonaba completamente ronca. Levanté la cabeza para clavar mis ojos en los suyos. Con el rostro empapado en sudor, él torció las comisuras de sus labios en una mueca mientras me miraba.


—¿A qué viene esta repentina hipocresía? Tú deseabas que me muriera, ¿no es así? ¿Acaso me equivoco?


Me sentí como una estúpida. Mi mente se quedó en blanco y me limité a abrir la boca, incapaz de articular palabra alguna. Al ver mi rostro desconcertado, Barahan volvió a burlarse.


—¿Por qué pones esa cara? ¿Te di justo donde duele?


—No digas idioteces. ¿Por qué piensas que desearía tu muerte? Jamás he querido algo así.


—...¿Jamás?


En un instante, la atmósfera se congeló por completo. Ante la expresión de Barahan, que se había tornado frígida como el hielo, cerré la boca por puro instinto. Sus ojos parecían despedir llamaradas.

Entonces, mientras sostenía su cintura para vendarlo, él atrapó mi muñeca. En ese instante perdí el equilibrio y caí directamente sobre su cuerpo. Mi rostro, aplastado contra él, fue levantado enseguida cuando me sujetó del cabello para obligarme a mirarlo.

—Jamás, dices.


Sus pupilas, rojas como la sangre, albergaban una furia desbordante y lúcida. Nunca antes había sido el blanco de una ira dirigida hacia mí de forma tan explícita. El terror se apoderó de mí por completo.


—Barahan, yo...


—¡Sí, tú! Me estabas viendo morir justo ante tus ojos y no moviste ni un solo dedo. Me desangraba y me quedaba sin aliento, ¡y ni siquiera intentaste acercarte a mí! ¡Eso fue lo que hiciste!


Me resultaba imposible mantener la cordura ante el peso de todas esas emociones que se desbordaban como una presa rota. Como un loco, me sujetaba por los hombros mientras me gritaba. Aunque al principio no entendía a qué se refería, pronto lo recordé.


La fiesta que se había celebrado en el palacio imperial y Barahan tirado en el suelo tras haber bebido el té envenenado. Aquellas pupilas suyas que me suplicaban ayuda con la mirada. En ese momento, no fui capaz de acercarme a él. Sin embargo, jamás fue porque deseara su muerte.


—No es así. No fue por eso, Barahan.


Simplemente había tenido miedo. Estaba tan aterrada y solo quería escapar que me quedé paralizada, eso fue todo. No obstante, por más que intentara adornarlo, no era más que una excusa egoísta. El hecho de que me había limitado a contemplar a Barahan mientras moría, abandonándolo a su suerte, era una realidad que jamás cambiaría.


Mis hombros temblaban de forma incontrolable. Quizá, en aquel entonces, debí haber espabilado del miedo y haber corrido hacia él.


No, eso era lo que debí haber hecho. En lugar de escudarme en pretextos de temor y horror, debí haber recuperado el juicio. Mientras todos los demás se limitaban a observar a Barahan morir como si fuera un espectáculo, al menos yo debí haberme acercado a él.


Porque yo era la única persona a la que Barahan, rechazado por todos, seguía y obedecía.

Pero no lo hice. No hice el menor intento por mover mi cuerpo petrificado, ni me esforcé por sobreponerme al pánico. Barahan no estaba equivocado en lo que decía. Tal como él afirmaba, me había limitado a ver cómo se moría.


Sentí que me asfixiaba. Solo ahora, tras el paso de varios años, cobraba conciencia de mi error. Era incapaz de articular palabra alguna, como si tuviera la garganta llena de tierra. El rostro de Barahan se distorsionó por el dolor.


—Tengo ganas de matarte.


«Ah...».


Y acto seguido, sus labios se estamparon contra los míos. Fue un beso tan violento que se sintió más bien como una mordida. Nuestras miradas se fundieron y nuestras respiraciones se mezclaron de forma caótica. Su mano tiró con fuerza de mi cintura hacia él. El calor de nuestros cuerpos, pegados sin dejar el más mínimo espacio entre ambos, se transmitió de golpe.


Él me enredó los dedos en el cabello mientras se adentraba aún más en mi boca. Yo, incapaz de oponer resistencia, me dejaba arrastrar como una marioneta. Mi mente era un auténtico caos. Su mano firme acunó mis mejillas, que ya estaban empapadas en lágrimas.


Aquel beso, que había comenzado con una pasión desbocada, se volvió gradualmente más denso y lánguido. Nuestras lenguas se entrelazaron con una suavidad que rozaba la desesperación. La mano que me acariciaba los hombros y la espalda se sentía ahora sumamente afectuosa.


Entonces, los labios de Barahan se apartaron lentamente de los míos. Yo, sin dejar de llorar, me limité a mirarlo. Barahan giró la cabeza y me empujó para alejarme de él.


No pude soportarlo más. Me puse de pie tambaleándome y salí corriendo del lugar. Tras correr durante un largo rato, me desplomé en el suelo al darme cuenta de que finalmente me encontraba por completo a solas.


Comencé a desahogar mi pena en un llanto interminable. No me importó en lo absoluto que mi camisón se ensuciara con la tierra. Fue solo después de haber abandonado aquel edificio donde estaba con Barahan cuando recordé que ese lugar sucio y descuidado había sido, en realidad, su antigua vivienda de la infancia.


Era una persona verdaderamente estúpida. Rompí a llorar a gritos mientras clamaba por mi padre.


«Padre, padre... ¿Cómo se supone que debo seguir viviendo de ahora en adelante?».


Me di cuenta de que el hilo de esta madeja ya se había enredado a tal punto que sería imposible volver a desenredarlo. Mi propio egoísmo lo había provocado todo. Busqué a mi padre entre lágrimas, pero un muerto ya no podía hacer nada por mí.


Una vez más, no me quedó más remedio que seguir rompiendo en un llanto amargo durante un largo, muy largo rato.


TRADUCCIÓN: Lyn


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